|
De nuevo Zamora vuelve a ser una fiesta de la arquitectura moderna que nos trae a la memoria lo acaecido en la década de los 90: se puede ver como ya sale para arriba la gran estructura metálica de teatro Ramos Carrión con todo el aparato de servicios que lleva anexo; se aprecia también el volumen ya casi cerrado de la ampliación de la sede de la Diputación, que finalmente completará la configuración urbanística de la plaza; o el esbozo de la envolvente de la sede del Consejo Consultivo de la Junta de Castilla y León, dos enormes paños que dejan entrever la potente caja con la que se va a enfrentar la catedral en los próximos años.
Y, a estos acontecimientos, ya históricos por sus consecuencias, hay que añadir otra serie de intervenciones que complementan el panorama de una contemporaneidad, nada desdeñable, a la que no se puede ni debe renunciar en ninguna de las circunstancias que nos toquen vivir, es decir ser consecuentes con el tiempo, los modos y las formas que definen el pensamiento actual.
Y, frente a este optimismo, otra cosa bien distinta es el ritmo de las actuaciones siempre proclives a recaídas, errores, falta de fondos o dudas mas o menos bien intencionadas que fomentan la incertidumbre de si estos proyectos son suficientes o es preciso motivar razones con las que conseguir un patrimonio mas ambicioso que convierta este momento en un nuevo hito cultural de la ciudad. Si nunca se nos cae de la boca que somos la ciudad con el mayor conjunto de iglesias románicas del país no es menos cierto que, a la vez, somos de las que menos patrimonio consiguió de las siguientes centurias. Siendo mas precisos se puede decir que carecemos de patrimonio representativo en una franja que va desde el románico hasta mediados del siglo XX.
Por ello es necesario insistir en la importancia que tienen estas arquitecturas analizadas en el proceso histórico y asumirlas y admirarlas desde la responsabilidad que infiere ser sus coetáneos. Estos edificios serán nuestro reflejo en el futuro y puede que representen el más importante momento histórico de la ciudad pues, en ellos se sublima además del hecho constructivo la figuración de un sustancial grupo de intelectuales, con especialidades, perfiles y calidad como nunca en otro momento hubo en ella. Y esa es la Zamora del año 2000.
Pero en la fiesta sigue habiendo ausencias y la mas visible por circunstancial es Lobo y su museo. El traslado de la exposición existente en la iglesia de San Esteban a la Casa de los Gigantes no hace mas que patentizar su no participación y el vacío en el que parece flotar conceptualmente él y el centenar de cajas traídas de Paris.
¿Pero no era el castillo la sede del museo Lobo, o es que ya no nos acordamos de que el emplazamiento en San Esteban era lo provisional? Cuanto se debatió del emplazamiento, la adecuación, las intenciones, los objetivos subyacentes, etc... y cuantas alianzas y conclusiones de que aquel era el mejor sitio para acomodarse a la funcionalidad de los circuitos turísticos.
El castillo está siendo estos meses un punto de atracción ciudadana y el público acude a él guiado por un inaudito interés de conocer de cerca el sustrato mas profundo del que parten sus orígenes, aunque a esa profundidad el origen sea mas geológico que histórico. Y cabe decir esto por que los trabajos realizados en el castillo han convertido un edificio consolidado en una ruina arqueológica que va a tener muy difícil su reconversión nuevamente en edificio, dadas las decisivas contradicciones estructurales que se observan durante el recorrido por la carcasa muraria que ha quedado. A simple vista los 3 anillos concéntricos, cual matrioskas rusas, resultan autónomos e independientes arquitectónicamente: los dos primeros lo son por definición al tratarse de un muro que encerraba en su interior la fortaleza, y el tercero por que se presenta descontextualizado e incomprensible, por su formalización y estilo, en el corazón del monumento medieval.
La primera observación es a la vez una pregunta: desprovisto todo el edificio de cualquier vestigio no medieval para que se conserva -en ese emplazamiento- la tercera fachada, y, si se quita, en base a que criterios se puede intervenir para reconducir la nueva construcción.
Mediante la arqueología hemos descubierto un fascinante pasado, repleto de detalles y circunstancias que merecen ser tenidos en cuenta, porque no partir exclusivamente de ello para resolver el futuro del castillo. Los miedos son malos consejeros y me temo que se opte por dejar pasar el tiempo, por perder el entusiasmo, o, en ultima instancia, por rellenar con unos nuevos forjados los vanos existentes, lo cual es un sin sentido tras haber quitado los antiguos.
Partiendo de que la ruina arqueológica nunca debe ser un objetivo en si misma parece llegado el momento de hablar de nuevo sobre el museo de Lobo y conocer cuales son las intenciones reales y posibilidades que tiene el castillo para acoger algún día la colección del artista.
Mientras esto ocurre seguiremos escuchando decir a los entregados visitantes ¡que buenas vistas, hazme una foto! como máximo exponente del interés que ha despertado en ellos el alarde realizado.
Viene siendo habitual, por frecuente, en toda Castilla y León encontrarnos frente a intervenciones que conducen a situaciones a las que no se sabe como se llego o de como salir. Es indudable que se debe a la falta de un criterio básico sobre el que giren los objetivos que se persiguen y sino, ya que hablamos de castillos, que me expliquen porque en la plaza del de Arévalo se ha abierto un foso para mostrar unos insustanciales restos defensivos, de indudable interés histórico, pero que no aportan ningún beneficio urbanístico, ninguna mejora al propio castillo y mucho menos calidad patrimonial al monumento en restauración. En diez años veremos en que se han convertido el foso y los hallazgos.
No se si esta es nuestra situación: sabíamos a donde íbamos y cuales son los siguientes pasos a dar o hemos llegado a un punto muerto en que solo cabe felicitarnos por lo bien que se ha hecho y los logros obtenidos, que al fin y al cabo es lo políticamente correcto y ventajoso.
Para satisfacción de todos y no caer abocados en la dudosa tierra de nadie, del callejón sin salida, me gustaría oír la opinión de aquellos concejales que tenían tan claros los objetivos de la intervención en el castillo y la ventajosa operación turística que conllevaba. Perdónenme, pero es una curiosidad que no resisto a plantear en público.
José Luis Gago Vaquero Arquitecto
Zamora, 21 de septiembre de 2009
|