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Leo este mismo titular
en la sección deportiva de este periódico
y salto asombrado en mi asiento ante la natural repercusión
que veo que han tenido los recientes descubrimientos arqueológicos
en el Castillo y de qué modo pueden llegar a influir
en el brío de los deportistas locales. Pero se trataba
de otra épica.
Devuelto a la prosaica realidad, disfruto recordando las
imágenes que tuve la oportunidad de ver en una reciente
visita a las obras del Castillo. No pude evitar sentir cierto
ardor guerrero y ahora me he puesto a hacer memoria de las
poesías de tipo heroico que todavía recuerdo
del bachillerato, tales como ”oigo patria tu aflicción”
“campos de soledad, triste collado”” ”traidores
y fementidos sois todos los zamoranos”, etc. Así
que siento renovado el espíritu épico que
yo creía ya recluido en los libros de poesía
antigua del bachillerato o en los comics de Roberto Alcázar.
Esta vez, el asalto a la épica ha tenido más
visos de realidad que el vivido a través de los libros
porque, una vez traspasados los inexpresivos muros de la
fortificación del Castillo, te quedas asombrado con
las dimensiones y la fortaleza de los muros que te rodean
y que llegan a abrumarte ¿Cómo estos desnudos
muros, perdido todo rastro ornamental y distante de todo
refinamiento, ofrecen esta presencia bélica, intemporal
que nos traslada a épocas míticas de antiguas
y anteriores civilizaciones, como las que ya fueron descritas
en las gestas homéricas?
Estos espacios aparecen plenos de silencio, inertes, espesos,
exhaustos después de tanto fragor de batallas, que
intimidan, trasmitiéndonos un eco que nos llega a
través de los siglos y que llega a paralizarnos.
Estamos instalados en un tiempo heroico en donde la fantasía
y lo sagrado contrastan con la frágil realidad del
acontecer diario de los humanos, que vivimos en otros tiempos
más grises.
La Historia ha sido cruel con este Monumento pues, aparte
de su valor como pieza bélica, de avanzada sobre
el horizonte, se le ha condenado a un papel de reliquia
que nunca ha merecido particular atención. Así
que una vez que se perdieron las originales trazas arquitectónicas
que reafirmaban esencia y presencia dentro del elenco monumental
de la ciudad, sus devaluadas formas vienen a servir de mero
papel, de complemento geográfico de las peñas
sobre las que se asienta la ciudad.
En la pugna entre el poder civil y el eclesiástico
sobre la ciudad, este último luchaba por imponer
su primacía y para ello se encarga la construcción
de la poderosa torre del Salvador, anexa a la Catedral,
aún contando con que los moros en aquella época
se encontraban ya alejados y no amenazaban la ciudad, pues
se encontraban en situación complicada por el asedio
a que estaban sometidos por el rey Fernando III en el cerco
de Sevilla.
En la pugna entre los poderes civil y eclesiástico,
nuestro Castillo, ante la poderosa torre, demostró
la inferioridad de sus estructuras (su perfil, según
los dibujos, tienen un cierto aire cortesano, nada bélico)
y le arrastró a una decadencia que remató
con su ocupación el ejército francés
en la Guerra de la Independencia.
Con las previsiones actuales que contemplan la construcción
del Museo de Baltasar Lobo se va a poder hacer realidad
la revitalización del Castillo. Será un nuevo
espacio para la Cultura y de proyección de cara a
la ciudad. Con ello volvería a formar parte como
elemento primario, alineado con los monumentos que caracterizan
la arquitectura de la ciudad. Y sería primordial
que se convirtiese en un elemento de referencia visual,
dentro del escenario urbano, como ha sido práctica
habitual para la configuración de estas ciudades
amuralladas de Occidente y que para los que hemos nacido
y crecido en ellas, nos ha permitido fijar en nuestra memoria
el escenario urbano tras el recuento de torres, observatorios
y campanarios que marcaban las trazas de nuestra ciudad.
Este elemento de referencia espacial que descollaría
sobre fortificaciones, tapias y cerrados de carácter
jerárquico inferior, vendría a rubricar la
recuperada condición monumental con el nuevo significado
de cultura y de superior rango, sobre el tablero informe
de calles y tejados que compone el caserío.
De la rememoración de los episodios bélicos
medievales y, como contraste, la nueva arquitectura vendría
investida en son de paz y se erigiría como heraldo
de proyección cultural en la ciudad. Y, finalmente
¿qué hacer con los espacios que envuelven
al núcleo fortificado, detrás de los imponentes
muros que se elevan desafiantes al exterior? Pues deberían
convertirse en la prolongación de los espacios públicos
de la ciudad, los mas altamente considerados y dispuestos
para servir de marco y usos propios para la fiesta y el
encuentro de los ciudadanos en las fechas que la ciudad
guarda entre sus costumbres.
Queda otro espacio en el Castillo de distinto carácter,
pero que tiene una clara definición arquitectónica,
y es el amplio patio, cerrado por arcadas, del siglo XVIII
que tiene un carácter totalmente diferente al de
la fortificación y que es susceptible para poder
ser integrado, a partir de sus formas arquitectónicas
reconocibles, a usos como los propios del Museo.
Todo ello es una tarea compleja que, sin duda, los arquitectos
sabrán resolver con toda brillantez.
ANTONIO VILORIA
Miembro
del Foro Ciudadano de Zamora
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