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Allá
por mayo de 2006 comienzan a hacerse presentes en los medios
de comunicación los primeros casos de corrupción
urbanística e inmobiliaria, empezando por la llamada
"Operación Malaya" en Marbella, tras la
que se fue desatando una especie de reacción en cadena
que ha puesto sobre la mesa multitud de casos parecidos
a lo largo de todo el país.
El protagonismo pasó en verano a la costa mediterránea,
especialmente la valenciana y murciana. Planes Generales
de Ordenación Urbana, Planes parciales y otras intervenciones
más o menos cercanas al mar estuvieron en el punto
de mira de, principalmente, políticos de la oposición,
fuera cual fuera, dando lugar a denuncias sobre multitud
de urbanizaciones o licencias de obra sospechosas, cuantías
económicas que sobrevaloraban el terreno en demasía,
o dineros que aparecían y desaparecían casi
por arte de magia. Muchas de las actuaciones denunciadas
ponían verdaderamente en serio peligro determinadas
zonas de alto valor paisajístico o ecológico,
masificaban territorios proporcionalmente reducidos, o simplemente
que se saltaban la ley a la torera.
Muy
recientemente los casos de corrupción como, entre
otros, los de Navas del Marqués, Candeleda, Seseña,
e innumerables casos en la periferia de Madrid como Ciempozuelos
nos muestran la gravísima implicación de miembros
y cargos políticos tanto del PP como del PSOE u otros
partidos, además de poner de relieve que el centro
de la cuestión no está realmente en el mar,
en la costa, sino en el ladrillo.
A nadie
se nos escapa que debido al bajísimo precio actual
del dinero las inversiones han derivado hacia el sector
inmobiliario. La consecuencia es evidente: los precios se
disparan y la vivienda, que es un bien de primera necesidad,
termina por alcanzar costes astronómicos que llevan
al endeudamiento sistemático de las familias cuando
se proponen adquirir un piso. Además, tampoco acabamos
de comprender cómo en pequeñas ciudades como
la nuestra pueden estar vacías más de un tercio
de las viviendas. La población no aumenta significativamente
pero sí los bloques de viviendas que se construyen
y venden. Y este fenómeno no parece tener visos próximos
de detenerse. La consecuencia es, además de las ya
apuntadas, la aparición de modelos constructivos
y de ordenación del territorio en forma dispersa,
totalmente contrarios a nuestro modelo mediterráneo
de concentración de los inmuebles en núcleos
compactos. Proliferan las urbanizaciones de chalets adosados
y pareados, con el altísimo coste que ello supone
para los ayuntamientos en aspectos como la urbanización,
las canalizaciones y acometidas de aguas y las redes eléctricas,
entre otras. Y de paso, en multitud de ocasiones siguen
quedando vacíos y sin edificar los mismos solares
de siempre en los centros de las ciudades, o edificios prácticamente
ruinosos y generalmente de pobre factura que se mantienen
en pie de milagro, dando lugar a auténticos barbechos
urbanos.
Todos
estos problemas, y principalmente el de la corrupción
urbanística, ponen sobre la mesa la urgencia por
repensar el urbanismo en nuestro país. ¿Dónde
está y cómo se encuentra?. En primer lugar,
el urbanismo en nuestro país ha claudicado en muchos
casos de su principal función, que no es otra que
ordenar la ciudad y evitar crecimientos desordenados y actuaciones
incontroladas, para convertirse lamentablemente en la oportunidad
para el trapicheo y la corruptela de la industria del ladrillo.
Si el urbanismo nace como disciplina para ordenar la ciudad,
en demasiadas ocasiones los intereses no sólo económicos
lo convierten hoy en justificación legal de esos
intereses.
Y en
segundo lugar, y lo que me parece más importante,
el urbanismo de nuestro país ha quedado relegado
en la Universidad a una mera asignatura residual para arquitectos
técnicos, una dimensión del Derecho Administrativo,
y una especialidad para Arquitectos e Ingenieros de caminos,
canales y puertos. En la mayoría de los casos, la
especialidad "Urbanista" queda reducida a una
formación meramente técnica, casi exclusivamente
consistente en aspectos constructivos o relacionarlos con
la normativa que habrá de aplicarse. Una disciplina
tan amplia y global queda reducida, por tanto, a solo uno,
y a lo sumo dos, de sus aspectos. No cabe duda de que la
realidad que vivimos cada día, también los
ejemplos de corrupción urbanística a los que
asistimos, reclaman cada vez más una concepción
más amplia, humanista e interdisciplinar del urbanismo.
Planificar,
construir y ordenar la ciudad requiere una cualificación
técnica constructiva innegable. Pero necesita también
inexcusablemente de la Historia, pues los acontecimientos
que han marcado una ciudad la condicionan de tal modo que
determinan los lugares y tiempos de su expansión
geográfica, su silueta e incluso sus tipologías
edificatorias. Así mismo, el urbanismo necesita también
de la Demografía, porque no olvidemos que fundamentalmente
la ciudad son sus ciudadanos. Pero, en efecto, también
el urbanismo es Sociología, en las formas de proceder
y usos de sus habitantes; Derecho, en tanto que regulación
de las relaciones entre ellos; Economía, Ordenación
del territorio, Política, incluso Historia del arte.
Todas
estas disciplinas son urbanismo, y no existe auténtico
urbanismo sin la equilibrada conjunción de todas
ellas. No es ningún desconocido ni ningún
profesional baladí el arquitecto español Antonio
Lamela, el cual hace tiempo que se mueve en estos mismos
planteamientos. Afirma: "dicen que los únicos
capacitados para abordar el urbanismo son los arquitectos
y algunos ingenieros. Yo, particularmente, creo que esto
es un error. Ni estamos preparados para hacer proyectos
de urbanismo, ni planes de ordenación territorial,
porque esto es una disciplina mucho más compleja,
con mayor carga social que técnica. Como no hemos
inventado a los urbanistas ex novo capacitados para dirigir
equipos pluridisciplinares, estamos en manos de técnicos
subsidiarios sin la suficiente perspectiva global".
Razón no le falta. Si el urbanismo no es nada de
esto, simplemente el urbanismo no es, pues se convierte
en mera gestión inmobiliaria.
Arquitectura, ingeniería, historia, economía,
demografía, historia del arte, derecho, sociología,
diseño, etc. son disciplinas innegables en el más
noble y auténtico ejercicio del urbanismo. Quizá
ha llegado el momento de pensar la necesidad de estudios
universitarios urbanísticos, con entidad y autonomía
propias, donde se aborden ampliamente cada una de las disciplinas
antedichas, entre otras muchas. Quizá ha llegado
el momento de apostar por verdaderos profesionales del urbanismo.
Probablemente es el momento de vindicar auténtico
urbanismo.
Rafael Ángel García Lozano
Miembro del Foro Ciudadano de Zamora
Zamora,
30 de octubre de 2006
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