Lo pesado que se pone el cardenal Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal Española sobre el Laicismo, esa gran fuente de peligros históricos. Sus declaraciones siempre las expresa con una cara de mala leche que ya pone al personal en su contra. En sus últimas declaraciones dijo que “el estado moderno, en su versión laicista radical, desembocó en el siglo XX en las formas totalitarias del comunismo soviético y del nacional-socialismo”. Si analizamos la historia de la religión católica y vemos en qué desembocó su radicalismo religioso, se nos ponen los pelos de punta a media Europa. Por otra parte, respecto al nacional-socialismo alemán, la Iglesia Católico, con el papa Pío XI a la cabeza, tampoco fue muy ejemplar que digamos en su oposición al régimen de Hitler. Y respecto al comportamiento de la Iglesia Católica durante el régimen del General Franco ¡ya no te digo!, aquí se practicó el nacional-catolicismo. En estos días se está proyectando en los cines la película “Los girasoles ciegos” de José Luis Cuerda. Personalmente no me gustó demasiado pero ese papel sibilino, tamizado, colaboracionista y mezquino que usaron los curas, por desgracia, lo conocemos demasiado en España. Por eso, a veces, es mejor tener la boca cerrada.
El laicismo es parte de nuestra historia colectiva. Se remonta a la Grecia antigua, al Renacimiento, a la Reforma y al Siglo de las Luces. En cada una de sus etapas contribuyó a desarrollar, a su manera, la autonomía de la persona y la libertad de pensamiento. El profesor Albert Bayet, presidente de la liga de la Enseñanza francesa, lo define así: "El laicismo es la idea de que todos los seres humanos -sean cuales fueren sus opiniones filosóficas o creencias religiosas- pueden y deben vivir en común dentro del respeto por la verdad demostrada y en la práctica de la fraternidad. Quienquiera que de buena fe, piensa que el hombre debe amar a sus semejantes, es un laico". En resumen, yo diría que el laicismo es la defensa integral de la conciencia humana contra toda coerción, invasión o cercenamiento de origen ético, ideológico o político.
Lo que le ocurre a la Iglesia Católica en España es que está muy nerviosa porque ya no controla la clientela. Todavía queda, en el terreno social, mucha forma religiosa pero poco fondo. Ya no puede manejar la dinámica de la sociedad, cada vez más heterogénea, y por eso defiende con uñas y dientes la parcela de la enseñanza, que desde siempre había dominado, como única posibilidad de garantizar algo su futuro. Se opone a todos los avances sociales que se están produciendo en derechos civiles, educativos, científicos y políticos. La batalla que está emprendiendo contra la asignatura “Educación para la ciudadanía”, que cuenta con el apoyo del PP, llega ya a lo esperpéntico, como sucede en la Comunidad Valenciana. Buenos días y buena suerte.
Antonio
Gallego