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Acaban las obras en
San Torcuato. Parece. Sin embargo, con ello no queda zanjado
el debate sobre su peatonalización, más abierto,
si cabe, con la noticia de la construcción de dos
aparcamientos en la Avenida de las Tres Cruces y la Plaza
del Cuartel Viejo.
Tras doce meses de obras la calle está a pleno servicio,
rebosando novedad. Pero con borrones de bulto. Planificada
en conjunto y continuidad con Santa Clara, resultan incomprensibles
muchos elementos que hacen saltar radicalmente por los aires
ese criterio de unidad. Resulta incomprensible que se hayan
instalado farolas de pie, cuando Santa Clara las sitúa
en las fachadas de los inmuebles. (Por cierto, ¿qué
hacen aún las antiguas farolas de polígono
industrial en Santa Clara, ya sin uso?) Más incomprensible
aún resulta que se haya optado por el modelo pseudorrománico,
que ni por asomo pega con las tipologías edificatorias
de esta calle (San Torcuato no tiene nada de románico
ni de medieval), y en total y absoluta disonancia con las
farolas de línea moderna del entorno de Santa Clara
–Calle Benavente y Plaza Fernández Duro-. Es
espeluznante que las farolas hayan quedado hasta 7 centímetros
en el aire y que la solución chapucera haya sido
rellenar el hueco entre su base y el suelo con cemento.
Para eso podríamos haberle puesto pedestal, como
en Oviedo. Es incomprensible la falta de unidad
en el pavimento, puesto que toda la obra opta por el adoquín
o losa de granito, ¿qué pinta la calzada de
San Andrés en adoquín de hormigón?
Y resulta absolutamente incomprensible lo de la Plaza del
Maestro. Se levanta la mitad sureste, se estudian los restos
de la necrópolis de la románica San Torcuato
y su ábside, y se tapa todo. Se para la obra casi
un mes. No se levanta el resto de plaza –privándonos
de conocer y estudiar la nave y el resto de la iglesia-
y se reanuda la obra a toda prisa para acabar de inmediato.
Por último, maltratamos la Plaza Sagasta. Ésta
es, sin ninguna duda, uno de los tres espacios urbanos más
singulares de nuestra ciudad, por su propia configuración
urbana, por su historia y por sus edificios. Para premiarla,
en vez de crear un espacio urbano abierto y sin obstáculos
–una plaza-, lo hemos amueblado como la confluencia
de dos calles que se cortan a cuchillo. Farolas en todo
el medio, papeleras en todo el medio, bancos en todo el
medio de la confluencia con la Calle Viriato, como invitando
a no pasar. Y por supuesto cada cosa de un padre: farolas
pseudorrománicas de carácter antiguo en fundición,
papeleras de línea moderna en metal galvanizado,
bancos que no tienen nada que ver con los de Santa Clara
o Maestro Haedo. Por cierto, las papeleras de San Torcuato,
las de las abrazaderas, son un auténtico insulto.
En resumen, la joya de la Plaza Sagasta convertida en cajón
de sastre.
Estos sellos de calidad de la ejecución material
de San Torcuato, lamentables, no consiguen mermar el acierto
de una calle sin coches. Hoy San Torcuato aparece repleta
de gente como nunca antes lo estuvo. Da gusto. Quizá
los comerciantes de Santa Clara recelan de ello pensando
que se quedan sin ventas. Pero resulta que un casco histórico
y sus calles no son de sus comerciantes, ni siquiera de
sus propios vecinos en exclusiva. Son de la ciudad en su
conjunto, y las actuaciones que en ellas se lleven a cabo
deben responder a planes trazados y bien concebidos de antemano,
respondiendo al modelo de ciudad que se pretende conseguir,
no sometido, y digo sometido, a los intereses de los comerciantes.
Pero tampoco a la improvisación municipal que debería
tener claro si peatonal o no antes de ejecutar la obra.
(¿Qué pintarán las luces empotradas
en el pavimento si finalmente no circulan coches?) Un ayuntamiento
debería tener las cosas más claras y ser rotundo
en cuestiones de tal calado.
Viajen, por favor. Y una vez allí, observen, observen
con detenimiento, afinando sobre todo el buen gusto. Todas
las ciudades llevan años apostando por peatonalizar
sus cascos antiguos, como medida de rehabilitación
tanto urbana como de sus más significativos inmuebles,
como aliciente del turismo y como clave para un comercio
de calidad. Orense, León, Valencia, Vitoria, Logroño,
Oviedo… Los resultados son óptimos. Ciertamente
nuestro casco antiguo es peculiar, porque no es el centro
de la ciudad, desplazado hacia el este. Pero sí lo
es nuestro casco histórico, corazón de la
ciudad y centro comercial por excelencia. Podemos seguir
con nuestra mentalidad provinciana mientras el resto del
mundo opta de modo prioritario por recuperar metros para
el peatón en detrimento de los coches. Podemos seguir
sin plantearnos en serio ni llevar a cabo qué modelo
de ciudad racional, habitable, con gusto y hermoso queremos.
Rafael Ángel García
Miembro
del Foro Ciudadano de Zamora
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