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Con el último día de julio el castillo de Zamora abrió definitivamente sus puertas a la ciudad, una urbe que durante demasiados años, desde que dejó de ser plaza de guerra en 1868, le volvió la espalda. A partir de aquellas fechas del siglo XIX este edificio ya sin función militar se dedicó a cárcel y posteriormente a centro de estudios, teniendo que adaptarse a los distintos usos a que era destinado. Con el comienzo del siglo XX los terrenos exteriores colindantes con la fortaleza se convirtieron en un erial, y lejos de que algún ayuntamiento se parara a pensar realmente qué hacer con ellos acabaron por acoger los jardines que todos hemos conocido. Entre tanto, el tiempo fue condenando al castillo y sus estructuras exteriores a su propia sepultura, enterrándolos bajo metros de materiales de desecho y olvidándolos, recluidos en uno de los confines de la ciudad, lejos de todo protagonismo. Así hemos conocido los zamoranos nuestro castillo hasta hace algo más de dos años.
Tras las obras de restauración el resultado de la fortaleza es excelente. Fundamentalmente por una sencilla razón: logran redimensionar el castillo no solo arquitectónicamente sino incluso en su propia entidad. Un edificio histórico que había perdido su monumentalidad ha recuperado toda su potencialidad poniendo de relieve su condición de fortaleza. De nuevo Zamora cuenta con un auténtico castillo.
A pesar de todo, han existido voces discordantes sobre algunos aspectos de la intervención, quizá por no comprender correctamente los criterios de restauración empleados. A la hora de enfrentarse a la restauración de un monumento se puede optar por reconstruir el edificio conforme a su momento de mayor esplendor, según los criterios decimonónicos de Viollet-le-Duc, cuyo resultado suele ser monumentos reconstruidos con cierta artificialidad, con apariencia de cartón piedra, donde las partes desaparecidas y desconocidas se inventan o asemejan a las coherentes con su estilo, y donde parece que el paso del tiempo no ha hecho mella en ellos. Ejemplo, el castillo de Olite o el de Javier, ambos en Navarra. El otro gran criterio de restauración apuesta por todo lo contrario, es decir, por dejar clara constancia del paso del tiempo sobre el monumento, por poner de manifiesto sus distintos usos y especialmente las obras y añadidos o derribos efectuados a lo largo de los siglos para adecuarse a lo que demandaban las distintas épocas. Este último ha sido el criterio empleado en el castillo.
Efectivamente, el mantenimiento de las antiguas cicatrices en el castillo responde a una decisión deliberada. A veces esas señales son lo que nos permite comprender la evolución de edificios como éste, que transita desde el esplendor a la desolación y al abandono, y que constituyen su identidad y la única forma que nos conduce al verdadero conocimiento de lo que le ha sucedido al monumento a lo largo de la historia. Todo edificio es un organismo vivo y, por tanto, al restaurar hay que dejar rastro de sus usos en los diferentes siglos. Por ello en el castillo se muestran las estructuras defensivas medievales y las reformas del XVIII. Y por ello también el mantenimiento de restos de alicatados, cuadros de luces y soportes de canalones. No son chapuzas o resultado de las prisas sino el testimonio del siglo XX en el castillo. Quizá falta dejar constancia de ello en los paneles informativos.
Pero a pesar de lo satisfactorio de la restauración del castillo, la oveja negra reside en los jardines. La Comisión de Patrimonio consideró la necesidad de levantar el parque en aquellos espacios que suponían un peligro para la muralla. Pero olvidaron dotar a la intervención de un criterio integral. En toda excavación de cierto calado es preceptivo dejar una reserva arqueológica que sea testimonio de la cota última del suelo y que, principalmente, preserve los sectores con potencial arqueológico ante una excavación agresiva que no disponga de los medios materiales o profesionales más adecuados que garanticen sacar a la luz los restos con éxito. Dicho de otra manera, si no es posible escavar con garantías, mejor no escavar. Pero en el parque del castillo se ha producido un error de concepto. La reserva arqueológica resulta total y absolutamente excesiva. En este caso, como así ha sido en el propio castillo, se hubiera podido realizar una excavación absolutamente ambiciosa con todas las garantías, que hubiera levantado los jardines en su totalidad y que hubiese aportado datos de extraordinario interés al urbanismo e historia de la ciudad. En cien años no tendremos otra oportunidad como esta para desentrañar el núcleo originario de nuestra ciudad, que aún se esconde bajo los jardines. En efecto, una oportunidad de oro arrojada por la borda por una temerosa, interesada o paleta falta de ambición.
El grado de satisfacción general de la intervención en el castillo será algo que habrá que valorar con el tiempo. El abultado número de visitas a su apertura ha sido elocuente. Pero también habrá que considerar su capacidad real de atracción como elemento turístico de primer orden en la ciudad y fundamentalmente su vinculación efectiva al proyecto de centro de arte de la obra de Baltasar Lobo. Veremos.
Rafael Ángel García Lozano
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