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Las
últimas excavaciones arqueológicas y las subsiguientes
actuaciones -incluidos los correspondientes veredictos de
comisiones patrimoniales- en el entorno histórico-artístico
de Zamora han motivado opiniones públicas muy diversas,
algunas enconadas. Sin duda, todos estos hallazgos, procederes
y pareceres contribuyen al necesario debate sobre urbanismo
en una ciudad donde la abundancia de restos patrimoniales
en una superficie considerablemente amplia nos recuerda
su esplendoroso pasado.
Continúa el debate, nunca cerrado, sobre si ese esplendoroso
pasado que tuvo Zamora no constituye un obstáculo
para su progreso actual y futuro. Muchas veces hemos afirmado
que -si se sabe utilizar como ha sido el caso de otras antiguas
ciudades en todo el mundo- el patrimonio ancestral no resulta
una carga, sino todo lo contrario: un importante medio de
progreso. Esa utilización pasa, efectivamente, por
un adecuado tratamiento urbanístico. Creo necesario
constatar, además, que el esplendor pasado debería
ser un acicate para intentar que la ciudad vuelva a alcanzar
tales cotas de importancia, lo cual es hoy una meta difícil
de conseguir: los zamoranos nos hemos dejado llevar durante
demasiado tiempo por esa especie de soñolienta amargura
que aborda el último Nobel Pamuk en su retrato de
Estambul, ciudad por cierto tan opuesta en ubicación
y población a la nuestra y sin embargo, tan cercana
en determinados rasgos estéticos y simbólicos,
para más de un notable escritor zamorano. 
En "Las huellas del tiempo en el plano de Zamora"
aludí a dos actuaciones urbanísticas diferentes
ante problemas derivados de la necesaria conservación
del patrimonio. Una de ellas -la más costosa, pasada
de moda y conservacionista, pero de hermosos resultados-
es más o menos lo que se ha venido haciendo durante
décadas en la cercana Salamanca o lo que hizo LeDuc
en Carcassonne: reconstruir todo lo reconstruible, conservar
trazados y elementos originales e intervenir manteniendo
en lo posible el ambiente y los materiales genuinos -en
el caso de Salamanca la famosa piedra de Villamayor- para
los nuevos edificios del casco. Otra política, opuesta
en cierto modo, pero más moderna, y menos costosa
es la que denominé "contraste estético-temporal".
Consiste en restaurar únicamente lo más notable,
marcando de alguna manera la ubicación de lo destruido
y edificando lo nuevo siguiendo un estilo muy actual, de
modo que contraste con lo antiguo. Ponía como ejemplo
la famosa pirámide parisina del Louvre, por otro
lado tan discutida y, en Zamora, La Horta con el hotel aledaño.
Siempre me incliné por el primer tipo de actuaciones,
pero también reconozco la validez del segundo.
El problema y la polémica, a mi entender, surgen
en Zamora porque no encontramos un tratamiento uniforme
y coherente respecto a los restos arqueológicos y
a la conservación de fachadas y trazados urbanos.
Piedras con algún interés de San Martín
de Caballeros fueron empotradas en el muro del talud sin
más y sin más fue cegada la planta de ese
templo; creo que también cegarán el contorno
de San Gil como hicieron con el Imperial Monasterio de Santa
Marina; sí se ha marcado la forma de la puerta de
Santa Clara, mientras el trazado y las edificaciones en
la calle Zapatería y adyacentes se hallan en suspenso.
No sabemos tampoco en qué acabarán las obras
del Castillo y últimamente se ha decidido conservar
y reconstruir en parte un paño del segundo recinto,
en La Feria. No se llega a entender qué motivos mueven
a preservar con esmero restos aparentemente anodinos y a
desentenderse de otros más relevantes. Mi opinión
es que urge un protocolo de actuaciones en cuanto al ámbito
monumental concreto de Zamora. En su redacción se
debería incluir algún tipo de consulta a la
ciudadanía sobre la ciudad que desea y decantarse
claramente por el primer o segundo tipo de actuaciones que
he explicado -u otro- de modo que existiera una cierta seguridad
de que los trabajos pondrían en valor la riqueza
patrimonial sin perjudicar la calidad de vida del ciudadano.
No estaría de más poder especificar con razones
convincentes qué partes materiales del pasado urbano
son verdaderamente importantes y por qué. Se nos
ocurren los romances referentes al primer recinto, se nos
ocurre el gran número de templos románicos
-el mayor del mundo- como algo a mantener y si es posible,
acrecentar. Por eso no entendemos la actuación en
San Gil. Estas alusiones son, seguramente, las dos más
importantes, pero existen muchas más a tener en cuenta.
En el hipotético protocolo no podría faltar
la consideración de Zamora como Patrimonio Universal.
No nos cansaremos de repetir que, aunque se pretenda diluir
la esencia de esta ciudad en una eterna pugna entre conservadores
y utilitaristas, la declaración de Zamora como Patrimonio
Universal cada vez es más solicitada por los ciudadanos
y sustentada con mejores razones, a pesar de las reiteradas
negativas de una Junta a la que, no queremos saber la causa,
incomoda el tema.
Carlos Cabañas Vázquez
Del Instituto de Estudios Zamorano
La Opinión de Zamora 27.11.2006
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