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En Todavía
siento como un escalofrío al recordar un artículo
que me devolvió a un pasado lejano ya, y que recientemente
se publicó en este mismo periódico escrito
por el admirado Herminio Pérez. En él se narraba
la experiencia de unos niños de un arrabal de la
ciudad, que deciden hacer una incursión con la finalidad
de conocerla, pues no está tan lejana y sin embargo
para ellos es una desconocida, encerrada detrás de
sus murallas. Se ha hecho de noche y, al llegar a San Martín
de Abajo, oyen música. Cuando acceden a San Martín
de Arriba se encuentran con un gentío reunido alrededor
del templete. Hay muchas luces, música y alegría
que dejan admirados a los muchachos, acostumbrados en su
barrio a estar envuelto en tintes más sombríos.
El caso que relata Herminio nos hace recordar experiencias
infantiles análogas, pues nuestra ciudad tenía
la virtud de descubrirnos, de vez en cuando, tesoros ocultos,
y con ello, se producían un torbellino de sentimientos
que, solo en ocasiones, compartíamos con nuestros
padres. Todavía me vienen a la memoria otros escenarios
de la ciudad, con las mismas luces, músicas, gentío
en Valorio, el Castillo, la Avenida. Yo me pregunto si ya
se apagaron definitivamente aquellas luces, arrasadas como
tramoya de un teatro que se traslada a otra ciudad.
Los muchachos que vivíamos cerca de San Martín,
una vez que se apagaban las luces y reinaba el silencio,
a partir de entonces San Martín volvía a ser
“nuestro” y en cuanto podíamos, tomábamos
posesión de aquel espacio con el convencimiento de
que nadie, de momento, iba a venir a disputárnoslo.
Allí, sentados, en corro, en el suelo comentábamos
sucedidos o aventuras análogas a las de Herminio
y nos preparábamos para la batalla inminente, subidos
en los escarpes de las murallas, agazapados detrás
de los arbustos. Estas peripecias de los muchachos de San
Martín, les ocurrían lo mismo a los chicos
de otras partes de la ciudad. Pues a los ojos de un niño
¿qué significaban las plazas de Zorrilla,
de San Gil, Pantoja, etc.? Pues antes que nada, eran asiento
de bandas de muchachos y que, el andar por sus dominios
sin tomar alguna precaución, podía darte un
susto.
Estas citas, tomadas de la memoria de la ciudad de nuestros
años juveniles, nos desvelan la multiplicidad de
las relaciones que cada individuo, de acuerdo con su edad
y condición, desarrollaba con la ciudad, y de que
manera sumaria, las fiestas de Semana Santa, venían
a culminar. Así pues, la Semana Santa, venía
a ser como un rito unificador de los territorios de la ciudad
y de paz entre las distintas facciones.
La ciudad de los mayores traducía al mundo real la
representación que hacían los jóvenes.
La ciudad, realmente era un retablo de espacios variados
en donde se sucedían acciones de drama, o cómicas,
como un resumen de toda la sociedad en el que, ya como actores
o público, estaban representando sus propias vidas.
¿Pero, porqué enclaves, sitios, parajes a
los que he aludido han perdido el brillo que iluminaba las
vidas de cada uno y de toda la ciudad? Los actores han desfilado
silenciosamente hacia las tinieblas. Pero para los que quedamos,
sentimos que estas plazas o rincones nos están reclamando
su vuelta a la vida, y que todavía tienen la capacidad
para convertir su suelo en base firme, para otras jóvenes
ilusiones.
Antonio Viloria
Miembro del Foro Ciudadano de Zamora
Zamora,
12 de junio de 2006
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