El despertar del gigante
 
 

Nos da que pensar y nos preguntamos qué sucederá con la recuperación del Castillo, un gigante que parece surgido de las sombras después de un largo sueño, y como contagiados por el acontecimiento nos empezamos a mostrar inquietos ciudadanos de toda clase y condición con el nuevo y vetusto personaje que de repente ha entrado en escena.

Y participando de esta inquietud de pronto piedras, construcciones que parecían consagradas por usos seculares y bendecidas por la tradición demuestran una inesperada hostilidad, frente a interpretaciones que parece que manchaban su particular memoria histórica. Ahí tenemos el Portillo de la Traición, que de ahora en adelante ya no ostentará el deshonroso título que nos empañaba el orgullo a los zamoranos con tamaña infamia. A partir de ahora podremos pasar por ella sin agachar la cerviz de los culpables.

Y lo mismo pasa con el pequeño edificio del Laboratorio, en las inmediaciones del Portillo citado, que no se entiende cómo se pudo colar como un intruso en un espacio público tan principal de la ciudad. Seguramente las autoridades pensaron que los perros, aun en su papel de pacientes achacosos, no debían de alejarse de los juegos infantiles. Después, el edificio ha servido como un cajón de sastre, eso sí, para usos digamos marginales y a tono con su pobre arquitectura. Pero llega a mis oídos que también este edificio quiere saltarse el pobre escalafón que le limita y venir a convertirse en un Museo de la Educación, o en su defecto, un museo más de escultura. Todo ello es posible porque hasta la novia menos agraciada bien adornada puede llegar a brillar como una princesa. Pero es un tema peliagudo el de cómo exponer en un museo los temas complejos que componen la Educación.

Me viene a la memoria la observación de un teórico en que para resaltar las limitaciones de representación que tiene la pintura afirmaba que el cuadro de la «Escuela de Atenas», obra del pintor italiano Rafael, en la que figuran tres colosos del saber humano, permanece callado ante cualquier pregunta e incapaz de dar explicación alguna, a pesar de tanto conocimiento reunido. Supongamos que para el caso de un museo de la Educación se utilizasen los medios de representación más realistas, como figuras que reprodujesen un aula con sus alumnos y el maestro con el puntero junto al encerado. Lo mismo que en el cuadro de Rafael, la clase iba a permanecer siempre callada, a prueba de cualquier provocación ¡Qué diferencia con la realidad! La memoria propia nos iba a corregir rápidamente porque sólo volverse el profesor de cara a la pizarra se desata toda una lluvia de proyectiles cruzando la clase hasta que un primer impacto rompe el silencio y con ello se liquida la aparente paz y se abre paso la zozobra por la incierta reacción del profesor, que se vuelve con una cara descompuesta para descargar su ira de forma imprevisible. Al fin todo acaba como una nube de verano que se disuelve traspasada por un rayo de sol gratificador que inicia un nuevo tiempo de concordia. Y materias escolares, estrategias juveniles, política del maestro, todo ello y más, es parte de la Educación.

¿Todo un Museo para revivir estas horas, días, años de inquietudes infantiles o de mozalbetes ya maduros? Ojalá fuera posible pero yo me quedaría expectante y cercanoEl despertar del gigante al calor de una memoria, madre bondadosa, que no podrá sustituir ningún museo. Creo que nadie en esta ciudad se ha podido sustraer al hechizo nacido de estas ruinas en trance de estreno, y ello ha venido a despertar fantasías que guardábamos olvidadas en los libros de cuentos ahora arrinconados en oscuros trasteros. Porque se nos ha revelado lo cerca que tenemos ese pasado lejano, que participaba en historias reales y en otras de pura ficción. Nos hemos imaginado que era posible poder recuperar escenarios en donde transcurrió una época heroica como la vemos descrita en las gestas del romancero y que han dado vida a las películas de ambiente medieval. Porque el inicio de ciudad que fue y que imaginamos está ahí, a cinco metros bajo tierra. Y no se necesita mucha imaginación para recomponer el conjunto que yace enterrado bajo capas de escombros. Ahí están los dos colosos, castillo y catedral, enfrentados de poder a poder y presidiendo un espacio de ciudadela encerrada entre unas altas murallas almenadas.

Ellas vendrían a compactar más este medido espacio bien protegido de los proyectiles lanzados por los infieles y de los inclementes vientos de la llanura. A su vez era un espacio que servía de mercado, plaza y mentidero, éste asentado en la escalinata de acceso a la Catedral. No se ha considerado la posibilidad de hacer realidad éstas y otras fantasías, porque ello suena a más propio de mentes infantiles y la sola declaración de estas líneas escritas despertará probablemente algún gesto de incredulidad. Pero el levantamiento de alfombra que ha venido a ser la excavación que se hizo junto al foso ha demostrado que lo que encierra el subsuelo no está nada alejado de lo que hemos podido soñar algunos en estos días.

En fin, esta puesta a punto de las obras del nuevo Castillo ha venido a actuar como una sacudida que ha venido a convertirlas en un momento fundacional de la historia de nuestra ciudad.

Hemos despertado a un gigante que espera a lo que decidamos. ¿Seremos capaces de echarlo a andar?

ANTONIO VILORIA


 
 
 
 
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