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En los anteriores artículos
de este mismo título he pretendido hacer un recorrido
que tuviese un contenido crítico, por zonas, que
creo que son las que han tenido especial significado para
la ciudad a lo largo de su historia. Son repasos de una
lección que nunca acabamos de aprender y que nos
advierte de cual sea nuestra verdadera condición,
la de aprendices en el conocimiento de la ciudad. Con lo
que, la tarea se ve condicionada por el riesgo de que los
problemas expuestos no acaben de ser interpretados y, con
ello, se dé lugar a falsas salidas que, en cualquier
caso, evidencian la necesidad de ampliar su análisis.
Esta lección sin fin que hacemos de la ciudad, nos
está demandando que esta tarea se convierta en algo
más que un ejercicio pirotécnico, sólo
para ser leído con curiosidad por unos ciudadanos
que no aspiran más que a ser meros testigos inoperantes.
No vale ya para el futuro, que las interpretaciones de la
ciudad sólo susciten comprensivas, pero superficiales
adhesiones, que no se implican en su enriquecimiento teórico
o en su aplicación en la práctica.
A la vista de las actuaciones que se prevén en estos
artículos pasados, me asalta la idea de que nuestra
ciudad antigua está, en realidad, en una situación
expectante, pues aunque la atención pública
está más pendiente de los mil problemas que
suscita la nueva ciudad, que se extiende mas allá
de las murallas, las perspectivas de cambio que se avecinan
sobre la ciudad antigua se presentan cada vez, como más
ineludibles, sólo falta que se haga más patente
el desencanto por el espectáculo repetido que ofrece
la nueva ciudad y de que se muestre con mayor evidencia;
y por otra parte, estamos inmersos en la incertidumbre ante
los hallazgos arqueológicos del Castillo, que seguramente
impondrán cambios de estrategia en la solución
para el futuro Museo proyectado por Moneo. 
Hay que añadir otro factor que es determinante del
momento crucial que vive la ciudad antigua, el de su debilidad
poblacional y de falta de actividades, que son ya perceptibles
a primera vista. Esta falta de población y de actividades
está potenciada por los conventos de clausura existentes
en la zona. Dada la precariedad de medios de subsistencia
y del número de monjas residentes, es previsible
que se pueda llegar a convenios con el Obispado para el
traslado de estas comunidades a lugares que están
menos condicionados, que en su entorno actual. La combinación
de los programas de las actuaciones expuestas, con las que
resultan de los propios conventos, puede permitir la remodelación
que necesita esta zona de la ciudad. Por una vez, la autoridad
urbanística se adelantaría a los planes derivados
del puro aprovechamiento inmobiliario y dirigiría
un planeamiento, que sin cerrarse a las exigencias económicas
que lo hiciesen viable, cumpliese con un modelo morfológico
que fuese congruente con el que hoy día existe. Pero
además que atendiese a los trazados de nuevas calles
que permitirían nuevos espacios públicos,
los equipamientos de barrio y, a nivel ciudad, para actividades
como las de tipo turístico o cultural previstas.
Todo ello permitiría una repoblación que sería
la base del nuevo papel que asumiría la zona como
tal barrio.
La ciudad antigua, al estar en una encrucijada, si quiere
estar viva puede adaptarse a determinadas condiciones que
le marcan desde el tiempo presente, sin renunciar a cualidades
que le dan su propio sello. También nosotros, ciudadanos,
vivimos la encrucijada del momento de la ciudad y corremos
el riesgo de no haber sabido estar a la altura de las circunstancias,
de no haber acertado en encontrar las vías para devolverla
a una vida que estuviese a la altura de los tiempos. Puede
que haya que esperar a que otros más lúcidos,
o más hábiles, consigan llenar el hueco que
esta generación no hemos sabido colmar.
Esta reflexión sobre la ciudad surge después
de fijar nuestra atención en una fase de su historia
no tan lejana que, con un ritmo desconocido hasta entonces,
realizó el cambio más radical de la forma
urbana de nuestra ciudad.
Tenemos la estampa de una Zamora, que a mitad del siglo
XIX, decide introducir cambios tan importantes como para
convertirse de villa medieval en una ciudad de corte europeo.
Viviendas, equipamientos, espacios, formas constructivas,
todo va a ser distinto porque sus ciudadanos van a ser otros;
los comerciantes empezarán a vender en locales abiertos
a la calle, aparecerán nuevos profesionales para
resolver problemas de una sociedad más compleja,
funcionarios de los múltiples departamentos del Estado
que va extendiendo sus ramificaciones, etc. Todo se hace
con el concurso de los ciudadanos nacidos en la vieja sociedad
estamental, pero que no dudan en apuntarse al futuro y,
así, son capaces de asociarse en sociedades mercantiles
como hicieron para la promoción del nuevo Mercado.
Es hora de hacer frente a las tareas que suponen la remodelación
de la ciudad antigua, en las zonas neurálgicas señaladas
en los artículos precedentes. Hay que desarrollar
esfuerzos continuados dentro de un programa para su desarrollo,
con la coordinación de acciones, si se quiere llegar
a los objetivos deseados.
Sería muy ilustrativo acercarse al proceso de cambio
producido en ciudades de escasa entidad en el pasado, tales
como Cuenca o Vitoria, para sentir todo el esfuerzo de organización
y de recursos que han convertido a dichas ciudades en centros
de interés urbanístico, cultural y que cuentan
actualmente con una proyección internacional.
Todas las medidas proteccionistas nos han permitido conservar
en buenas condiciones nuestra ciudad antigua. Pero tal fórmula
habrá que irla sustituyendo por acciones positivas
para que esta ciudad no se paralice y muera, detrás
del artificio de sus muros restaurados.
Lejos deben quedar las medidas o promesas de tipo coyuntural,
efectistas, que sirven solo para salvar, en la esgrima política,
situaciones de nula trascendencia real.
ANTONIO VILORIA
Miembro
del Foro Ciudadano de Zamora
Zamora,
24 de enero de 2008
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