Decía D. Manuel Azaña, presidente de la República en uno de los momentos más convulsos de la historia de España, que “felizmente, en política, palabra y acción son la misma cosa”. Sus discursos públicos constituyeron su principal instrumento de acción política al carecer de un partido con fuerte implantación social. Su capacidad de convocatoria siempre fue importante y se vio incrementada después de la falsa acusación de tomar parte en la rebelión de Barcelona de 1934. Merece recordar que en mayo de 1935 reunió hasta 100.000 personas en el mitin político celebrado en el estadio del Mestalla en Valencia.
Las cosas han cambiado mucho y ya pocos ciudadanos conceden a los políticos credibilidad a sus palabras y menos creer que lo que dicen se convertirá en acción concreta dentro de unos plazos razonables. Curiosamente se está imponiendo, al menos en nuestra Comunidad, el anuncio anticipado de proyectos que llevan asociados unos plazos de ejecución muy largos en el tiempo, superando los mandatos políticos de sus responsables, y acompañados de presupuestos, también elevados, que tan siquiera han sido aprobados legalmente. Es como si pidiesen al ciudadano por anticipado su continuidad en el cargo para llevar a cabo lo que manifiestan. Tenemos por ejemplo el conocido Plan Regional Valle del Duero, presentado a bombo y platillo por los políticos de la Junta de Castilla y León donde se pretende gastar la friolera de 1.000 millones de euros en un plazo de diez años para transformar el valle del Duero en un espacio de referencia a nivel internacional con cinco actuaciones emblemáticas, las llamadas Cúpulas del Duero, destinadas a convertirse en auténticos Faros que iluminarán nuestra región. Uno de estos faros maravillosos, el dedicado a la tecnología, estará en Zamora. Estas últimas palabras no son mías sino copiadas de la propaganda de la Junta.
Curiosamente una de las presentaciones de este fantástico proyecto tuvo lugar en Zamora, ciudad donde el incumplimiento o dilación de las promesas políticas raya el esperpento y pone a los políticos continuamente en ridículo. Recordemos el caso del nuevo puente sobre el Duero, el museo Baltasar Lobo, la casa museo León Felipe, las obras en el Antiguo Matadero y muchos más. Los plazos de terminación prometidos hay que multiplicarlos por tres o por cuatro y aún todavía te puedes quedar corto. Pero todo esto no desanima a nuestros responsables que siempre encuentran justificación o explicación a estos retrasos y cuando, finalmente, se hacen realidad se limitan a decir que al menos el proyecto se ha terminado. Parece como si todo valiera con tal de terminarlo, pero eso lo hace cualquiera. Al buen gestor se le pide seriedad, capacidad y realismo. Buenos días y buena suerte.
Antonio
Gallego