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Con las obras en el
castillo de Zamora estamos redescubriendo la ciudad. No
cabe duda. La importancia de los hallazgos, todo lo que
va apareciendo bajo metros cúbicos de tierras, asombra.
Y confirma la excepcional fortaleza defensiva de esta plaza,
comprendiendo ahora mucho mejor, si cabe, aquello de "la
bien cercada".
La
campaña arqueológica está siendo rigurosa
e incisiva. Gracias al arrojo de quienes, técnicos
y políticos, han apostado sucesivas veces por nuevas
fases de excavación que desentrañen nuestro
pasado más lejano. ¡Enhorabuena!. No es exagerado,
pues, afirmar que estamos ante un momento histórico,
el de reescribir a ciencia cierta los orígenes remotos
de nuestra ciudad. En el castillo las sorpresas afloran.
Así, se adelantan las épocas de ocupación
a las Edades del Bronce y del Hierro. Aparece la primitiva
puerta de acceso al castillo, situada a una cota inferior
a la actual, escorada un poco más hacia el norte.
Pronto será abierta, y es probable que desde ella
se acceda a dependencias bajo el patio de armas. Suma y
sigue. Se ha descubierto también el arranque de un
cubo semicircular que daría protección a la
entrada al castillo desde el exterior del foso. En consecuencia,
el paso hacia el interior del castillo estaba defendido
por esta suerte de puerta fortificada. Las sorpresas no
terminan. Hacia la zona más septentrional de los
jardines, junto al foso, ha quedado al descubierto el extremo
de lo que sería una necrópolis, casi con absoluta
seguridad la correspondiente a la iglesia de Santa Colomba,
de ubicación exacta desconocida hasta la fecha. Pero,
atención, estamos ya en el parque, y parece que éste
no se va a tocar.
Hace
casi dos años me atrevía a plantear en esta
misma columna (28 de febrero de 2006, pg. 25) la oportunidad
y conveniencia de extender las excavaciones arqueológicas
del castillo a su contexto más inmediato: los jardines.
Por la documentación que conservamos sabemos con
seguridad que bajo este parque decimonónico se encuentran
importantes construcciones defensivas pertenecientes a la
fortaleza. La magnificencia de cuanto está sacando
a la luz la arqueología hace aventurar la extrema
importancia de lo que aún ocultan los jardines. No
sólo las construcciones defensivas exteriores al
foso de la fortaleza, sino también la propia iglesia
de Santa Colomba, cerca de un metro de Catedral enterrada
en su parte oeste y, lo que me parece más relevante
aún, el entramado urbano del caserío que configuraba
este sector de la Zamora antigua, indudable germen de la
evolución urbana de nuestra ciudad, aún hoy
prácticamente desconocido. Las sorpresas pueden ser
todavía mayores. El arquitecto Francisco Somoza,
responsable de la intervención en el castillo, apuesta
con insistencia por la necesidad de levantar los jardines,
también desde el punto de vista técnico, y
escrutar lo que esconden. No hacerlo, a pesar de su notable
coste económico, supondría amputar la fábrica
de la fortaleza que se extiende más allá del
foso, desestimar su contexto, obviar el germen urbano de
Zamora y, sobre todo, dar largas a algo que -sin ninguna
duda- tarde o temprano la ciudad acabará por acometer.
El protagonismo de este espacio es inseparable del castillo.
De hecho, se va confirmando la excepcional potencia defensiva
de nuestro castillo como uno de los extraordinariamente
inexpugnables comparativamente hablando. Es inexcusable,
pues, dar continuidad a las excavaciones en el parque del
castillo, donde todo lo que aparezca podrá ser estudiado,
y cuanto lo merezca se integrará en el conjunto del
castillo-Museo Baltasar Lobo. El museo, el castillo y la
ciudad saldrán ganando. Es momento de dejarnos sorprender.
Rafael
Ángel García
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