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Con
la movilidad de los primeros años juveniles, la ciudad
no tenía secretos para nosotros. Podía decirse
con cierta petulancia que nos sentíamos poseedores
de la ciudad, ¿quién iba a disputárnosla?
Y es que la repasábamos, recorriéndola por
la razón más nimia. Sentíamos que las
cosas de la ciudad, tan cercanas que las tocábamos
con nuestra vista, con nuestro tacto, siempre presentes
y mudas, pero sin dudarlo, como fieles aliadas, las únicas
que desde su vejez de siglos, nos daban su silenciosa aprobación.
Y de esta presencia, tan constante y tan fiel a la alianza
que nos brindaban las cosas, nos reforzaban nuestra incipiente
identidad. Este proceso de pertenencia no es posible en
la ciudad moderna, pues no existe esta acción continua
y envolvente en que las superficies, aristas y encuentros
de muros, suelos y tejados, se desarrollan como una película,
que son como una réplica de nuestra piel y nuestro
cuerpo. Aquí, en la ciudad antigua, los espacios
siempre aparecen contenidos en los volúmenes de las
edificaciones. A un espacio bien definido, le sucederá
otro espacio nuevo que tendrá las ligeras variantes
para que surja la sorpresa, aún antes de que lo hayamos
entendido hasta el fondo. Todavía no podíamos
llegar a percibir el significado artístico de las
formas, ni mucho menos el orden con el cual se había
ido construyendo poco a poco la ciudad. Tan solo era la
materialidad de los objetos y su elemental expresión,
sin posible docto significado, los que nos retenían
en sus múltiples pliegues.
Cuando nos asomábamos al campo y cada vez nos alejábamos
más de la ciudad, sentíamos la pérdida
de nuestros objetos, que los habíamos dejado dentro
de ella, pero que ahora veíamos apretados, unos contra
otros, detrás del cinturón de las murallas.
Así era como estábamos accediendo al descubrimiento
de una nueva visión, que nos ocultaba nuestra ciudad.
Estábamos tan cerca de las cosas.... Hasta entonces
no habíamos sentido su acoso. La ciudad, a lo lejos,
se nos presentaba única y sólida, naciendo
de la tierra, pero asentada, sobre la fortaleza de las peñas,
interpuesta entre tierra y cielo. Del dibujo recortado de
sus tejados, sobresalen unas torres, que en actitud de llamada,
de aviso, tratan de buscar la mediación entre la
tierra y los cielos.
Así aprendimos a reconocer a lo lejos los puntos
que eran habituales en nuestras correrías y conocíamos
al dedillo; así avanzábamos en la comprensión
de los espacios y formas replegados en los vericuetos de
la ciudad. Y así aprendimos, desde la lejanía,
a querer volver a ella. Toda ciudad como un gran Centro
que es, tiene el poder de atracción, de recompensa,
al fin de la jornada de un camino andado y fuera de su protección.
De la imagen de la ciudad, marcada con señas perennes,
y que se perfeccionan desde la visión propia del
niño a la del adulto, siempre esperamos que la realidad
nos asegure su vigencia, tal como se quedó marcado
en un lejano pasado.
Pero parece que la Edad Dorada acabó. Ya no hay paseos
gozosos sobre el campo, bloques de edificación han
sembrado de obstáculos los espacios antes libres,
y que ahora se interponen en la visión de la ciudad.
Hasta el cinturón de las murallas, ha cedido ante
la altura de bloques, que ahora dibujan un perfil inédito,
imprevisto.
Antes salíamos frecuentemente al campo porque la
naturaleza estaba tan cerca. Pero siempre teníamos
a mano un bosque en que, a través de él, podíamos
adivinar que lo que se extendía más allá
de sus límites, llegaba hasta el final de la tierra.
Así era para nosotros el bosque de Valorio.
Ahora parece que va a ser afectado por nuevos planes, nuevas
construcciones que estarán en su entorno. Esto va
a suponer poner barreras al campo, pues este bosque pretendía
encontrarse al margen de la ciudad, y en perenne continuidad
con otros paisajes rurales, ajenos a la industria de los
humanos. Ello va a suponer una desvalorización de
su significado como medio natural, mantenido con esfuerzo.
No en vano, por su cercanía al mismo borde de la
ciudad, no ha podido librarse de un continuo desgaste, debido
a las agresiones sufridas y que ahora puede significar su
definitivo colapso como bosque urbano ¿Y esta ciudad
es la que vamos a legar a nuestros descendientes?
Antonio Viloria
Miembro del Foro Ciudadano de Zamora
Zamora,
9 de julio de 2006
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