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Las instituciones y personalidades educativas a lo largo de la historia en lo que hoy constituye la provincia de Zamora han sido plurales, numerosas y fecundas. Con nombre propio destacan las escuelas catedralicias, el Estudio de Teología del convento de San Francisco extrapontem, el Seminario o la Escuela de la Sociedad Económica de Amigos del País. No menos importancia tienen las obras educativas de las congregaciones religiosas que se han instalado en las dos diócesis provinciales, Zamora y Astorga, sobre todo en momentos en los que nadie -sino ellas- ofrecía a los muchachos de pueblo la posibilidad de estudiar. Desde el Corazón de María a la Medalla Milagrosa, el Verbo Divino, los Jesuitas o El Amor de Dios. Muchas de estas obras siguen hoy teniendo plena vigencia convertidas casi exclusivamente en colegios. Compartió protagonismo con éstas la Universidad Laboral, al cargo de los Salesianos, preparando para la vida profesional a muchachos de toda la geografía nacional. Por otra parte el Instituto General y Técnico, hoy “Claudio Moyano”, ha sido un buen semillero de profesionales en sus casi 90 años de historia, más el período previo en el anterior edificio. Del mismo modo la Escuela Normal. También tuvieron lugar experiencias transitorias casi residuales como las misiones pedagógicas de la Institución Libre de Enseñanza en Sanabria o la obra de la fundación Sierra Pambley en Moreruela de Tábara. En otra línea, de marcada concepción liberal en su origen, la Fundación González Allende, en Toro, pervive hoy muy transformada. Como culmen las personas. Destacamos a nuestros paisanos más sobresalientes en esta materia, Pablo Montesino, gran pedagogo, que puso en marcha las escuelas de párvulos para las clases populares en 1838 y fue el primer director de las Escuelas Normales, y Claudio Moyano, impulsor de la Ley de Instrucción Pública de 1857, que ha sido la base de nuestro sistema educativo hasta 1970. Podemos estar orgullosos.

Dos de estas obras educativas se ponen de relieve en sendas publicaciones recientes. En ambos casos se abordan sus “otras obras”, su arquitectura escolar. Publicada por el Ayuntamiento de Valladolid a mediados de este año, “Aquellos colegios de ladrillo” estudia la arquitectura escolar de la Oficina Técnica de Construcciones Escolares en Valladolid, donde el autor, el arquitecto y artífice del Plan director de nuestras murallas, Francisco Javier Rodríguez Méndez, estudia con rigor las arquitecturas de la toresana Fundación González Allende. Obra del arquitecto Antonio Flórez, este grupo escolar incorpora las nuevas corrientes pedagógicas que acabaron dando lugar a una transformación en la arquitectura escolar de finales de la década de 1910. El higienismo, en su apuesta deliberada por la salubridad, y las teorías de Froebel, con la incorporación de los patios y el huerto como espacios docentes, se concretan en Toro en nuevas orientaciones geográficas en los edificios, la creación de grandes ventanales acristalados y la construcción de pabellones independientes -con los espacios intermedios que genera- según los usos. Así se hizo con la cantina escolar, el pabellón para un profesor y un guarda y el pabellón para la escuela maternal. Pero la institución toresana quedó por completar. El proyecto contemplaba la edificación de un pabellón para escuelas graduadas superiores y, lo que era más importante y radicalmente significativo entonces, un sistema de elevación de agua y depósito para el suministro del centro. Nunca se construyeron.
Del mismo autor, en colaboración con José María Hernández Díaz, catedrático de Historia de la Educación de la Universidad de Salamanca, nace una obra a punto de publicarse, “El edificio de la Escuela Normal de Zamora”. Tras un estudio histórico de las Escuelas Normales en España, Rodríguez Méndez aborda el proceso constructivo de la Escuela Normal de Zamora, desde que fuera proyectado -también por Antonio Flórez en 1933 en la Oficina Técnica, auxiliado por Guillermo Diz- hasta el parón por la ampliación y la guerra civil de 1936-39, la ocupación del edificio y la inauguración en 1950 tras encargar a Antonio García Sánchez-Blanco la liquidación de las obras de un edificio que le obligó a rehacer el proyecto del que no disponía. Es un inmueble que tuvo que crecer en plena construcción, reorganizando la distribución de sus espacios concienzudamente estudiados, incluida la novedosa experiencia de la galería-biblioteca, que terminó fracasando, y que la reciente rehabilitación no ha sabido respetar. Hablamos de un edificio que se inserta en el primer racionalismo arquitectónico, pero en este caso menor del que aparenta.
Buenas obras para mejor educación. Que así sea.
Rafael Ángel García Lozano
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