Un año más se ha publicado la clasificación de las 200 mejores universidades del mundo realizado por la revista británica Times Higher Education y en el puesto 171 aparece la Universidad de Barcelona, la única española de este grupo selecto. No ha sido una sorpresa porque lleva mucho tiempo sucediendo lo mismo. Otro dato importante es el escaso número de trabajos publicados en revistas de prestigio internacional por investigadores españoles. Si uno solo escucha lo que dicen los políticos, los discursos que pronuncian los rectores y los comentarios de los catedráticos o profesores, muchos ciudadanos podrían pensar que la situación de nuestra universidad es más boyante que esta cruda realidad. Muchas veces se agarran a un prestigio histórico ya lejano que no tiene nada que ver con el nivel de calidad en su función. La realidad es como es y no como uno se la quiere imaginar.
Hace poco un catedrático de Filosofía decía al hablar del Plan Bolonia que eso de entrar en la clase, explicar e irse se ha acabado. Que era necesario un cambio de mentalidad en los profesores y también en los alumnos. Que en la universidad española aun perviven espacios medievales en el sentido del mantenimiento de privilegios estamentales. Que hay profesores que hacen y deshacen en sus departamentos como si fuesen dioses. Que muchas veces se quedan a su sombra los peores esperando el momento de recibir el premio al servilismo de tantos años. Que cuando viene gente preparada, que ha trabajado en el extranjero y con prestigio reconocido, su principal enemigo lo tienen dentro.
Nadie duda que existen buenas universidades en España, con personal competente y reconocido en el extranjero pero no basta para elevar el nivel medio-bajo que tienen en una evaluación comparada. Personalmente mi paso por la Universidad, al igual que sucedió con mis hijos, no dejó ninguna huella especial salvo contadas excepciones.
Una de las características que tienen las mejores universidades es que en ellas trabajan lo mejores investigadores, compitiendo entre ellos, sin preocuparse de su origen, sin pedirles homologaciones ni convalidaciones además de ofrecerles buenas condiciones de vida y de trabajo, con medios y apoyo para desarrollar su potencial y que su tiempo no se pierda en inútiles burocracias. Los resultados confirman plenamente esta política y, allí donde los estudiantes pueden elegir universidad libremente y con información, escogen universidades que siguen estas pautas generales.
Se habla mucho de la necesidad de buscar un nuevo modelo productivo nacional apoyado en la I+D+i, que empieza su camino siempre en la Universidad, contando con la implicación real de las empresas pero esta cantinela ya la hemos escuchado muchas veces y los progresos obtenidos son más parcos que las palabras utilizadas. Buenos días y buena suerte.
Antonio
Gallego