Divismo en los fogones
 
 

 

      Cuando el pasado día 13 de mayo escuché la noticia de que un cocinero famoso había sido premiado por la publicación de un libro de ensayo, no de recetas, y que, al recibir el premio de manos del Ministro de Cultura, había hecho un discurso polémico, con mención especial a la alta cocina, a la cocina pretenciosa, a la cocina espectáculo... Vi como se me escapaba un taco y un “¡ya era hora!” Supe entonces que se trataba de Santi Santamaría, dueño y señor de 'El Racó de Can Fabes' de Sant Celoni y de varios restaurantes más —seis estrellas Michelín en total—

Pensé que alguien, por razones para mi desconocidas, había roto el silencio y, al fin, se rebelaba contra esta forma cultural de “fogones para paladares exquisitos” —¿o exclusivos?—. Día a día fueron cayendo informaciones de todas partes; entrevistas, tertulias, reacciones diversas, y 800 firmas defensivas —¿o agresivas?— de los colegas ofendidos; una inmensa polémica... El día 30 nos vimos sorprendidos por la portada de ‘El Periódico de Catalunya’, en su mejor línea guerrillera, con un ataque frontal a la credibilidad del autor. En primera página un texto —solitario, sin ninguna otra información, ni siquiera fotográfica; con diseño a modo de gran portada de dossier— de una receta del autor del libro en la que resalta el uso de dos aditivos industriales. Como denuncia está bien. Como ataque es furibundo. Además ¡editorial y tres páginas completas! con el mismo objetivo. ¡Carajo! Algo hay que duele, me dije. Luego uno descubre que en la fiesta organizada por dicho periódico para su proclamación del “Català de l’Any” estuvieron cocinando todas “las estrellas” menos Santi Santamaría. ¡Ah! Se trata de eso..., pero alguna cosa más ha de haber detrás. Finalmente descubro que hay algo de sentimiento de “ofensa patria”. En titulares, en comentarios y en frases diversas aparece el daño que Santamaría está haciendo a la cocina catalana y española. ¡Acabáramos! Sin embargo, yo lo pongo en duda y creo que, o pinchamos nosotros la burbuja y racionalizamos el quehacer culinario, o acabarán pinchándola desde fuera y despreciándonos por petulantes.

En cualquier caso lo más interesante de este asunto es que alguien, por fin, ha dado un meneo al juguete. Y resulta ser uno de ellos; por cierto que no es la la primera vez: “Somos una pandilla de farsantes.Trabajamos por el dinero alimentando a ricos y a esnobs”, dijo ahora hace un año.

Algo más: los aditivos. Se argumenta que no se va a esos lugares a comer —quienes van— todos los días y por lo tanto no hay riesgos, porque no hay consumo repetido. Sin embargo, las nuevas técnicas se extienden con el éxito y con la proliferación de escuelas de cocina que, desde hace años, son destino de muchos jóvenes. Eso que es lo más positivo, es también la causa de que no nos libremos de los aditivos comiendo en restaurantes normales.

¿Tomar partido, para qué? Es mejor aprovechar la polémica para un debate positivo, sin miedo a las evidencias. La cultura de lo exclusivo puede llevar lejos... hasta despeñarse. Sólo quienes necesitan sentirse “entre los elegidos” —y eso, tristemente, ya le va ocurriendo a mucha gente de raíz sencilla— vive aspirando a esta especie de Olimpo de los sibaritas. Claro que “las minorías selectas” se diferencian así, lo necesitan para sentirse bien. Ahora que hay una mayoría que disfruta de los bienes que hace años sólo ellos disfrutaban, necesitan epatar con las vivencias de que hablan: de las comidas a los cruceros, pasando por todo lo que sea  consumo e alto nivel... ¡Cuánta gente sencilla está atrapada en esos anhelos! Así que poco a poco nos arrastran a todos a una cultura de lo esnob, de lo exclusivo, de lo que asemeja a lo que sólo pueden alcanzar algunos.

Y el complemento..., platos romboidales, triangulares, alabeados...; ensaladas perdidas en el centro de un desierto... En definitiva cocina de enormes platos, contenido escaso y precios más en consonancia con la vajilla que con su contenido. Una evolución cultural de la forma de ver la cocina que, por deslumbrante, se imagina placentera y, a veces —únicamente a veces, menos mal—, sólo es, eso, pretenciosa.

Santiago Fernández (Barcelona)
Miembro del Foro Ciudadano de Zamora


 
 
 
 
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