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Suena el titulado del artículo con cierto aire profético, cuando lo que quiero es magnificar lo que se refiere al futuro Museo de Baltasar Lobo en el Castillo, como convencido de la gran oportunidad no solo de acoger una obra artística de importancia sino el de crear un foco de cultura que tendrá consecuencias muy positivas para la vida de la ciudad.
Pero el título es también un reflejo literal de lo que constituyen los componentes materiales del futuro proyecto. Y que nos pueden servir como punto de partida para reflexionar sobre estas dos entidades -componentes que tienen que hacer realidad una sola arquitectura pues aún siendo de naturaleza tan dispar tendrán que buscar acomodo para que el proyecto alcance el grado de excelencia y unidad que toda obra de arte debe ostentar.
Los restos de nuestro Castillo puede afirmase que contienen débiles posos arquitectónicos que la Historia ha legado. Pero una vez que han recuperado, por las últimas obras, sus dimensiones originales la fortificación ha adquirido una presencia que nos remite a épocas heroicas de luchas y asedios a la ciudad, allá en donde la Historia empezaba a alborear. Esta cualidad de estructura bélica, sin otras connotaciones estilísticas, conceden a estos restos una cualidad que los hace partícipes del carácter impersonal y más público de muchas partes de la ciudad, delimitados sus espacios, todo ello en el extremo opuesto de lo que determina el carácter de lo monumental dentro de las ciudades y admitiendo que incluso puedan poseer numerosas obras de fortificación. En nuestro caso la situación que se plantea de cara a la obra del nuevo proyecto de edificación viene a considerar fortaleza y espacios como extensión del espacio público de la ciudad, una vez asumido su papel pasivo frente a la nueva propuesta que marcará el papel protagonista en el conjunto.
Esta hipótesis como punto de partida para este proyecto, en primer lugar forma parte de un intento de abrir un debate que vaya clarificando las bases para su desarrollo y que sean susceptibles de abrirse a la mayor participación pública, con su correspondiente aporte de ideas.
La hipótesis precedente intenta avalar unas condiciones de trabajo con las mínimas cortapisas formales, pues no hay precedentes que impongan asimilación alguna entre los dos tipos de fábrica. Y eso me parece muy positivo para la concepción del proyecto. Pues si queremos que esta institución museística tenga una proyección en la vida cultural de la ciudad serán muy importantes los signos visuales que vengan a ser los que marquen los objetivos para una nueva Era. Signos y formas que borren el sentido de separación y defensa bélicas y que las conviertan en señales de solidaridad y cultura.
Debe haber un planteamiento inicial, análogo a lo expuesto en las anteriores líneas, que permitan situar a los participantes del concurso en la filosofía del proyecto y que se acompañaría con el programa y funciones del Museo. Se abre el proceso para su diseño, que deberá venir apoyado por las ideas que han motivado al autor, y estas servirán para justificar su propuesta. Como el resultado formal de la propuesta deberá contener una fuerte caracterización, ésta deberá hacerse visible ya desde la fase inicial, como una posible anticipación de su forma. Para entenderlo mejor, este tipo de proyecto debería concebirse de acuerdo con un grado de singularidad, tal como se dio en el caso del Guggenheim de Bilbao, pues este edificio tuvo la virtud de convertirse en un icono que marcó el nuevo rumbo que iba a tomar la ciudad y que se convertiría en guía de su futuro. Nuestro Guggenheim no está a la vista pero las expectativas son de parecida entidad. No podemos resignarnos a que el Museo sea un mero acomodo para una colección de esculturas y que al final sólo venga a servir de saturación de un entorno que languidece con otro edificio institucional más.
Ello va a obligar a afinar las estrategias para que la elección del proyecto responda a los objetivos que hayan sido clarificados por la ciudad y no al revés, en que el diseñador, ante el desierto de ideas, impone su visión personal del proyecto. Si uno piensa que en el caso de Bilbao, ciudad muy tradicional, apegada a las artes del siglo XIX, de cómo se pudo llegar a aceptar esta original solución de Museo, pienso que ello lo hizo posible un equipo de personas, que fueron capaces de compartir la gestación del proyecto desde planteamientos sólidos y al mismo tiempo de comprender e identificarse con una propuesta que tenía todos los visos de auténtica revolución.
Antonio Viloria
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