OTRA MIRADA SOBRE EL MUNDO ÁRABE
 
 

 

                Han pasado muchos años desde que  visité por primera vez un país  árabe,  y he de manifestar que  su  descubrimiento me produjo cierto impacto. Nada extraño, si tenemos en cuenta que  yo era bastante joven (veinticuatro años) y mi conocimiento del mundo era  muy limitado; sin embargo, mi carácter abierto a la contemplación de otros horizontes y culturas y el paso del tiempo actuaron a mi favor,  permitiéndome un crecimiento interior  indispensable para empezar a comprender que no sólo nuestras costumbres son las buenas, y así se fue produciendo esa transformación que me llevó a ponerme en el lugar del “otro” y entender su punto de vista. 

                Producida ya esa simbiosis entre el Mundo Árabe y una servidora, lo demás vino por añadidura; aparte de mis asiduas visitas que me introducen de lleno en el corazón mismo de la sociedad, las lecturas se encargan del resto. Y si bien es cierto que hasta hace unos cuantos  años resultaba difícil la adquisición de libros en castellano, que añadieran luz sobre distintos aspectos de este vasto territorio, hoy podemos decir que cualquier lector deseoso de información  tiene a su alcance un buen número de obras que  van desde lo testimonial hasta el ensayo y que son muy valiosas a la hora de consolidar un criterio, pues analizan las causas y las consecuencias de los hechos principales que han determinado que el Mundo Árabe sea lo que hoy es.

Ésta una percepción que ha sido formada por la mirada atenta de una mujer zamorana hacia todo lo que concierne a esta sociedad  así como por la lectura de distintos autores que van desde los arabistas españoles (Pedro Martín Montávez,  Gema Martín Muñoz);  pasando por los ensayistas franceses (Sami Naïr,  Maxime Rodinson) hasta Edward Said, palestino, educado en Estados Unidos, donde ejerció su profesión como profesor de Lengua y Literatura Comparada, sin olvidarnos de la reciente aparición de un historiador israelí, que ha publicado, entre otros libros,  La limpieza étnica de Palestina, cuyo título es suficientemente revelador, y lo es más, si cabe, por el hecho de que sea propiamente un judío (Ilan Pappé) el que describa situaciones y aporte datos sobre  cómo se formó el actual estado de Israel.

                Hecha la presentación, y, de alguna manera, explicitada la justificación del porqué de mis artículos, me queda únicamente expresar mi intención de huir de toda opinión dogmática, más bien mi deseo sería contribuir a que  el lector se planteara ciertas cuestiones y siguiera indagando por sí mismo hasta donde su interés le marque. Así que pasamos a tocar uno de esos aspectos que es muy habitual en la prensa o en otros medios  como televisión, radio, etc. Nos referimos al doble uso que se hace del lenguaje, que posiblemente sea sin mala intención, pero la semilla ahí queda, flota en el aire y se esparce como mala hierba. Quizás,  no sólo se emplee este lenguaje de connotaciones perversas al hablar de musulmanes, islámicos y otros adjetivos que nos sitúan ante el pueblo árabe, sino que también  se utiliza para dar información sobre la etnia gitana, ciudadanos rumanos o sudamericanos, por citar sólo algunos ejemplos.           
            El lenguaje es una herramienta poderosa, y lo es tanto porque gracias a él expresamos nuestro pensamiento, que es lo más intrínsecamente nuestro, es la esencia de nosotros mismos; ahora bien, quienes esgrimen el máximo poder conocen esta facultad manipuladora del lenguaje y la emplean para ganar adeptos a su causa. Intentan convencer a los ciudadanos del mundo  de que sus intervenciones son necesarias y así actuar impunemente. Si se trata de informar sobre sucesos que, presuntamente,  han sido realizados por árabes o ciudadanos de otros países de religión musulmana 1, se emplea la palabra terrorista, y se hace con una tranquilidad absoluta aunque en ocasiones, como se ha dicho previamente, no se haya verificado la autoría del hecho. Pero la palabra circula por el mundo, traspasa las ondas del aire y la noticia es vox populi, no importa si lo dicho es cierto o no. Por ello, convendría  ser cuidadoso con el lenguaje, especialmente los profesionales de la información, pues sus mensajes repercuten sobre toda la sociedad.  Sería  la Justicia quien estaría capacitada para emplear con propiedad el término, aplicando la ley sobre la persona que la haya transgredido.

            Manteniéndonos en esa posibilidad dual del lenguaje,  me surgen algunas  cuestiones que traspaso  a los lectores:   ¿qué sucede si  la muerte y la miseria provienen  de instituciones convencionalmente aceptadas, que dicen ser demócratas –y lo son en sus países−, pero que si hay riqueza por el medio, se olvidan del respeto a la humanidad?  ¿Qué ocurre si se destruyen familias, se destroza a la sociedad entera, se asesina a niños, se aniquila el patrimonio cultural milenario de algunos países? Las interrogaciones afloran inevitablemente, y por ello, de nuevo,  pregunto: ¿el terror lo es independientemente de quien lo cause o, por el contrario,  se puede solapar con eufemismos y vocablos biensonantes? Cada lector habrá de encontrar su propia respuesta.

            A la vista de lo expuesto, creemos que un poco de ecuanimidad no le vendría mal al mundo, valorar los hechos por la magnitud de los mismos sin mirar la nacionalidad del ejecutor, teniendo siempre presente que los seres humanos de todas las nacionalidades somos muy vulnerables.

Flora Lobato

1 Como todo el mundo sabe, hay muchos países que profesan el Islam como religión, pero no son árabes, por ejemplo turcos, afganos, paquistaníes, iranís, etc., etc


 
 
 
 
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