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En una serie de artículos me he ocupado del derroche con que la ciudad ha dilapidado los espacios disponibles que la antigua ciudad del XIX había legado, pues todos pertenecían a instituciones públicas y, aún así, quedaron automáticamente convertidas en materia edificable. A diferencia de lo que ocurrió en otras ciudades, aquí hemos llegado al actual grado de saturación del tejido residencial. Y como síntoma, ¿no es patético ver amontonados los juegos infantiles delante de las mismas puertas de la Delegación de Hacienda? El espacio, ese gran lujo necesario para todos y en especial para los niños.
Pero este comportamiento derrochador con respecto al mal uso del espacio libre es ya una constante en la historia de la ciudad, pues tenemos que en el pasado reciente hemos visto en lo que ha venido a convertirse La Vaguada, que de haber podido ser el parque central de la ciudad, que articulase las dos mitades de ciudad, la del trabajo y la burguesa con los equipamientos sociales y culturales mas representativos, ha venido a ser un espacio vertedero, sin forma pues en él se han acogido las actividades residuales más diversas y que han ido a parar allí, a merced de las circunstancias que marcaba cada momento. Un despilfarro de distinto carácter es el que se va a producir, sin remedio posible, en la zona de la ciudad del mas importante carácter ambiental con que contamos y que es la franja de suelo que va desde la Peña de Francia hasta La Aldehuela. Allí se va a insistir en el acostumbrado esquema de aprovechamiento: en cada parcela se marcan sus tipos de edificación, cada promotor hace lo suyo, la ciudad es sólo el resultado que sale de este ”revolutum”. Otro caso lamentable es el resultado del planeamiento, tal como se produjo en el solar de las Huertas de Puerta Nueva, en el que gigantescos bloques han hurtado todo protagonismo a las antiguas murallas.
O sea, que esta forma de hacer ciudad ya es histórica y además cuenta con amplia aceptación, pues ¿qué político, qué comisión ha levantado la voz? Yo entiendo que a la mayor parte de los ciudadanos les resulte difícil entender muchas decisiones que se toman en el planeamiento y que cuando se tiene conciencia del error, es cuando ya está todo terminado.
Lo que estoy pretendiendo con esta serie de artículos es exponer lo que ya forma parte de una cultura (bastante torpe) de hacer ciudad y que sistemáticamente contribuye a desfigurar las formas urbanas que nos habían trasmitido nuestros antepasados. Ciudades con un desarrollo económico importante como Vitoria, Vigo o Santiago han asumido los cambios necesarios para ponerse a tono con las necesidades actuales, sin atentar a su paisaje urbano.
Es hora de cambiar esta cultura fatídica que inexorablemente cercena toda mejora sustancial de nuestra ciudad. Ahora se encuentra a nuestro alcance la última joya de la corona que nos queda y que también podemos malgastar. Y, ¿cuál es esta joya que probablemente no sabemos siquiera que existe? Pues las estancias de carácter monumental que se han descubierto en el Castillo y que vienen a ser la expresión más pura y elocuente de un espacio público. Llega tan oportuno regalo cuando, precisamente todos percibimos las penurias a las que hemos llegado ¿Y cuáles son las amenazas que se ciernen sobre estos espacios? Pues unos proyectos en marcha que nunca deberán tener un papel protagonista, pues este espacio deberá ser como el astro alrededor del cual deberán girar las demás actividades con marcado significado ciudadano: un museo, actividades de acogida turística, de convivencia para el barrio y un etc. largísimo. Se ha comenzado mal porque han tomado la delantera actividades que no deberían marcar la organización del resto de ellas. El Castillo se debe convertir en el espacio esencial y generador de otros espacios en continuidad, que vendrán a cumplir el papel que obligadamente cumple una gran plaza y que hasta ahora no hemos sido capaces de conseguir dentro del conjunto de nuestra ciudad.
Esta actuación vendría a ser como la recreación del primitivo centro urbano medieval, con la facultad de convertirse en el dinamizador de los barrios más antiguos de la ciudad. Y espacio del más acabado valor simbólico para todo su conjunto.
Ante todo, experimento un anhelo constante para que no vuelva a repetirse la vieja y triste historia, en que esta ciudad dé otro paso más hacia lo gris que no cesa y nos borra los rasgos de identidad que todavía podemos reconocer en ella.
ANTONIO VILORIA
Miembro del Foro Ciudadano de Zamora
Zamora, 28 de abril de 2008
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