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Ponente: José Navarro Talegón. Historiador del Arte y del Patrimonio
El antiguo casco histórico de Zamora acoge un patrimonio cultural muy variado, con expresiones urbanísticas, arquitectónicas y artísticas mucho más diversas que las que suelen imaginar los visitantes que se acercan a esta ciudad mediatizados por la imagen tópica e irreal de la Zamora románica. Nuestra ciudad, como cualquier otra, es un ser en continuo proceso de conformación, una creación histórica por definición inacabada, de naturaleza orgánica, que se nutre de posos de todos los tiempos.
Su peculiar fisonomía no es, pues, sólo románica, ni gótica, ni barroca; es un efecto colectivo complejo, configurado por múltiples legados sobrepuestos de distinto valor y más o menos significativos, aportados por los moradores de sucesivas generaciones.
Para confirmarlo baste aludir a la secuencia de los espacios urbanos de más bulto que jalonan el eje vertebrador de la vieja Zamora. El dilatado parque de Mola, inconcebible en una ciudad "románica", es el efecto postrero de las demoliciones que por razones militares efectuaron los soldados de Napoleón a comienzos del XIX en la zona más arcaica del caserío, donde, como saben Vdes., la edificación estuvo tan concentrada, que en 1135 Alfonso VII, ante la dificultad de ampliar el sitio destinado a la nueva catedral, optó por el traslado -no consumado- de la misma al templo de santo Tomé. La plaza de san Ildefonso coincide con el espacio abierto ante una puerta del primer recinto amurallado de la Zamora heroica, la que comunicaba con la vía de la Plata. La del Conde de Alba es una aportación del urbanismo renacentista: la promovieron los Enríquez, condes de Alba de Aliste, secundando al famoso tratadista Serlio, para realzar su augusta mansión y distanciarla del modesto caserío circundante. Aprovecharon la crisis global que afectó a Zamora en la segunda mitad del siglo XVI para comprar casas y derribarlas; y culminó aquel empeño privado con la implantación del hospital de la Encarnación, la fundación de los Moran Pereira, en el primer tercio del siglo XVII. La Plaza Mayor es otro ámbito de origen medieval, abierto ante la puerta principal del segundo recinto fortificado con usos comerciales, lúdicos..., a los que se agregarán los político-administrativos tras la construcción del Ayuntamiento en días de los Reyes Católicos, como tantos otros, lo que contribuyó a su configuración definitiva. Pero no olvidemos que su cara septentrional, las casas porticadas de la acera de Pañeros, datan de anteayer, fueron proyectadas en 1882 por don Segundo Vitoria.
Un reconocimiento atento y cabal de esos legados generacionales dispares acredita que los rasgos más descollantes del rostro de la vieja Zamora son todavía hoy aportes románicos de los siglos XI, XII y XIII, el período más vigoroso del pasado histórico de nuestra ciudad.
Lo más granado de aquella espléndida herencia románica comprende una veintena de templos erigidos entonces, un gran puente -por desgracia renovado- sobre el Duero, el castillo, cargado de autenticidad y magnificado tras los destapes de las recientes excavaciones, muchos tramos de las murallas famosas y una red viaria muy sugerente, que, de acuerdo con la ley de pervivencia del plano, ha llegado a nuestros días sin alteraciones esenciales, aunque con retoques comprensibles, los derivados del uso. Pese a la suprema entidad de la impronta románica, no podemos simplificar la trayectoria de nuestra ciudad, reduciéndola a tan esplendorosa etapa medieval. En la imagen de Zamora también ha incidido el sustrato anterior, que las excavaciones arqueológicas van identificando, y, por supuesto, las actuaciones posteriores, hasta las de nuestros días, que serán más o menos meritorias, dependiendo del pulso de cada tiempo histórico, pero siempre significativas y determinantes de la fisonomía, del ser de Zamora. La identidad de nuestra ciudad y de cualquier otra es producto de su proceso vital, un proceso dilatado, que comienza con la fundación y se prolonga mientras la ciudad subsista. Por ello, implican riesgos gravísimos las pretensiones simplistas de aislar determinadas formas y soluciones constructivas como típicas o propias de un lugar, o de proponer ciertas tipologías para mantener la identidad histórica de un conjunto en aras del culto a lo "tradicional". Tan pretenciosas y superficiales recetas con frecuencia han fomentado auténticas aberraciones arquitectónicas y urbanísticas, pastiches insubstanciales, deplorables falsedades históricas, ambientes uniformes e inauténticos. En la plaza de los Ciento tenemos una muestra reveladora.
