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Así me quiero referir a espacios que han sido significativos en un momento dado de la historia de la ciudad. Entre ellos, la actual Plaza Mayor que llegó a mantener íntegra su forma hasta época cercana, donde se procedió a su parcial desmantelamiento a mitad del pasado siglo bajo el pretexto, según los expertos, de recuperar el carácter exento de la iglesia románica de San Juan. Así, por cumplir con objetivos propios de un purismo de tipo arqueológico, se deshace una forma consolidada de la ciudad, precisamente en su espacio más emblemático y por encima de uso y antigüedad consolidados. Han pasado los años y el desaguisado se mantiene como el primer día; el caso ya ha sido recogido en publicaciones de urbanismo como una muestra de los ataques a los que la ciudad puede estar sometida y no precisamente por gente ignorante o codiciosa.
Las recientes obras de excavación del Castillo han permitido recuperar las dimensiones reales que tenía la fortificación .Con ello, la inexpresiva y poco estimada fortaleza ha adquirido la grandeza de todas las ruinas milenarias, con su poder evocador. Aún sin haberse ejecutado la excavación del espacio exterior de parque, sí que nos ha permitido trasladar en un ejercicio de imaginación, como un estallido de libertad amordazada, un nuevo marco espacial, global del que surgen los dos monumentos: Catedral, Castillo y la cintura de la muralla. La varita mágica ha trastocado el escenario. Los monumentos ahora nos permiten percibirlos con sus dimensiones escamoteadas y con una nueva carga simbólica de poder, pues su definición espacial nace sobre la cuna de su original geografía que se trasparenta sin esfuerzo alguno desde los planos actuales. Al fondo de estos suelos, que permanecen enterrados, se elevan sendos promontorios desde los que arrancan los pesados monumentos que simbolizan los dos poderes que mantenían en equilibrio el gobierno de la ciudad.
Estos terrenos, que no suelos, son el resultado de una acción bélica y han reducido su significado a una mera cualidad física de geometría unidimensional, como capa de desechos que todo lo tapa o ignora, y que acometen ciegamente a las antiguas construcciones. De espacio con alto potencial urbano, pasó a convertirse en un espacio límite ante el que se ha detenido el tejido urbano con un uso casual, discontinuo, símbolo del pobre significado que ha llegado a tener la vieja ciudad.
Merece la pena reflexionar sobre el destino que han sufrido estos dos espacios, que han sido en su momento la representación más cualificada de la ciudad y que, en ambos casos, fuerzas ajenas vienen a trastornar formas y funciones, sacrificadas, en un caso, en aras por recuperar la integridad de una arquitectura. Y en el segundo caso, de los terrenos del Parque, con la orientación que se le ha dado a la ordenación al dar por consolidada y definitiva la rasante producida por el escombro de origen bélico. Acción que se ha visto confirmada con la propuesta de ordenación aprobada por el Ayuntamiento, desde el momento que el propio terreno se convierte en manipulado objeto de diseño, para dar forma y flexibilizarlo con el fin de resolver los problemas que plantean los encuentros, conexiones, itinerarios y estructuras, definición de acabados, etc. Véanse los terraplenes, trincheras, pasarelas que cruzan la informe capa y que se van a superponer a las formas de una geografía que parecía pensada desde la eternidad para asentar sobre ella el primer núcleo habitado de la ciudad.
Ha sido necesario que una excavación se atreviese a ahondar en las capas de un lejano pasado y que haya hecho saltar los resortes de una memoria que también yacía enterrada y el de que se hayan desencadenado una sucesión de imágenes, de formas, que nos insinúan la complejidad de este entorno y que se nos desvela como entre jirones de una niebla de leyenda. A diferencia de la Historia, esta memoria de cada uno y de todos no encasilla ni clasifica, no cierra periodos de tiempo y espacio, sólo nos devuelve la mirada a un pasado cargado con rasgos que nos acercan a medios diversos de expresión, conectados con esta memoria colectiva que nos permite acercarnos a un pasado sugerido por otras manifestaciones artísticas, tales como la literatura , el cinematógrafo, la fotografía, imágenes de arquitecturas de otras culturas, materiales inéditos que irán encontrando su hueco en este yacimiento recién abierto y ávido por abrirse a las posibilidades de un futuro renovado.
Si no se borra esta tábula rasa, que pesa ya dos siglos, se puede afirmar que la condición material de este terreno invasor, como su agente, va a marcar la índole inerte a toda condición de forma arquitectónica.
Me resulta más sugerente, ante el desafío que supone un proyecto como el presente, buscar un estímulo para que corra la fuente de memoria, un rompedor de esquemas trillados. Basta pararse ante un instantánea de la época como es el mapa de Represa sobre este entorno en el siglo XII, en que aparece la relación de los monumentos con respecto a la ciudad medieval que parece asediarla. O la lámina del dibujo de la ciudad de Van der Wyngaerde, encargado por Felipe II, antes de que los edificios del Obispado pasasen por la horma a que los sometieron los arquitectos barrocos del siglo XVIII, para hacerlos asimilables, como parte de la ciudad .No tuvieron tiempo los barrocos de incluir en el prensado a la Casa de los Gigantes y otras paneras con vistas al río.
Y también la película ”El nombre de la Rosa”, basada en la novela de Umberto Eco, nos explica lo que era la vida en una ciudadela y que ya su denominación nos sugiere un espacio altamente densificado de actividad y carácter urbano, como lo fue este espacio antaño y que nos invita a participar en los recursos a poner en juego en el diseño que los debería servir de estímulo.
Estos espacios se merecen un salto arriesgado en su concepción, con la ayuda de estos detonantes u otros de la memoria, sin perjuicio de que se guarden todas las condiciones necesarias, no se vayan a pudrir en las mazmorras de la Historia,.Y también el de evitar de que se limiten a cumplir con un mero funcionalismo, que para tal faena bastaría con poner luces de acompañamiento.
¿Se abrirá paso algún día la idea de que la auténtica riqueza que hay debajo de los escombros es el espacio físico sobre el que se inició la vida en esta ciudad?
ANTONIO VILORIA
Miembro del FORO CIUDADANO DE ZAMORA
Zamora, 3 de julio de 2009
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