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Tomás
Sánchez Santiago nos entrega un nuevo libro "El
que desordena". Es este el sexto título de los
dedicados por su autor a poesía y seguramente el
que marcará un antes y un después. Se trata
de un conjunto de poemas estructurado en dos partes bien
diferenciadas: en primer término, Sánchez
Santiago reflexiona sobre el ser de la poesía; en
segundo término, pretende esclarecer la existencia
desde los vislumbres (o las vislumbres) del discurso poético.
"Seguro en la extrañeza", primera parte
del libro, definirá la esencia del poeta, "el
que enciende la lengua/ y desordena". No consiste en
un manifiesto ni en una declaración de intenciones,
sino que ofrece un análisis del fenómeno poético
en muchos de sus aspectos: la renuncia a los usos y normas
que establecen gramáticas y retóricas, la
actitud de rebeldía frente a las palabras que adquieren
significados más allá de sus posibilidades
habituales, la azarosa y templada espera de los signos por
parte del poeta y el oscuro camino recorrido por este en
el proceso de creación. La hilazón temática
queda, así, garantizada por el extrañamiento
del poeta que explica la poesía como necesidad en
su existencia y como actitud de insumisión ante el
código lingüístico, pero también
ante los modos sociales. No sería justo, sin embargo,
catalogar estos primeros poemas bajo el epígrafe
de metapoéticos; parece más ajustado referirnos
a ellos como fundamento ético de la palabra poética,
porque es la ambición de verdad, aunque esta lleve,
finalmente, la extrañeza ante el mundo y su formulación,
el origen de esa necesidad que llamamos poesía. 
Ubicado
en esa segura posición, inicia Tomás Sánchez
el recorrido por la segunda parte del libro, "El sigilo",
palabra polisémica que aglutina dos conceptos casi
antitéticos: por un lado, el término se refiere
al sello o utensilio con que se estampan los signos grabados
en el papel y a lo que queda estampado, pero, por otro,
alude al secreto que se guarda y al silencio cauteloso.
Creo que en esa anfibología radica la fortuna del
título. ¿Cuál sería el sello
con que estampamos los signos en el papel? ¿Qué
realidad proporciona la marca que luego se hace señal?
¿La experiencia vital? ¿La experiencia poética?
Y ¡qué vida tan sigilosa la del poeta, qué
callada!: "A mi trabajo acudo, con mi dinero pago/
el traje que me cubre y la mansión que habito/ el
pan que me alimenta y el lecho donde yago...", decía
Antonio Machado para definir la simplicidad de su existencia.
Pero el sigilo también nos remite a un silencio precavido,
a una cauta actividad discreta, a una labor previsora, quizá
mañosa también, que incluso puede llevar al
sujeto a la consideración de taimado. El sigilo define
una actitud vital.
Los
poemas que componen esta parte de "El que desordena"
sí van introducidos por títulos que señalan
hacia diferentes parcelas de la realidad. Cada una de ellas
irá siendo entreabierta con la cuña de la
palabra hasta dar con la entraña verdadera del mundo
construido con las sensaciones y experiencias surgidas de
la relación entre el sujeto poético y la realidad.
A veces, el yo poético entabla un diálogo
cernudiano con una segunda persona que no es otro que el
poeta mismo, extrañado incluso de sí. Así
van desfilando los grandes temas de la poesía: la
infancia, el cuerpo como factor inexcusable del vivir, la
naturaleza mortal, la proyección del amor, etc.;
también aparecen las menudencias de la exigente vida
cotidiana como marco en que se desarrollan esas referencias
esenciales. A lo largo de este recorrido, desde el tanteo
de la ceguera del poeta (que ya le exigió la Historia
al mismísimo Homero, prototipo de todos ellos) contamina
Tomás Sánchez las palabras con la existencia
y también, a la inversa, la existencia con las palabras:
"Cuando escribes te manchas de ti mismo", dice
en el último poema. En fin, aquella palabra poética,
perfilada desde una posición ética, termina
siendo, no el reflejo de la existencia del poeta, sino la
esencia de ella.
La madurez
expresiva es la nota dominante de este libro "El que
desordena" y, a la vez, la confirmación de una
voz segura que, ajustándose a la musicalidad del
endecasílabo, acentúa los encabalgamientos,
desordena el verso hasta cobrar aquellos matices que encontramos
en la inevitable imaginería de Tomás Sánchez
en libros anteriores, matizados aquí, menos que por
la emoción, por la misma fuerza plástica de
la imagen. Así, como en un titubeo claudicante, nos
acercamos a los territorios más consabidos de la
realidad y a los espacios comunes, buscando quizá,
como decía Pablo Neruda en su manifiesto "Caballo
verde para la poesía", los brillos cargados
de reminiscencias que el uso deja en los objetos cotidianos.
Así las imágenes en Sánchez Santiago:
las grasas blancas del olvido, los turbios chaquetones de
la noche, las cenas indefensas, las muchachas finales de
la tarde, las monedas verdaderas. Todo un repertorio que
aporta como núcleo común a todas ellas un
elemento usual de lo diario. Y ahí Tomás Sánchez
ejerce un magisterio indiscutible.
Un
prólogo inteligente de Eduardo Moda abre el libro
editado por DVD con una portada de Benjamín de Pedro
adecuada y significativa. Y así vemos cerrado un
largo capítulo en la gestión editorial de
este libro del que ya se adelantaban algunos poemas en la
antología portuguesa "Detrás de los lápices"
y también en el librito aparecido en Alcancía
"Lo bastante".
ANGEL FERNANDEZ BENEITEZ
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