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Del repaso en los anteriores
artículos acerca de las zonas que podríamos
considerar neurálgicas del casco antiguo, es evidente
que las intervenciones que se sugieren para llevarlas a
cabo requieren de medios extraordinarios. Pues no se puede
pensar que ello sea posible a partir de las actuaciones
rutinarias con las licencias de obra en cada unidad constructiva.
Serían necesarias herramientas urbanísticas
más complejas para resolver los problemas que conlleva
toda renovación de estos antiguos tejidos urbanos.
Por eso se ha de acompañar de unos medios de gestión
que tengan carácter permanente, que elaborasen los
contenidos del documento definitivo del plan con autonomía,
recursos y poder político dentro del Ayuntamiento.
Unas herramientas adecuadas podrían ser planes especiales
que, en casos como los descritos, pueden tener un carácter
espacial discontinuo, que afecten a un solo propietario,
con distintas propiedades, con situaciones puntuales diferentes
y por la existencia de edificios con algún grado
de protección o de espacios libres, que pueden dar
origen al rescate de espacios públicos y también
como medio de concentrar edificación residencial
o equipamientos. Se parte de que, en la actualidad, casi
un 50% de la superficie del casco antiguo es propiedad de
la Iglesia, así que no es necesario subrayar que
todo paso para remodelar la zona debe contar con su acuerdo.
No hay que olvidar que las reformas de las ciudades españolas
durante los siglos XVIII y XIX, y con el franquismo, se
hizo a costa de las propiedades de la Iglesia. Y generalmente
de acuerdo con ella. Con los planes especiales, se daría
entrada a aspectos clásicos como la planimetría
de los nuevos trazados de calles, alumbrar y adjudicar nuevas
edificabilidades, espacios libres, equipamientos, etc.,
y encontrar los medios de obtener compensaciones para sus
propietarios. Solo así sería posible desbloquear
la situación actual, que bascula entre unos derechos
difíciles de cuantificar por parte de los propietarios
de patrimonio y, por otra parte, con la rígida normativa
conservacionista del Catálogo.
Otra problemática es la de la renovación del
tejido residencial en estas zonas antiguas que vinieron
a sustituir a los primeros tejidos medievales; lo deseable
sería que se conservasen las volumetrías existentes
y que, en todo caso, sirviesen como envolvente geométrica
del nuevo proyecto. También se evitará la
integración de solares contiguos con la misma finalidad
de guardar las escalas y defender las actuales dimensiones
de la intervención. Los espacios libres privados
no deberán arrojar edificabilidad, tal como se está
produciendo en la actualidad, lo que conlleva la introducción
de tipologías residenciales extrañas para
estos barrios antiguos. Otro caso sería si estos
espacios libres quedasen incluidos en un plan especial,
porque entonces su definición vendría dada
dentro de las condiciones marcadas por el propio plan.
No voy a dar lugar a la autocomplacencia local, aunque no
deje de ponderar los aspectos positivos que ha tenido la
defensa y conservación de nuestra ciudad antigua
en el Plan vigente. Aún siendo meritorios los resultados
alcanzados en las zonas remodeladas a finales del siglo
XIX, la zona más antigua, con casas de tipo popular
que sustituyeron a las originales medievales, acusan generalmente
un deterioro que llega a veces a ser una amenaza para la
integridad de unos edificios, que encima sufren del abandono
de sus actividades tradicionales.
El deterioro que sufre la cornisa del costado meridional
de la ciudad y que se asienta en paralelo con el río,
afecta a un caserío totalmente degradado y que desciende
hasta el mismo nivel que la inmediata carretera y el impudor
con que se presentan a la vista, en lo alto, sus gigantescas
medianeras, llega a unos extremos que no son los propios
de una ciudad europea.
Análogo desastre, desde el punto de vista paisajístico
y de decadencia de su edificación, es la puebla que
se extiende a los pies del flamante nuevo centro de interpretación
municipal. Bien se merecía este barrio que fuese
incluido en un plan de renovación integral.
Otro apartado que merece ser tratado es el referente a actuaciones
puntuales que se han caracterizado por el desequilibrio
que presentan respecto al entorno sobre el que se asientan.
Son pocas pero muy llamativas porque parece que, a diferencia
de otras actuaciones, en que la ciudad termina por integrar
las diferencias, aquí siguen mostrando su naturaleza
extraña. Para citar uno de los casos, tomemos el
edificio de Hacienda, del cual no se entiende como se puede
obtener tal volumetría sino a partir del cómputo
de toda la superficie del solar resultante de la demolición
de un palacio y de una iglesia, incluso patios y concentrando
toda la edificación al fondo del solar. El resultado
está a la vista. Pasados veinte años se ha
tenido que proveer a la plaza de una marquesina que amortiguase
los efectos del volumen edificado, que sigue siendo ajeno
a la ciudad.
Todos estos ejemplos no hubiesen sido posibles si se hubiese
contado con una cultura de la ciudad, asumida por la población,
sensibilizada y conocedora de la realidad urbanística
en su momento. O también, tener la suerte de contar
con personajes que han actuado como guardianes de los valores
históricos y culturales de sus ciudades, lo que ha
supuesto para ellos, en ocasiones, asumir una tarea heroica
como en Toro, Arévalo y Segovia.
Hay otro aspecto negativo del urbanismo practicado en la
ciudad vieja; y es la casi total falta de protección
paisajística a que se ha llegado en los últimos
años. Ciudades de características análogas
a la nuestra, tales como Segovia, Ávila, Cuenca,
aparecen integradas en un escenario de naturaleza que les
es propia y que completan formas trabajadas lentamente por
las sucesivas generaciones de sus moradores. Tanto si te
aproximas desde las afueras a la ciudad, bloques desmesurados
parecen esperarte, guardianes inexpresivos y bárbaros
levantados ante las murallas y dispuestos a lanzarse al
asalto a la vieja ciudad. O bien, si te asomabas desde cualquier
mirador desde la ciudad, puesto antiguo y solaz de la vista
en el horizonte, ahora se te enreda y confunde la mirada,
una vez perdidas en el barullo las antiguas huertas, entre
bloques de toda suerte y condición, grúas,
cables, escombros, invasores de una naturaleza que hoy vemos
derrotada, antes de recibir la capa de cemento que la enterrará
para siempre.
Todas estas llamadas a un nuevo orden para nuestra ciudad,
arrancan de la creencia en un modelo de ciudad que pueda
desarrollar sus posibilidades como acogida turística
y convertirse en sede de actividades culturales con importante
proyección social, tal como se producen en las citadas
ciudades.
Algunos somos de una generación que tuvimos la dicha
de nacer y crecer en esta ciudad y, tal como nos trasmitieron
nuestros antepasados, siempre la tuvimos como nuestra y
así actuábamos de niños cuando corríamos
por sus calles y por los escarpes de sus murallas; tal vez
los únicos que cuestionaban nuestro dominio eran
los llamados ”municipales”, que nos corrían
arrastrando el sable por el suelo. A pesar del poder municipal,
siempre nos pareció que la ciudad era un don que
nos era debido y que teníamos sobre ella todos los
derechos por tal herencia.
Hijos de esta ciudad y ahora, vueltos de cara a nuestros
hijos ¿Qué hemos hecho con esta herencia?
¿Qué sentimos, viendo lo que les vamos a trasmitir?
¿Es que hemos sido tan incapaces o tan insensibles
o tan malignos?
ANTONIO VILORIA
Miembro
del Foro Ciudadano de Zamora
Zamora,
29 de enero de 2008
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