Reventó la muralla
 
 

           La mañana del 22 de septiembre nos despertó con una bomba, no por la explosión, aunque provocara un ruido atronador, sino por el mazazo de la noticia. La muralla medieval, en su parte más próxima al portillo de la Traición, había reventado. Para muchos fue la alegoría de la ciudad misma, necesitada de romper de una vez las ataduras que nos aprisionan en forma de estrechez mental, caciquismo y provincianismo barato. Ojalá. Pero no, no era ninguna imagen, sino un hecho absolutamente real. Algunas voces afirmaban que ya se veía venir. Otros llevábamos tiempo insistiendo pertinazmente sobre la necesidad de levantar el Parque del Castillo. Resulta ahora evidente que no consideramos suficientemente que la piedra pudinga zamorana es un conglomerado de arenas al que la humedad afecta sobremanera y que, además, los jardines no hacen más que someter a presiones indebidas estos tramos de muralla, que no fueron construidos para aguantar dos metros de tierras sobre su cota interior original. No pudiendo soportarlo más, un paño de muralla de 15 metros del largo por 8 de alto se vino abajo a las cuatro de la mañana.

El revuelo y cruce de acusaciones posterior surgió de forma inmediata. También la reunión, en este caso ordinaria, de la Comisión de Patrimonio. A los pocos días el Ayuntamiento anuncia, además de las actuaciones para su reparación, una medida para que esto no se vuelva a repetir: se ejecutará una zanja perimetral al borde interior del recinto amurallado. Así, las presiones de los jardines no afectarán a la muralla. En efecto, se solventa el problema. Pero poco más se resuelve, más allá de dar cerrojazo para muchos años a la necesidad de levantar todo lo que está ocultando el pasado más primitivo y el núcleo urbano que dio origen a nuestra ciudad. Se deja pasar así una oportunidad óptima, irrepetible, para conocer el germen urbanístico de Zamora.

Y es que el parque de las fotos de nuestras ceremonias no fue siempre así. A partir de las fotografías más antiguas que conocemos lo hemos visto como una explanada asociada al Castillo, casi como tierra de nadie entre éste y la Catedral. Pero hasta que fue arrasado y convertido en planicie primero y luego en parque, este lugar acogió el caserío fundacional de la ciudad de Zamora. Según afirma Amando Represa, este espacio fue un núcleo especialmente denso. En él se alzaban las iglesias de San Isidoro, Santa Coloma -Colomba- y Santa Eulalia, en torno a las cuales se fue agrupando un caserío que va constituyendo sus respectivas colaciones, tal como consta en varios documentos del siglo XII. Hasta tal punto que cuando Alfonso VII restaura la sede episcopal en la iglesia de San Salvador, el caserío ahogaba ésta de tal modo que hubo necesidad de demoler mucho para la erección del nuevo templo románico, nuestra actual Catedral. Estos datos del Tumbo Negro son concluyentes, y confirman la importancia del espacio que hoy ocupa el Parque del Castillo como embrión de nuestra ciudad. Pero de todo ello no tenemos más evidencia que la que testimonian los documentos escritos. Mientras, ahí siguen ocultos los restos de aquellas casas, calles e iglesias, bajo metros cúbicos de tierras de colmatación, ya desde el siglo XVI, privándonos de conocer con exactitud los primeros pasos de nuestra ciudad.
Si el resultado de las obras arqueológicas en el Castillo ha sido descubrir lo imponente de su factura, imagínense hacerlo con todo el parque. Es, pues, el momento propicio, la excusa perfecta, para que estos testimonios salgan a la luz.

RAFAEL ÁNGEL GARCÍA LOZANO


 
 
 
 
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