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En el precedente artículo me refería a las actuaciones urbanísticas que fueron claves para dar una nueva orientación a la renovación de la ciudad antigua que hasta entonces se había hecho paulatinamente, de forma puntual, en actuaciones destinadas a los grupos familiares y que tuvieron efectos en la devaluación de la forma y en el contenido de sus espacios libres, dato que es fácil de comprobar.
El primer ejemplo con consecuencias llamativas afecta nada menos que al espacio público de mayor significado institucional que su mismo título denota, y es el de la Plaza de Castilla y León. Este espacio de retranqueo actúa como colchón que amortigua el contraste del alto edificio administrativo, de geometría impersonal, incrustado en el tejido urbano, despegado de toda relación con la edificación de su entorno. En resumen, este espacio ni es plaza ni siquiera plazuela o jardinillo, espacios mínimos pero propios de esta ciudad. El resultado de espacio, travesía y volúmenes de edificación, se origina por la edificabilidad del solar después de la demolición de un antiguo convento, devenido en Gobierno Civil, que contenía un bloque edificado alrededor de un patio de tamaño regular y una iglesia de traza neoclásica a la que los chavales le teníamos querencia porque se entraba libremente y que una vez convertida en Museo Provincial allá se nos iba el tiempo viendo y tocando lo expuesto. Y como no se acaba de entender tanto destrozo para dejar tan magro resultado, pienso que en el fondo el interés de los jerifaltes por derribar todo era porque esta iglesia más que un lugar sagrado parecía una logia masónica, con los triángulos dorados y los rayos divinos saliendo detrás de una nube blanca. Este ejemplo demuestra la aritmética cicatera al aplicar la edificabilidad sobre la superficie bruta que originalmente tenía muy baja edificación. Si quieres espacio para retranqueo o calles, lo pagas con edificación pero como no hay sitio para ello se hace crecer la edificación aumentando las alturas sobre las del resto de la ciudad. Que para espacios libres ya está el campo.
Otra muestra del papel decreciente de los espacios libres en nuestra ciudad es cuando se presentaba la oportunidad de liberar la edificación que cerraba el paso a la muralla próxima a San Isidro y con ello dar nuevas vistas al Parque con el balcón cumpliendo así con la política municipal de liberar la muralla de las edificaciones parasitarias. Pues aquí se decidió reconstruir la fila de viviendas que tapaban la muralla y que el balcón siga sirviendo únicamente para los privilegiados que puedan otear desde sus ventanas. ¿Y cómo se defiende esta decisión? Pues en que el caserío era un elemento urbanístico esencial y que había que amparar la tradición. Ahora tenemos un intruso en el Parque hasta el fin de los tiempos.
Esta baja apreciación que se hace del espacio público es patente en otros casos que ya se han quedado instalados en nuestras costumbres y que se viven con toda impasibilidad. Ahí está la Plaza Mayor que sigue así, después de que se decidió amputarla de uno de sus brazos, y que por oscuras razones seguramente traerá buenas vibraciones a muchos por su disposición de corte medieval en contra de los restos de la traza frontal a ella.
Otro caso análogo de espacio, no sobrevenido como el anterior, es el de la Plaza de la Catedral, mejor llamarla explanada o arenal que como tal también recuerdo lejanamente, que sigue emparedada entre tapias y con una panera o almacén, espécimen de una indefinida arquitectura pero que desde su original ruin condición es la pieza que rige el orden espacial y las rentas que ya vislumbran en esta mina no explorada los operadores inmobiliarios. En suma, es un espacio con una gran carga simbólica pero que apalancado en su consuetudinaria indefinición carece de las cualidades que debería contar como elemento urbano primordial, pues en él se viene a producir el encuentro del Monumento con el caserío urbano y carece de las formas más solemnes que la ciudad pudiesen ofrecer.
Todos los ejemplos citados constituían piezas singulares de la ciudad, que se prefirió bien alterarlas o dejarlas expuestas a los embates que sufren otros impersonales sectores urbanos.
