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Hace unos días,
en cartas al director del periódico El País,
un lector decía que la fiebre actual a salir de compras,
en estas fiestas especialmente, conocida en ingles como
shopping, debería llamarse sheeping, que en dicho
idioma significa borregismo. No le falta razón a
ese lector ya que con ello se describe un acto compulsivo,
ejercido por la mayoría y al dictado del consumo
y el mercado. Decía Mark Twain que “cada vez
que se encuentre usted del lado de la mayoría, es
tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. ¡Que
difícil es cumplir esta sentencia en estos tiempos
donde cada vez nos enseñan menos a pensar por nosotros
mismos!
Desde niño, recuerdo que me gustaban las Navidades
y sin llegar a los límites de deterioro y exageración
que existe en nuestros días, puede que de alguna
manera participase en ese circo. Ya hace tiempo que me alejé
totalmente de aquel recuerdo y ahora sólo busco el
momento, con alivio, de que se acaben. Define la Enciclopedia
Libre Wikipedia el consumismo como el término que
se utiliza para describir los efectos de igualar la felicidad
personal a la compra de bienes y servicios o al consumo
en general. Se resume en la frase Cuanto más consumo,
más feliz soy, tan usada por tantas firmas comerciales,
de forma directa o subliminal. Conviene no olvidar, especialmente
hoy que hay tantos ecologistas de pacotilla, que este consumo
desmedido de bienes y servicios en la sociedad contemporánea
impacta en los recursos naturales y en el equilibrio ecológico
de una manera seria. Prueba de esto es que si todo el planeta
tuviese los mismos hábitos de consumo que la sociedad
americana, necesitaríamos los recursos de dos planetas
más, iguales a la Tierra para sustentarlo.
Según un informe del Instituto Worldwatch, con sede
en los Estados Unidos "El mundo consume productos y
servicios a un ritmo insostenible, con resultados graves
para el bienestar de los pueblos y el planeta". La
misma organización señala que, mientras que
casi 3.000 millones de personas sobreviven con menos de
2 dólares diarios, más de 1.700 millones,
o sea más del 25% de la población mundial,
han adoptado un estilo de vida que en el pasado era exclusivo
de los ricos. Sin embargo, este apetito consumidor no sólo
está afectando a los más pobres, sino también
a los sectores de mayores recursos, según el estudio
"El estado del mundo en 2004", que cita que “los
mayores índices de obesidad y endeudamiento familiar,
la escasez crónica de tiempo y la degradación
ambiental son síntomas de un consumo excesivo que
reduce la calidad de vida de muchas personas".
Pero por aquí todos tan felices. Los Ayuntamientos
llenan de luces la ciudad, nuestras casas ponen a tope sus
calefacciones y las familias se sienten felices dentro de
sus propios egoísmos. A corto plazo, este comentario
mío no servirá de nada ya que casi todo el
mundo, en estos días de falsa felicidad, mira para
otro lado ante estos problemas. Lo importante es poder comprar
un teléfono móvil para su hija de cinco años,
un abrigo de piel auténtica para su maravillosa mujer
y poder demostrar a los falsos amigos, que en su casa sólo
se consume lo mejor y no falta de nada.
Antonio
Gallego
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