Si algo no debería tener cabida dentro de un centro monumental es el mimetismo o el remedo puntual de las tipologías preexistentes, porque los centros históricos de las ciudades nunca se han hecho con reproducciones, imponiendo criterios conservacionistas y apelando a supuestos ejemplos tradicionales. Todo lo contrario: las ciudades históricas, por definición, han incorporado y asumido las soluciones arquitectónicas propias de cada tiempo. Las expresiones del románico, incluso las mejores, las geniales, como nuestra catedral, no han llegado a nosotros intactas, a veces han sido total o parcialmente suplantadas; en otras ocasiones, como es el caso de la catedral misma o de San Ildefonso, han incorporado aportaciones desiguales de los estilos o comentes estéticas sucesivas: del gótico, renacimiento, manierismo, barroco.... La apertura a la modernidad, la incorporación de ésta a la ciudad histórica es una constante de la misma. Las ciudades históricas más valoradas son aquellas que han incorporado a lo largo de su lento devenir muestras más numerosas y valientes de modernidad; las que cuentan con monumentos más singulares, y la singularidad a un monumento o a un espacio urbano le sobreviene, ante todo, de su originalidad y de la significación que entraña como expresión de su época y de la sociedad que lo promovió.
Ninguna ciudad -tampoco la nuestra- puede cerrarse en banda y negarse a incorporar legados actuales, representativos del presente, porque ello la mutilaría gravemente o incluso la desnaturalizaría: la haría perder su natural esencia histórica para reducirla a la mera condición de reliquia o, lo que es peor, de falso exponente del pasado, falso en cuanto que el pasado de una ciudad o de un monumento no es concebible desvinculado del presente.
La permeabilidad, la capacidad de asimilar novedades no es sólo una nota adjetiva sino un ingrediente substancial, un constituyente de la ciudad histórica, que la define.
¿Esta apertura a la modernidad y el consiguiente proceso de renovación de la ciudad histórica, que es por tanto, no lo olvidemos, una realidad imitante, son compatibles con la tutela y salvaguarda de ciertos valores perdurables dentro de la misma, los materializados en sus expresiones arquitectónicas y urbanísticas más significativas? Por supuesto, es imprescindible compatibilizar y armonizar innovación y conservación. Ello originará tensiones ineludibles que se suscitarán con frecuencia al intentar perfilar el alcance de una y otra actuación; habrá que asumir las disensiones como naturales, como inherentes a la gestión urbanística.
Los tiempos contemporáneos en Zamora y en otros partes de nuestro entorno han arrasado sin justificación suficiente demasiadas obras singulares y representativas del pasado a cambio de nada, o de suplantarlas por vulgaridades o por volúmenes distorsionantes e inasimilables por excesivos. De tan desconsideradas actuaciones ha derivado una firme reacción opuesta, todavía hoy en alza, que tiende a hipostasiar la ciudad, que puede llegar a incurrir en el exceso de sacralizar todo legado antiguo, aun lo irrelevante, dificultando el paso a expresiones recomendables de la modernidad. No es éste el caso de Zamora, donde se han hecho rehabilitaciones tan ejemplares como las del Claudio Moyano, la Albóndiga o el convento de sanjuanistas de la Horta, y donde, desde mi modesto punto de vista, se han incorporado no pocas promociones singulares representativas de nuestro tiempo, como la sede del Alfonso Enriques, el Museo Provincial, el Etnográfico, el Centro Municipal de Interpretación Medieval de la Ciudad, más el Consejo Consultivo en construcción o la adecuación del Castillo, en proyecto.
Aparte estas obras recomendables de promoción pública, no escasean las actuaciones singulares de promoción privada, que he de silenciar por razones obvias; y si no ha habido muchas más, no es porque las hayan estorbado organismos conservacionistas, sino, porque no se han promovido, porque el pulso económico y cultural de Zamora no ha dado para más.
