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La ciudad no se deja
captar fácilmente. Una mirada casual o distraída
sobre sus formas más inmediatas, que no llegue a
demorarse en los detalles de sus arquitecturas, nos va a
dejar sin poder explicar las interioridades y razones que
forman parte de sus fundamentos. Una mirada apresurada,
como la del turista, demuestra el desinterés por
adentrarse en el conocimiento profundo de la ciudad y, más
bien, se limita a una confirmación de la existencia
de imágenes difundidas en publicaciones y guías,
pensadas como alicientes para su consumo masivo.
Además de las limitaciones reseñadas, el conocimiento
de las ciudades por parte de sus ciudadanos participa de
la superficialidad propia del visitante y tampoco puede
dar una explicación de la evolución y de los
cambios que ha sufrido a lo largo de su historia. Ocurre
lo mismo que con aquellos personajes a los que tratamos
habitualmente, en los que no percibimos los cambios paulatinos
de sus rasgos y que sólo en la intimidad, como por
ejemplo al contemplar el álbum de fotos familiar,
no podemos reprimir una exclamación de sorpresa ante
cambios que le han convertido en algo tan diferente.
Otro aspecto es analizar el efecto inmediato de los nuevos
edificios sobre el resto del entorno urbano y de cómo
es recibido por los ciudadanos. Generalmente, estos lo recibirán
con rechazo y raramente los verán como un éxito
inmediato. Como ejemplo, habría que imaginarse la
reacción -sólo íntima porque las cosas
de la ciudad eran, en otros tiempos, de la sola competencia
de los Príncipes- de los ciudadanos ante un cambio
tan drástico como fue, en su momento, la incorporación
del pórtico renacentista en la catedral románica
de esta ciudad. Aunque se hubiese producido algún
tipo de reacción popular, la ciudad hubiese acabado
por asimilar las novedades, integrándolas, haciéndolas
suyas. Y así las hemos recibido, con total conformidad.
Las cosas de la ciudad, afortunadamente, se están
haciendo más perceptibles porque en todas las sociedades
democráticas ha aumentado el interés de los
ciudadanos por conocer las formas en que se produce su desarrollo
urbano y cómo acceder a los mecanismos que permitan
participar en la toma de decisiones. Al fin y al cabo, la
ciudad representa la creación colectiva más
importante del ser humano desde que decidió vivir
en un medio que mejorase las posibilidades que la Naturaleza
no llegaba a ofrecer.
Este conocimiento de la evolución histórica
se ha ampliado con la ayuda de las artes figurativas. Desde
principios del siglo XIX, éstas nos están
ofreciendo interpretaciones sobre la ciudad. Y lo mismo
ha ocurrido con las artes narrativas, pues a través
del vehículo de la palabra, se ha convertido en la
herramienta adecuada, capaz de darnos un juicio moral y
artístico de las decisiones tomadas en el pasado,
algunas con verdaderos rasgos de grandeza, pero también
otras que dan testimonio del mal desatado en épocas
críticas y que, en ocasiones, ha enseñoreado
toda una época.
Dos casos de aportación artística reciente
en nuestra ciudad van a funcionar como espejos, que nos
permiten saltar sobre las condiciones persuasivas que ejerce
la ciudad y llegar a otra realidad, o bien ponerla en cuestión,
rompiendo con el carácter inevitable con que se presenta
su pasado.
El primer espejo lo tenemos en la novela recientemente publicada
“Calle Feria” de Tomás Sánchez
Santiago. Ha sido una agradable sorpresa que este autor
haya expuesto la crónica de un vecindario, en el
mínimo escenario de una calle de la ciudad, en un
momento convulso como fue la época de la posguerra.
Posiblemente se ha atrevido a ello por pertenecer a una
generación que no vivió tan dramática
experiencia. No obstante sus explícitas y abundantes
fuentes de información demuestran el intento del
autor de afirmar la credibilidad de los acontecimientos
que se narran y que podría apostillar en el prefacio:
“toda coincidencia con la realidad no es mera casualidad,
es solamente un intento más para acercarme a ella”.
El autor aporta datos, a modo de crónica periodística,
para subrayar la verosimilitud del relato y así incluye
la trascripción de los datos catastrales de las fincas
que componen la calle Feria, los nombres de los propietarios
de las casas y comercios, que nos suenan familiares a los
que nos criamos en esta ciudad; también reproduce
las críticas de cine, que un vecino aficionado publica
en el periódico local, con tal grado de sofisticación
que le hace sospechoso a ojos de la policía. Censores
y autor, cazadores y presa, envueltos en el retorcimiento
del significado de las palabras.
Al vecindario de la novela sólo le queda esperar
tiempos mejores, apiñados en tan reducidos espacios.
