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Siguen
llegando cayucos a Canarias y otros muchos se quedan en
el camino. El número de muertos conocidos en bastante
menor de los que desconocemos. En las fotografías
que nos ofrecen los medios de comunicación, lo más
intenso que percibo son sus miradas. No veo sus cicatrices,
sus desgarros, sólo sus miradas de seres humanos
básicos. Esa mirada la hemos perdido los que vivimos
en el mundo desarrollado. Hay que buscarlas en otros países:
en África, en algunas zonas de Sudamérica,
en la India. En lugares donde no tienen nada pero que, como
todos nosotros, buscan un futuro para sus vidas. Son las
miradas del hombre en sus orígenes, donde aún
no se ha rodeado de cosas, de intereses, de objetivos, de
caprichos, de mercado.
Las miradas de los que vivimos, como ellos dicen, en el
primer mundo están turbias por la sospecha, la envidia,
la desconfianza, la hipocresía. Siempre estamos en
tensión por algo, siempre buscamos del otro algo
y eso turbia nuestra mirada. Para estos inmigrantes, tenemos
todo y sin embargo, a nosotros siempre nos sigue faltando
algo, siempre estamos insatisfechos. Hay días que
leyendo las noticias de lo que acontece en el mundo, tengo
la impresión de que los dioses están de vacaciones,
nos han dejado solos. En años recientes he visitado
Mozambique y la India, países muy pobres, el primero
con unos índices de SIDA altísimos. Esa mirada
que ahora veo en los periódicos y en la TV era su
mirada. Mirada siempre cariñosa, sonriente, algo
tímida con el blanco, pero franca y abierta. Reconozco
que a veces no entendía esas miradas, de ellos que
no tenían nada, que deberían estar indignados
por su situación, por la carencia de futuro, por
el saqueo al que fueron sometidos sus pueblos en la época
colonial. Comprendo que el problema de la inmigración
es complicado, que no se puede decir “abro las puertas
para todos” pero lo que no hay que olvidar, en situaciones
determinadas, es que debemos ser generosos con personas
que vienen de lugares sin futuro y que nos ven como la tierra
para construir el suyo. No olvidemos que hemos sido un país
de emigrantes, que gracias a ello, España pudo construir
una sociedad, en lo económico y social, mejor que
la que abandonaron en su día y que nos ha permitido
estar en el lugar que ahora tenemos.
La mirada, ese espejo de nosotros mismos, de nuestro interior,
es un reflejo de la persona. Cuando decimos de alguien que
tiene una mirada limpia, estamos diciendo que es un hombre
bueno. No olvidemos que todas estas personas que intentan
saltar todas las vallas que el hombre blanco, rico y occidental
pone por el mundo tienen esa mirada.
Antonio
Gallego
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