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Así como las
cosas tienden a convertirse en objetos inertes, la ciudad
antigua, por el paso del tiempo, ha ido adquiriendo cualidades
de objeto. Independientemente de sus funciones más
o menos declinantes, nos resistimos a reconocer su falta
de operatividad, sufrimos con su rigidez, por su poca capacidad
de respuesta para los cambios y de parálisis frente
a las nuevas demandas que surgen en el horizonte social.
Es comprensible que, en tanto como ciudadanos veteranos,
no podamos dejar de tener presentes los escenarios, las
imágenes de la vieja ciudad, recorrida una y otra
vez desde nuestra niñez. Estos escenarios e imágenes
han entrado a formar parte de nosotros mismos y siguen vivos
en nuestra memoria. Lo más inconcebible sería
venir ahora a menoscabar sus cualidades únicas, irrepetibles,
sin recambio posible. La vieja ciudad espera, con nuestra
complicidad, seguir siendo ella misma pues sabe que es el
amarre en el que confiamos y que, aunque nos decepcione,
se lo vamos a perdonar.
Pero con todo, y a pesar de vivir lejos de la ciudad vieja,
volvemos una y otra vez a ella para comprobar si las mordeduras
del tiempo o los nuevos saqueadores, siempre al acecho,
no hayan podido todavía con ella. En esta encrucijada
contribuimos a que su condición quede reforzada.
Lo cual tiene un precio pues las demandas y exigencias,
en aras de salvar su integridad, en ocasiones, no parecen
tener límite. Su canon estético reduccionista
no admite novedades y, lo que es más grave, no tiene
reglas para su interpretación. Hasta las concesiones
forzadas por las exigencias del presente deben proveerse
de una máscara que no cuestione el canon, pero que
evidencian su artificiosidad. Esta suplantación de
la verdad de las formas puede llevar a una parte de ciudad
a ser incapaz de diálogar con la parte antigua inmediata
y, por supuesto, con la moderna.
La ciudad vieja merece que se le preste atención
ya que no se puede liquidar un pasado en el que su peso
era decisivo en la vida de la ciudad. Hoy todavía
ofrece un modelo de ciudad que, sin duda, supera en calidad
a lo que nos ofrece la ciudad moderna. Todos tenemos el
convencimiento de que si se dotase de equipamientos a la
vieja ciudad, superaría en calidad al resto de la
ciudad y aseguraría su doblamiento, además
de garantizar las condiciones para encarar su futuro con
tranquilidad.
Hasta ahora la vieja ciudad conserva su integridad física,
pero cada vez es mas extraña en su condición
de objeto con respecto al resto de la ciudad, que está
embarcada en un modelo de desarrollo que no tiene nada que
ver con los parámetros con que se produjo la lenta
gestación de la ciudad a lo largo de la Historia.
Se ha perdido la esperanza de que el crecimiento urbano
se produjese con la continuidad espacial y formal en relación
con la antigua ciudad, tal como se produjo, con todo éxito,
en la primera mitad del pasado siglo. Una de las características
de la remodelación emprendida entonces es que reprodujo
el esquema organizativo con que se había desarrollado
el núcleo inicial de la parte más vieja de
la ciudad. La ciudad crecía, densificando y haciendo
más complejas sus tramas, alrededor de unos focos
que por con su especial coincidencia de actividades obtenían
cualidades de centralidad y que se recargaban de interrelaciones
generadoras de actividades. Este planteamiento de la generación
del tejido urbano a partir de las centralidades de la ciudad
confería a su plan gráfico de un tipo de organización
jerarquizada, que la confería una claridad y variedad
hasta en los sectores más modestos. Todo esto es
historia pasada y olvidada.
En los orígenes de la ciudad, los generadores de
centralidad se sustanciaron en los grandes edificios, monumentos
de la realeza o de la Iglesia pero más atrás
fueron las actividades públicas como el mercado o
las asambleas que reunían a todo el pueblo, las que
confirieron a sus espacios la condición de “sitio”,
algo mágico que, ni las ruinas de los restos de su
pasado han podido borrar.
Aún hoy en día, existen edificios singulares
que por su significado público o cultural han tenido
la virtud de trasformar lo que anteriormente se consideraban
zonas degradadas de la ciudad, es decir, aquello que había
perdido todo significado y toda consideración pública.
Es lo que ha sucedido con el edificio Guggenheim de Bilbao,
que ha tenido la virtud de convertir una zona que escenificaba
la decadencia de una actividad fundamental en una zona central
de la ciudad, representativa de una época, en un
espacio nuevo que se ha generado a partir del Museo y que,
independientemente de las funciones propias urbanas, ha
ido atrayendo y se ha convertido en símbolo vivo
de la ciudad. Se ha creado una centralidad que irradia y
se hace sentir en el resto de la ciudad. A partir de ahora,
todo habrá de ser diferente de cara a las decisiones
en el planeamiento de la ciudad.
En nuestra ciudad, la reforma del casco antiguo se hizo
partiendo de la actividad prioritaria del comercio y ello
suponía la liquidación de la ciudad del Antiguo
Régimen.
Hoy día, el Plan vigente del año 2000 nos
puede revelar la actitud de la ciudad con respecto a su
casco antiguo, que tiene sentido a partir de la consideración
del carácter como objeto al que nos hemos referido,
cualidades que se basarían en el modelo que los edificios
preexistentes suministran para la interpretación
de la ciudad antigua. Es decir, que es un programa que prioriza
la atención sobre las actuaciones individuales de
edificación o sobre la protección debida a
edificios de singular interés arquitectónico
y monumental. Pero ese respeto para conservar esta continuidad
con el pasado, se quiebra en cuanto se trata de los espacios
públicos o privados existentes, ya que el Plan asimila
los espacios libres privados como solares que generan edificabilidad,
en un esfuerzo por dar un criterio unificador para todos
los sectores de la ciudad, sean antiguos o modernos. Y a
partir de ahí surgen multitud de preguntas que el
Plan no aborda ¿No deberíamos empezar por
conservar la relación de macizos y huecos, de volúmenes
y huecos, los que corresponden a las edificaciones actuales
y espacios libres? ¿Cómo vamos a hacer para
que las viejas tipologías residenciales se acomoden
a las nuevas necesidades y funciones de las viviendas modernas?
¿Y qué va a suponer la revolución de
las enormes propiedades de la iglesia, amenazadas de abandono,
y de qué modo la ciudad va a aprovechar estos valiosos
activos?
El Plan proponía una serie de actuaciones que pretendían
contemplar determinadas situaciones que, por su complejidad,
no pueden resolverse con unas meras Ordenanzas. Todas estas
actuaciones del Plan han quedado inéditas, porque
el Ayuntamiento siempre se ha inclinado por las operaciones
de ornato superficial de calles, fachadas, etc. Estas unidades
de actuación serían la respuesta adecuada
para crear nuevos focos de centralidad que diesen un nuevo
vigor a las estructuras de la vieja ciudad y su puesta al
día en el sentido de su funcionalidad.
La ciudad antigua necesita una interpretación continua
que dé lugar a hipótesis de trabajo. Cada
unidad de actuación planteará problemas peculiares
y los caminos para llegar a su solución serán
igualmente diversos.
Una ciudad antigua esconde tesoros de posibilidades, sorpresas
que saltan removiendo entre sus decadentes muros. Esta ciudad
puesta al día sería todo un lujo pero solo
será posible con el concurso de todos sus ciudadanos,
motivados en una tarea en que todos crean y que vivan ilusionadamente.
Antonio
Viloria
Miembro del Foro Ciudadano de Zamora
Zamora, 2 de noviembre de 2007
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