UNA CIUDAD-OBJETO: LA CIUDAD ANTIGUA (I)
 
 

 

      Así como las cosas tienden a convertirse en objetos inertes, la ciudad antigua, por el paso del tiempo, ha ido adquiriendo cualidades de objeto. Independientemente de sus funciones más o menos declinantes, nos resistimos a reconocer su falta de operatividad, sufrimos con su rigidez, por su poca capacidad de respuesta para los cambios y de parálisis frente a las nuevas demandas que surgen en el horizonte social.
Es comprensible que, en tanto como ciudadanos veteranos, no podamos dejar de tener presentes los escenarios, las imágenes de la vieja ciudad, recorrida una y otra vez desde nuestra niñez. Estos escenarios e imágenes han entrado a formar parte de nosotros mismos y siguen vivos en nuestra memoria. Lo más inconcebible sería venir ahora a menoscabar sus cualidades únicas, irrepetibles, sin recambio posible. La vieja ciudad espera, con nuestra complicidad, seguir siendo ella misma pues sabe que es el amarre en el que confiamos y que, aunque nos decepcione, se lo vamos a perdonar.
Pero con todo, y a pesar de vivir lejos de la ciudad vieja, volvemos una y otra vez a ella para comprobar si las mordeduras del tiempo o los nuevos saqueadores, siempre al acecho, no hayan podido todavía con ella. En esta encrucijada contribuimos a que su condición quede reforzada. Lo cual tiene un precio pues las demandas y exigencias, en aras de salvar su integridad, en ocasiones, no parecen tener límite. Su canon estético reduccionista no admite novedades y, lo que es más grave, no tiene reglas para su interpretación. Hasta las concesiones forzadas por las exigencias del presente deben proveerse de una máscara que no cuestione el canon, pero que evidencian su artificiosidad. Esta suplantación de la verdad de las formas puede llevar a una parte de ciudad a ser incapaz de diálogar con la parte antigua inmediata y, por supuesto, con la moderna.
La ciudad vieja merece que se le preste atención ya que no se puede liquidar un pasado en el que su peso era decisivo en la vida de la ciudad. Hoy todavía ofrece un modelo de ciudad que, sin duda, supera en calidad a lo que nos ofrece la ciudad moderna. Todos tenemos el convencimiento de que si se dotase de equipamientos a la vieja ciudad, superaría en calidad al resto de la ciudad y aseguraría su doblamiento, además de garantizar las condiciones para encarar su futuro con tranquilidad.
Hasta ahora la vieja ciudad conserva su integridad física, pero cada vez es mas extraña en su condición de objeto con respecto al resto de la ciudad, que está embarcada en un modelo de desarrollo que no tiene nada que ver con los parámetros con que se produjo la lenta gestación de la ciudad a lo largo de la Historia. Se ha perdido la esperanza de que el crecimiento urbano se produjese con la continuidad espacial y formal en relación con la antigua ciudad, tal como se produjo, con todo éxito, en la primera mitad del pasado siglo. Una de las características de la remodelación emprendida entonces es que reprodujo el esquema organizativo con que se había desarrollado el núcleo inicial de la parte más vieja de la ciudad. La ciudad crecía, densificando y haciendo más complejas sus tramas, alrededor de unos focos que por con su especial coincidencia de actividades obtenían cualidades de centralidad y que se recargaban de interrelaciones generadoras de actividades. Este planteamiento de la generación del tejido urbano a partir de las centralidades de la ciudad confería a su plan gráfico de un tipo de organización jerarquizada, que la confería una claridad y variedad hasta en los sectores más modestos. Todo esto es historia pasada y olvidada.
En los orígenes de la ciudad, los generadores de centralidad se sustanciaron en los grandes edificios, monumentos de la realeza o de la Iglesia pero más atrás fueron las actividades públicas como el mercado o las asambleas que reunían a todo el pueblo, las que confirieron a sus espacios la condición de “sitio”, algo mágico que, ni las ruinas de los restos de su pasado han podido borrar.
Aún hoy en día, existen edificios singulares que por su significado público o cultural han tenido la virtud de trasformar lo que anteriormente se consideraban zonas degradadas de la ciudad, es decir, aquello que había perdido todo significado y toda consideración pública. Es lo que ha sucedido con el edificio Guggenheim de Bilbao, que ha tenido la virtud de convertir una zona que escenificaba la decadencia de una actividad fundamental en una zona central de la ciudad, representativa de una época, en un espacio nuevo que se ha generado a partir del Museo y que, independientemente de las funciones propias urbanas, ha ido atrayendo y se ha convertido en símbolo vivo de la ciudad. Se ha creado una centralidad que irradia y se hace sentir en el resto de la ciudad. A partir de ahora, todo habrá de ser diferente de cara a las decisiones en el planeamiento de la ciudad.
En nuestra ciudad, la reforma del casco antiguo se hizo partiendo de la actividad prioritaria del comercio y ello suponía la liquidación de la ciudad del Antiguo Régimen.
Hoy día, el Plan vigente del año 2000 nos puede revelar la actitud de la ciudad con respecto a su casco antiguo, que tiene sentido a partir de la consideración del carácter como objeto al que nos hemos referido, cualidades que se basarían en el modelo que los edificios preexistentes suministran para la interpretación de la ciudad antigua. Es decir, que es un programa que prioriza la atención sobre las actuaciones individuales de edificación o sobre la protección debida a edificios de singular interés arquitectónico y monumental. Pero ese respeto para conservar esta continuidad con el pasado, se quiebra en cuanto se trata de los espacios públicos o privados existentes, ya que el Plan asimila los espacios libres privados como solares que generan edificabilidad, en un esfuerzo por dar un criterio unificador para todos los sectores de la ciudad, sean antiguos o modernos. Y a partir de ahí surgen multitud de preguntas que el Plan no aborda ¿No deberíamos empezar por conservar la relación de macizos y huecos, de volúmenes y huecos, los que corresponden a las edificaciones actuales y espacios libres? ¿Cómo vamos a hacer para que las viejas tipologías residenciales se acomoden a las nuevas necesidades y funciones de las viviendas modernas? ¿Y qué va a suponer la revolución de las enormes propiedades de la iglesia, amenazadas de abandono, y de qué modo la ciudad va a aprovechar estos valiosos activos?
El Plan proponía una serie de actuaciones que pretendían contemplar determinadas situaciones que, por su complejidad, no pueden resolverse con unas meras Ordenanzas. Todas estas actuaciones del Plan han quedado inéditas, porque el Ayuntamiento siempre se ha inclinado por las operaciones de ornato superficial de calles, fachadas, etc. Estas unidades de actuación serían la respuesta adecuada para crear nuevos focos de centralidad que diesen un nuevo vigor a las estructuras de la vieja ciudad y su puesta al día en el sentido de su funcionalidad.
La ciudad antigua necesita una interpretación continua que dé lugar a hipótesis de trabajo. Cada unidad de actuación planteará problemas peculiares y los caminos para llegar a su solución serán igualmente diversos.
Una ciudad antigua esconde tesoros de posibilidades, sorpresas que saltan removiendo entre sus decadentes muros. Esta ciudad puesta al día sería todo un lujo pero solo será posible con el concurso de todos sus ciudadanos, motivados en una tarea en que todos crean y que vivan ilusionadamente.


Antonio Viloria
Miembro del Foro Ciudadano de Zamora
Zamora, 2 de noviembre de 2007


 
 
 
Volver
Subir