Resulta obligado buscar el equilibrio entre el respeto a lo antiguo y la acogida de lo nuevo, y no creo que se logre tan recomendable maridaje sino contando en las instituciones responsables con personas cualificadas e independientes, que hoy abundan.
¿Cómo se garantiza el mantenimiento vitalizado de nuestro casto antiguo?
Yo, desde luego, no cuento con recetas contundentes. No voy a darles respuestas infalibles. Pero sí someto a su consideración algunas sugerencias que pueden ser válidas.
1ª) Hay que precisar con rigor cuáles son aquellos valores que consideramos perdurables y que han de ser preservados a toda costa, que se encuentran materializados no sólo en los monumentos relevantes, sino también en elementos arquitectónicos de obras más modestas, pero significativas, susceptibles de conservación e incluso, en ocasiones, de ser integrados en las nuevas promociones.
2ª) Por supuesto, me parece recomendable el principio de la rehabilitación integrada, que, por cierto, es un buen efecto de ese fenómeno relativamente nuevo que es el creciente interés social por la supervivencia de las ciudades históricas, consideradas como signos de identidad por sus moradores. La rehabilitación integrada pretende la recuperación de la ciudad mediante restauraciones que evidencien los valores culturales de sus edificios y espacios urbanos representativos y mediante adecuaciones que los hagan habitables o utilizables, adaptándolos a las exigencias de la vida actual. La cuestión es cómo abordar las tareas rehabilitadoras, que exigen elevadas inversiones económicas, entre sectores sociales de condición modesta o en ciudades de escaso tono vital.
3ª) Se requieren normativas sensatas, pero han de convenir conmigo en que, según he expuesto en otro lugar, los conjuntos históricos se salvaguardan, se mantienen vivos, se adaptan a las necesidades de nuestro tiempo no sólo con leyes o disposiciones adecuadas y con enunciados de principios orientativos, sino también y, ante todo, contando con una opinión pública favorable y con la participación y cooperación decidida de sus habitantes. La vida, los hábitos comunes y tantas otras proyecciones del espíritu, que constituyen el componente esencial de toda entidad urbana, son cosa de la ciudadanía y no del Estado o de las entidades públicas, que podrán fomentarlo pero nunca suplantarlo ni mantenerlo imperativamente; aunque sólo fuera por esto, la conservación de los conjuntos no puede depender sólo de la Administración Pública, que, por lo demás, suele despilfarrar los medios con que cuenta y nunca ha contado ni contará con recursos suficientes para garantizar el éxito de una tarea tan ingente y compleja como la de salvaguardar la otra parte constituyente, la material, o sea, el patrimonio arquitectónico y urbano. Pues bien, la cooperación ciudadana aludida sólo se conseguirá como consecuencia lógica de la aceptación generalizada de una serie de premisas de índole cultural y socio-económico. Es preciso que los moradores de la ciudad tomen conciencia de que ésta es una riqueza heredada y común proyectable hacia las generaciones futuras, un valor en sí que conforma su identidad y de la que el patrimonio arquitectónico y urbano es la expresión más aparente. Si este patrimonio se ignora, se malentiende y se infraestima o se reduce a unos cuantos monumentos emblemáticos y a otras pocas fachadas o elementos de edificios singulares, se estará rechazando la noción misma del conjunto histórico y se negará a éste toda posibilidad de supervivencia.
4ª) Las Administraciones Públicas no pueden suplantar a la iniciativa privada en la tarea de rehabilitar todo el patrimonio arquitectónico, que pertenece a los ciudadanos. Corresponde a los titulares abordar este objetivo, pero partiendo de supuestos que no reduzcan sus derechos legítimos a cargas, pues, de lo contrario, se acelerará el proceso de desertización y ruina. Los poderos públicos no pueden permanecer indiferentes ante el hecho de que una vivienda en la ciudad histórica cueste más que fuera de ella.
El casco histórico de Zamora, como tantos otros, tendrá garantizada una supervivencia digna cuando habitar en él resulte atractivo, cuando reporte ventajas en calidad de vida y cuando la opinión pública lo valore como un bien remunerador.
De la casuística propia, así como de propuestas de posibles incentivos y desgravaciones que contribuyan a vivificarlo podemos tratar en el coloquio.
Gracias por su atención.
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