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Como tenemos a este gigante que es el Castillo a la espera del acontecimiento que va a dar un vuelco a su vida (y a la de muchos zamoranos), le doy ánimos para que abandone su mutismo milenario y acceda a revelar secretos guardados entre sus piedras. Estoy seguro que tiene que saber cosas que ni los más viejos pueden imaginar.
Con su presencia la ciudad puede imaginarse que ha perdido tamaño, después del paso tan breve de tantas generaciones, y es que se borran las huellas dejadas en tantos viejos edificios. Ahora parecen cobrar nuevo protagonismo y adquieren sentido las arquitecturas que han venido a dar forma y entidad a la ciudad. Porque la virtud que posee el coloso, nuestro Castillo, es el de hacer familiares piedras que antes no habíamos sentido tan cercanas, y que nos dan la clave para llegar a entender recintos antes reservados u olvidados.
Ahora recupero la visión que tenía de niño, del atrio de la Catedral. No puedo describir el efecto que ejercía esta arquitectura, con una mezcla de reverencia y admiración, pues aunque no es de estilo románico, el más valorado en la ciudad, poseía un hechizo como si ello fuese un regalo que la Iglesia concedía en ausencia del objeto sublime que representaba el propio Vaticano. Nadie ponderaba el pórtico, pero yo sentía su acción benéfica, y así cuando me acercaba a la Catedral, el pórtico renacentista me señalaba un espacio solemne y monumental comparable al que representaban los brazos abiertos de la columnata de Bernini en Roma. Ahora le sigo guardando mi antiguo afecto, una vez que entendí el papel didáctico que representó su arquitectura, que vino a subrayar el eje principal del monumento con respecto a la ciudad.
Otras piedras que tenían un efecto mágico sobre mí eran los arcos arbotantes que hay entre la iglesia de San Ildefonso y las Marinas. Yo estaba convencido de que aquello eran un trasunto copiado de una calle de Jerusalén, pues así lo había visto reproducido en una estampa. Cuántas resonancias tenía el nombre de esta ciudad, que era la imagen de la Jerusalén celestial prometida y que sería el premio de los justos.
Otro espacio que tenía un poder especial, reservado sólo para los días de Jueves Santo, era el claustro de la Catedral, lleno a rebosar de los cofrades que convertían aquel recinto en una especie de romería, pero que a nosotros nos permitían jugar y correr, lo que no era lo habitual en este recinto sagrado. Pero fuera de este día de Semana Santa el estilo herreriano del claustro imponía su gesto de severidad, lo que era suficiente para que percibiésemos las distancias y buscásemos otros espacios más acogedores.
Como es patente en todas las vivencias que he señalado como ejemplo, el componente sagrado teñía toda las actividades cotidianas de la ciudad, tal como venía ya inducida desde las piedras de sus Monumentos. Si a estos les estaban reservadas las notas principales de emoción religiosa, ésta se completaba con las orquestaciones que representaban las abundantes capillas conventuales, con unos retablos barrocos que un niño no era capaz de dominar en un recorrido visual por los múltiples reflejos dorados que estallaban en el relámpago de la Forma sagrada.
A este carácter de los espacios y escenarios urbanos cargados de citas y alusiones de la verdadera fe, le daban vida y hacían real su práctica unos guardianes celosos que interpretaban la ortodoxia y se esforzaban en aplicarla.
Como el espíritu religioso era un sentimiento que inundaba todos los aspectos de la vida, eso se notaba en actividades no estrictamente religiosas como las referidas al aspecto formal de la ciudad, y así esta también daba un testimonio acorde con el ejemplo de la fe verdadera.
Como ejemplo, recuerdo cuando se construyó una clínica en la parte antigua de la ciudad; era un bonito diseño pero demasiado moderno y rompía con el carácter de la zona... Don Amando, insigne y alto canónigo, lanza sus críticas desde el púlpito y el periódico local. Y al final, el edificio tiene que sufrir una adaptación para que guardase los patrones tradicionales del entorno y eso aun contando con que su autor era el propio arquitecto municipal.
Otro caso fue cuando Fraga Iribarne vino a Zamora para interesarse por el edificio del Hospicio, que estaba en muy malas condiciones. y que intentaba trasformar en Parador. Qué escándalo representó para otro canónigo el que un edificio vetusto, de gentes nobles, fuese a ser convertido en un lugar que iba a tener como finalidad una actividad de tipo económico, de puro negocio. Alguien dijo que, por este camino, esto iba a convertirse en Rusia.
Esta ciudad, como era patente, estaba marcada por rasgos propios y principalmente de carácter sagrado A la vista del deterioro que ha sufrido esta ciudad ahora laicizada, tal vez añoremos la acción de una Iglesia más implicada en la ciudad, como lo fue en la Italia del Renacimiento.
Un último sucedido. Un comercio importante de la ciudad pone en sus escaparates una pierna (femenina), silueteada en una chapa recortada y que aparecía enfundada con una media. (Las medias eran un artículo de lujo y uno de los artículos de contrabando más preciados). Un cura levanta el grito de alarma por el escándalo y desde las páginas de la prensa lanza sus anatemas. Los chicos jóvenes, siempre tan curiosos, fuimos corriendo a ver la famosa pierna !Qué decepción, ni mirando por la derecha, ni por la izquierda, aquello no tenía nada de sugerente! Lo más que podías lograr era en insistir en las miradas, sin que la pierna se ofendiese.
Después de cincuenta años de este suceso, pienso que este se merecía una interpretación de más elevada entidad. Y es que, partiendo de los tratadistas clásicos del Renacimiento, la Escultura debía reservarse para inmortalizar la figura humana, reduciéndose su acción a la que le permitan sus diversas posturas, mientras que la acción histórica se debía reservar a la pintura porque esta puede narrar sucesivos episodios que dan cuenta del desarrollo de la acción en un espacio y tiempo contíguos.
A partir de este precepto artístico se entiende la reacción del cura ofendido, pues lo que en realidad demandaba era que en la superficie plana que figuraba ser la pierna no cabían otros asuntos que los propios de la Historia. Y la Historia era un tema que reclamaba y que no se la podía dejar a la intemperie visual de un escaparate de comercio.
No sé si al gigante de nuestras querencias le pueden perturbar todas estas historietas y que por la virtud de su estrenada nueva presencia han saltado en el recuerdo. Y es que este gigante, con tantos siglos a cuestas, no es extraño que esté de vuelta de todo.
ANTONIO VILORIA
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