LA CIUDAD: NUESTRO CORAZÓN DE PIEDRA
(Buena gera / 17 de junio)
 

 

      Yo creo que la mejor manera de agradecer a alguien una iniciativa pertinente y positiva es participar en ella. Por eso convoco a quienes aún no se han enterado que el próximo jueves y viernes, en la biblioteca pública, a eso de las ocho, continúa el ciclo Hacia un modelo de ciudad, esta vez con las ciudades de Santiago de Compostela y Vitoria como ejemplos de actuaciones en cascos históricos. Quienes se han esforzado en organizar algo tan interesante merecen que los que son responsables de tales actuaciones en Zamora se acerquen a conocer estas experiencias y sumen más claridades y evidencias a las que ya tengan. Responsables son para mí tanto los políticos, como los profesionales, como los votantes de urna.

Desdigo a Pessoa si creo que la patria del hombre no es la lengua; desdigo al emigrante si digo que la patria no es el plato del que uno come. Creo que la patria es lo que te rodea en cada momento de vida: los seres queridos, la ciudad que habitas, el ruido y el silencio y el paseo que señala el cielo si se viera. De esos cuatro puntos cardiovitales, la ciudad es el más compartido. La ciudad, como un corazón de todos, no sólo crece sobre las condiciones físicas del medio sino que crece gracias a la salud de quien la habita: la historia, los sentires, las tensiones, los anhelos y el conjunto de intereses de cuantos han vivido en ella a lo largo de los siglos. La ciudad es la huella de todos y una herencia. Es un monumento artístico pero es sobre todo un lugar de vida compartida. La ciudad tiene una razón estética pero también una proporción vital. Es, a la vez, el casco antiguo y la periferia.

De niño me alejaba de esa periferia donde vivía y buscaba significados entre las piedras viejas, muchas mal cuidadas, pero llenísima de referencias históricas y donde me encontraba con los demás. Huir de esa arquitectura funcional, aburrida e incómoda de los nuevos barrios que habían alojado la llegada reciente de trabajadores como mis padres, ausente de matices, y buscar, en esas naves de piedra varada que arribó el románico, una gigantez de narración maravillosa. A eso iba al casco antiguo, pero también iba a jugar, vivía gente, castañas en invierno, esquinas con novios y bancos de piedra y pipa. Allí vivíamos el nacimiento veraz de las acacias, la momia del museo, las tiendas de oficio y el portal de un relojero. Una tierra ideal para canicas.

Por eso, en estas conferencias, lo que más admiro de los proyectos expresados es el intento de resolver los tres enemigos que me impidieron volver al casco antiguo. Uno son los coches que como fósiles incomprensibles impiden la libre circulación de ciudadanos. Buscar lugares adecuados para tanto vehículo se hace necesario y así apartarlos de unas calles que no fueron pensadas para ese transporte. Otro es evitar que neones y ornamentos modernísimos rompan la serenidad de las fachadas y así el ciudadano pueda disfrutar de un ambiente culto y agradable. Y el tercero que tiene que ver con el continente y el contenido. Muchísimos monumentos mantienen su belleza exterior pero están vacíos, nada los habita. El esfuerzo de estas ciudades por recuperarlos para la ciudadanía, por llenarlos otra vez de gente, es importante conocerlo, así como sus aciertos y limitaciones.

¿Por qué les invito a participar? Porque Zamora no debe quedar en manos del “genio del lugar” que nos esquilme plazas por culpa de visiones conceptuales. Porque no basta una votación de vecinos sobre propuestas cerradas. Es necesaria una participación de todos los ciudadanos para que tomemos conciencia responsable sobre problemas y soluciones. No digo que todos nos metamos a gestor o arquitecto. Pero un modelo de ciudad exige que todos seamos cómplices y compartamos la geometría de nuestro corazón de piedra: la ciudad que habitamos y avivamos.

Buena gera. Lean cuanto puedan y hasta el martes que viene.

Fernando Martos.


 
 
 
 
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