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Buenos días. Hace algunos martes traje una palabra para demostrar cómo las lenguas nos hermanan y la necesidad de que las culturas se reconozcan dentro de una lengua común: la necesidad de amistarse. Hoy se habla de la importancia del bilingüismo, pero como en todo hay intereses y ni se imaginan los millones que se ahorra el mundo anglosajón imponiendo el inglés. Creo que hay que defender también las lenguas hermanas al castellano, las lenguas romances. Hermanas serían del castellano, el francés, el catalán…entre otras, y quizá así también se las podía descargar de las connotaciones negativas que alimentan los fundamentalismos. Pues bien, a propósito de todo esto traje al martes la palabra “bermeja”, palabra muy zamorana que está en nuestra bandera y que como quedó demostrado en su día procede de la palabra catalana “vermell” (a su vez del latín vermículus).
Hoy traigo la palabra “chuleta” o “chuletón” no para importarla como la anterior sino para exportarla. La historia me llega a propósito de una disputa que tienen en el País Vasco sobre una de sus señas de identidad: el Txuletón a la brasa. Guipuzcoanos de Tolosa y vizcaínos de Berriz discuten sobre cuál de las dos villas es la “madre” del chuletón. Y vencen en la disputa los bilbainos… gracias a Zamora.
Parece ser que, a falta de ganado mayor en Vizcaya, una ordenanza de 1741 permite la entrada de 500 reses anuales provenientes del Reino de Castilla. Y, maravilla del lenguaje, el nombre que se le da en Bilbao a esta excelente tajada es “Villagodio” en honor, o guasa veremos luego, al VI Marqués de Villagodio, noble mozo de Coreses, descendiente del marquesado que en el XVIII, tras la desamortización a jesuitas, reflota en la Villa. Así pues no puede ser más zamorano el origen del gusto por la carne en las parrillas del norte.
Y fue de la siguiente manera. D. José Echevarría y Bengoa, Marqués de Villagodio, alimentaba una ganadería de poca casta en los terrenos zamoranos (desde ellos sirve toros, por ejemplo, al debut de Rafael “El Gallo” en Pamplona acompañado por Manolete). A este hombre, para darle gloria a su empresa ganadera, se le ocurre pagar de su bolsillo una plaza de toros mudéjar en Indauchu (Bilbao) para 8.000 personas. El 15 de agosto de 1909 los diestros Ostioncito, Recajo y Reverte II se hacen cargo de la faena pero un chaparrón desluce inauguración y ganado. No obstante un pintor con hechuras de picador, Francisco Iturrino, compañero de exposición de Picaso en Francia, desea pintar al aire libre el ganado bravo y solicita estancia en la finca de Coreses; acaso sordo por el fracaso, el marqués le ignora. Irritado el pintor, a partir de ese momento, cada vez que pide una chuleta en un restaurante pide “un Villagodio, esa carne de la ganadería del marqués que sólo, de puro manso, en la plaza del plato merece torearse”. Tal gracia hizo y tan popular se hizo que se generaliza y, a todo Txuletón, se le llama desde entonces “Villagodio” para escarnio del marqués pero para gloria del idioma castellano que, de la mano zamorana, pone una palabra nuestra entre aquellos norteños.
Todo esto ha podido demostrar que en Bilbao se comían chuletones de buey antes que en cualquier otro sitio del País Vasco. Pero demuestra también que la lengua traspasa fronteras y paladares y que nunca hay que hacerle ascos a las palabras viejas vengan de donde vengan, siempre que se queden a vivir con honradez entre nosotros. Cuando vuelva a toparme con otra ya les cuento. Lean por favor todo lo que puedan hasta el martes que viene. Buena gera.
Fernando Martos.
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