Una ciudad-objeto: La ciudad antigua (VI)
 
 

 

      En los anteriores artículos de este mismo título he pretendido hacer un recorrido que tuviese un contenido crítico, por zonas, que creo que son las que han tenido especial significado para la ciudad a lo largo de su historia. Son repasos de una lección que nunca acabamos de aprender y que nos advierte de cual sea nuestra verdadera condición, la de aprendices en el conocimiento de la ciudad. Con lo que, la tarea se ve condicionada por el riesgo de que los problemas expuestos no acaben de ser interpretados y, con ello, se dé lugar a falsas salidas que, en cualquier caso, evidencian la necesidad de ampliar su análisis. Esta lección sin fin que hacemos de la ciudad, nos está demandando que esta tarea se convierta en algo más que un ejercicio pirotécnico, sólo para ser leído con curiosidad por unos ciudadanos que no aspiran más que a ser meros testigos inoperantes. No vale ya para el futuro, que las interpretaciones de la ciudad sólo susciten comprensivas, pero superficiales adhesiones, que no se implican en su enriquecimiento teórico o en su aplicación en la práctica.
A la vista de las actuaciones que se prevén en estos artículos pasados, me asalta la idea de que nuestra ciudad antigua está, en realidad, en una situación expectante, pues aunque la atención pública está más pendiente de los mil problemas que suscita la nueva ciudad, que se extiende mas allá de las murallas, las perspectivas de cambio que se avecinan sobre la ciudad antigua se presentan cada vez, como más ineludibles, sólo falta que se haga más patente el desencanto por el espectáculo repetido que ofrece la nueva ciudad y de que se muestre con mayor evidencia; y por otra parte, estamos inmersos en la incertidumbre ante los hallazgos arqueológicos del Castillo, que seguramente impondrán cambios de estrategia en la solución para el futuro Museo proyectado por Moneo. UNA CIUDAD-OBJETO: LA CIUDAD ANTIGUA (VI)
Hay que añadir otro factor que es determinante del momento crucial que vive la ciudad antigua, el de su debilidad poblacional y de falta de actividades, que son ya perceptibles a primera vista. Esta falta de población y de actividades está potenciada por los conventos de clausura existentes en la zona. Dada la precariedad de medios de subsistencia y del número de monjas residentes, es previsible que se pueda llegar a convenios con el Obispado para el traslado de estas comunidades a lugares que están menos condicionados, que en su entorno actual. La combinación de los programas de las actuaciones expuestas, con las que resultan de los propios conventos, puede permitir la remodelación que necesita esta zona de la ciudad. Por una vez, la autoridad urbanística se adelantaría a los planes derivados del puro aprovechamiento inmobiliario y dirigiría un planeamiento, que sin cerrarse a las exigencias económicas que lo hiciesen viable, cumpliese con un modelo morfológico que fuese congruente con el que hoy día existe. Pero además que atendiese a los trazados de nuevas calles que permitirían nuevos espacios públicos, los equipamientos de barrio y, a nivel ciudad, para actividades como las de tipo turístico o cultural previstas. Todo ello permitiría una repoblación que sería la base del nuevo papel que asumiría la zona como tal barrio.
La ciudad antigua, al estar en una encrucijada, si quiere estar viva puede adaptarse a determinadas condiciones que le marcan desde el tiempo presente, sin renunciar a cualidades que le dan su propio sello. También nosotros, ciudadanos, vivimos la encrucijada del momento de la ciudad y corremos el riesgo de no haber sabido estar a la altura de las circunstancias, de no haber acertado en encontrar las vías para devolverla a una vida que estuviese a la altura de los tiempos. Puede que haya que esperar a que otros más lúcidos, o más hábiles, consigan llenar el hueco que esta generación no hemos sabido colmar.
Esta reflexión sobre la ciudad surge después de fijar nuestra atención en una fase de su historia no tan lejana que, con un ritmo desconocido hasta entonces, realizó el cambio más radical de la forma urbana de nuestra ciudad.
Tenemos la estampa de una Zamora, que a mitad del siglo XIX, decide introducir cambios tan importantes como para convertirse de villa medieval en una ciudad de corte europeo. Viviendas, equipamientos, espacios, formas constructivas, todo va a ser distinto porque sus ciudadanos van a ser otros; los comerciantes empezarán a vender en locales abiertos a la calle, aparecerán nuevos profesionales para resolver problemas de una sociedad más compleja, funcionarios de los múltiples departamentos del Estado que va extendiendo sus ramificaciones, etc. Todo se hace con el concurso de los ciudadanos nacidos en la vieja sociedad estamental, pero que no dudan en apuntarse al futuro y, así, son capaces de asociarse en sociedades mercantiles como hicieron para la promoción del nuevo Mercado.
Es hora de hacer frente a las tareas que suponen la remodelación de la ciudad antigua, en las zonas neurálgicas señaladas en los artículos precedentes. Hay que desarrollar esfuerzos continuados dentro de un programa para su desarrollo, con la coordinación de acciones, si se quiere llegar a los objetivos deseados.
Sería muy ilustrativo acercarse al proceso de cambio producido en ciudades de escasa entidad en el pasado, tales como Cuenca o Vitoria, para sentir todo el esfuerzo de organización y de recursos que han convertido a dichas ciudades en centros de interés urbanístico, cultural y que cuentan actualmente con una proyección internacional.
Todas las medidas proteccionistas nos han permitido conservar en buenas condiciones nuestra ciudad antigua. Pero tal fórmula habrá que irla sustituyendo por acciones positivas para que esta ciudad no se paralice y muera, detrás del artificio de sus muros restaurados.
Lejos deben quedar las medidas o promesas de tipo coyuntural, efectistas, que sirven solo para salvar, en la esgrima política, situaciones de nula trascendencia real.

ANTONIO VILORIA

Miembro del Foro Ciudadano de Zamora
Zamora, 24 de enero de 2008

 
 
 
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