Solamente en un ensanche de la calle mantienen una tertulia,
en donde desahogan sus inquietudes y contienen el sentimiento
de marginación, por lo que malviven en un ambiente
de permanente sospecha. Para ellos la ciudad les ha excluido
de todo tipo de derechos y protección
¿Cómo puede trasladarse a la época
actual la vida de la centenaria calle? Las reformas que
han afectado a una gran parte de la ciudad, a ellos no les
han llegado. Solamente considerar que la calle, originalmente,
era la adecuada para el lento tráfico de carruajes
y en la actualidad se ha convertido en una salida para el
tráfico rodado procedente del núcleo central
de la ciudad. Pero la relación tan esencial que tenían
los vecinos con su calle ya no es posible. Incluso ha desaparecido
cualquier resto de espacio dedicado para los ciudadanos
de a pié y que pudiesen hacer suyo, aunque fuese
de forma transitoria.
Hoy día el espacio público que compone la
calle está totalmente dedicado a la función,
en precario, de un tráfico rodado, en que vehículos
y viandantes se esfuerzan por avanzar en su recorrido y
pasar el mal trago en que se ven envueltos. Pienso en un
vecindario refugiado detrás de los muros de sus casas
¿No llegarán acaso a sentir nostalgia de aquellos
tiempos, cuando se daban ánimos ante las amenazas
que tenían permanentemente sobre sus cabezas? ¿Y
cuando también por aquel entonces, en un día
de procesión, estaban mirando ansiosos la paloma
mensajera que posada en el alero de la casa de enfrente,
si se venía hacia ellos los delataba a la policía,
que no les quitaba ojo desde la calle? No, estos malos recuerdos
sólo les producen angustia. Pero ahora siguen impotentes
y silenciosos, la calle, entregada a la voracidad del un
tráfico que los ha dejado aislados como islas en
el océano, dentro de sus casas.
Los nuevos tiempos no han traído cosas buenas que
mejorasen su vida y la del barrio ¿Pensarán
los vecinos, cuando miren a la calle, que siguen estando
en el bando de los perdedores?
El segundo espejo que nos abre a una nueva lectura de la
ciudad, esta vez con un mensaje de esperanza, parte del
nuevo edificio del Centro Municipal de Interpretación
Medieval de la Ciudad obra del arquitecto Rafael Berchez.
Como el anterior ejemplo, el edificio está situado
en un arrabal cercano al río, en que las humildes
y precarias edificaciones sobre las que se yergue, apenas
conservan la original coherencia formal de sus volúmenes
pero que constituyen un referente de su forma paisajística
y de una posible organización urbana en el futuro.
El objetivo del nuevo edificio ha supuesto, en sí
mismo, un reto para el arquitecto pues el resultado vendría
a definir una actitud respecto al tipo de renovación
que debe hacerse en estas zonas degradadas de la ciudad
antigua. Y me parece que ha acertado y ha quedado demostrado
que con la utilización de un repertorio amplio de
formas y conceptos de la arquitectura actual ha logrado
imponer un principio de orden sobre el pequeño conjunto
urbano sobre el que se asienta el nuevo edificio. Con una
arquitectura basada en un meclado de formas cúbicas
elementales y calidades de perfecto acabado, se levanta
sobre el modesto caserío, abriendo el paso a una
nueva unidad urbana integradora. El edificio ha descubierto
las posibilidades visuales del conjunto, ya que de forma
inmediata ha impuesto una jerarquización de sus volumetrías,
que minimizan el efecto de los desajustes que se producen
en las edificaciones situadas a sus pies.
A la simplicidad de los volúmenes exteriores del
proyecto, se corresponde un espacio interior más
complejo que aloja rampas y pasarelas, que pueden convertir
el itinerario de recorrido en un verdadero “paseo
cultural”.
A la vista de este edificio, de próxima inauguración,
se suscitan cuestiones que afectan a la suerte de su entorno
y que son de este cariz: El edificio posee un potencial
renovador para todo cuanto le rodea. Esto es patente y está
pidiendo ya una intervención que renueve esa oculta
unidad urbana. Este poder renovador del nuevo edificio surge,
entre otras cosas, por renunciar a querer enmascarar su
diseño dentro del tejido existente, con argucias
de tipo historicista. La lectura que se hará del
este Centro en el futuro, se haría a partir de su
integración en ese nuevo tejido residencial.
En consecuencia, el nuevo Centro nos va a permitir atravesar
ese espejo, que va a sumergirnos en un nuevo escenario,
esta vez lleno de vida.
¿No ha llegado el momento de olvidarnos de todas
las operaciones de recalificaciones fantásticas que
son como desgarramientos en las formas de crecimiento de
la ciudad y dedicar mayor atención en descubrir las
posibilidades que encierra nuestra vieja y olvidada ciudad?
Antonio
Viloria
Miembro del Foro Ciudadano de Zamora
Zamora, 19 de septiembre de 2007
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