Además de estas obras singulares, que están teñidas con diversos grados de carácter monumental, existían otro tipo de edificaciones igualmente singulares pero que estaban integradas en la trama residencial y que han servido de cabeza de puente para acelerar la trasformación de la ciudad antigua. Corresponden a parcelas de grandes dimensiones y aunque daban lugar a diversas tipologías de vivienda se distinguían por la característica común de su tamaño que nos permite denominarlas como casonas. Este concepto habría que aclararlo, visto en la perspectiva del significado de las casas de vivienda en el Antiguo Régimen. En nuestra ciudad todavía en el siglo pasado se encontraban en pié y ocupadas la mayor parte de este tipo de casas. Sus fachadas de composición muy simple, basada en una disposición regular de sus balcones, y cerramiento de sillares de piedra arenisca lisos sin molduración alguna, constituían el reflejo de una sociedad estamental, de funcionarios acomodados o de rentistas con tierras en la provincia. De categoría inferior eran las que tenían fachadas pintadas y los huecos con guarnición de piedra. Estas casonas no solían servir para una sola familia; en ellas se cobijaban hasta tres generaciones de criados y dependientes de otras actividades como comercio, e incluso contaban con despachos para administración de los bienes, etc. Los mayores hemos asistido a la conversión de estas casas para usos distintos a los de tipo residencial familiar tales como pías asociaciones, despachos, conventos, colegios, etc. Demostraron por la variedad y tamaño de sus habitaciones que podían responder a las nuevas demandas que se producían en la ciudad. Todavía es posible ver algún viejo caserón haciendo el papel de edificio empresarial. Pero la mayoría de ellos han sido objeto de la especulación inmobiliaria y trasformados en bloques de viviendas. El daño por esta actuación continuada tiene varias perspectivas. En primer lugar esta edificación, que la podríamos denominar como intemporal pues había sobrevivido a los cambios de estilo de las modas que se han ido incorporando a la forma urbana, constituía el modelo a partir del cual se desarrollaba la organización de la forma y estructura de las viviendas que forman el tejido de la ciudad. Como disponían de una parcela amplia, tenían fondos libres de terreno que podían destinarse a diversos usos, como almacenes de grano, despensas de matanza, criaderos de animales, huertos, etc. Eran pues unidades que podían acoger las más diversas funciones.
La desaparición de estas casonas, aparte de elevar el número de unidades de viviendas y de la ocupación del suelo, quitó posibilidades para las nuevas dotaciones que debían acompañar a esta nueva zona residencial. La ciudad se ha masificado en el sentido de que todo es lo mismo, todo se rige bajo un concepto utilitarista y monótono en la ciudad. Además se producen otro tipo de efectos. Como los amplios fondos del solar permiten ocuparlos con nuevos bloque de vivienda, o bien se recurre a abrir nuevas calles que tienen que tener continuidad con las del resto de la ciudad, o bien se dejan todos los accesos supeditados al escaso frente a la calle previsto en origen. Si se hace un recorrido por este tipo de intervenciones se puede ver la dejadez con que han sido tratados estos espacios interiores. Las más estridentes son las medianeras que exhiben sin pudor al paisaje, sus desnudas paredes encaramadas sobre las murallas.
Sería interesante tratar de catalogar toda esta arquitectura anónima que no ha tenido la protección de la edificación catalogada y que era tan rica y original en la organización de sus plantas y la variedad de sus espacios. Esta actuación implacable con las casonas, como la que se ha llevado en nuestra ciudad, es la que nos diferencia de otras ciudades de nuestro país y del extranjero y eso lo percibes en lo poco que conoces de otras ciudades: los hoteles. En Cuenca, mi hotel estaba encaramado sobre el río pero originalmente era un bloque de viviendas. En Italia, el edificio barroco está compartido entre un hotel, apartamentos y oficinas. En Oporto, el mejor hotel de la ciudad está compuesto por la unión de tres antiguos bloques de viviendas, etc. El panorama que ofrece nuestra ciudad no es nada halagüeño, pero es importante que lo sepamos asumir si es que queremos establecer un punto de partida válido y el cambio de rumbo que le podamos dar. Qué es lo que podemos hacer de nuestra ciudad. Y cuáles son las oportunidades que todavía nos quedan, pero ¡ojo!, que las podemos seguir derrochando como así ha sido en el reciente pasado.
ANTONIO VILORIA
Zamora, 22 de febrero de 2010
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