Cuando llega el verano, los calores y el estío del paisaje castellano me deprime y busco, en lo posible, lugares frescos y verdes; siempre miro al norte como refugio más placentero, asociando lo verde con lo bello. Sé que esta asociación es algo personal ya que a mucha gente le produce sensaciones diferentes a la mía y les resulta atractivo. Históricamente son los viajeros románticos europeos de los siglos XVIII y XIX los primeros que encontraron en los paisajes secos españoles una belleza desconocida, no existente en sus países de origen. El concepto de paisaje no ha estado siempre al alcance de ser humano y se puede decir que apareció en el siglo XIX con la llegada del ferrocarril, que permitió viajar a otros lugares y comparar distintos entornos.
Como recientemente indicaba el escritor leonés Julio Llamazares, son los autores de la generación del 98 los que nos descubren la esencia paisajística del país. Unamuno la encontró en Castilla, muy lejos de su verde País Vasco, al igual que el propio Azorín, culminando con Antonio Machado en su obra Campos de Castilla, publicada en 1912, poco antes de morir su esposa Leonor, y ampliada sucesivas veces con nuevos poemas. El paisaje aparece recogido unas veces de forma objetiva, sin artificios -A orillas del Duero-, y a veces lo descubrimos con una intención oculta bajo las descripciones de Castilla, que nos sugieren la preocupación del poeta sobre temas tales como la patria o la soledad.
Pero el valor del paisaje como elemento cultural no es muy valorado en España a pesar de esa tradición literaria; a la mayoría le resulta indiferente y sólo lo entiende como un valor de desarrollo económico y no cultural que hay que preservar. Los llamamientos que la Unión Europea hace a las autoridades autonómicas contra la especulación y destrucción del paisaje, especialmente en el litoral mediterráneo, caen en saco roto en nuestras administraciones. A pesar de los obligatorios informes de impacto ambiental en la obra pública, son las propias administraciones autonómicas las que crean los procedimientos para saltarse las normas y llevar a cabo sus planes de desarrollo, todos justificados por el objetivo sagrado del progreso ante la indiferencia y en mucho casos, con el beneplácito de la mayoría de los ciudadanos. Cualquiera que haya viajado a países de nuestro entorno europeo encontrará una mayor armonía y cuidado en el equilibrio entre la naturaleza y el entorno de las ciudades. Sin ir más lejos, en una ciudad como Zamora las amenazas sobre el paisaje que nos rodea, formado fundamentalmente por el río Duero, sus vegas y el Bosque de Valorio son evidentes.
Volviendo a Llamazares, es importante que “nuestros gobernantes entiendan que los paisajes son como espejos en los que nos reflejamos todos y condicionan, por ello mismo, nuestro carácter y son valiosos para nuestra felicidad tanto como la sanidad o la educación ya que influyen en nuestro ánimo tanto como las condiciones de vida”. Buenos días y buena suerte.
Antonio
Gallego