Un derribo improcedente: la capilla del Hospital Provincial
 
 

A finales de junio pasado la Consejería de Sanidad de la Junta de Castilla y León presentaba al público el proyecto de reforma del Hospital Provincial de Zamora. Para ser exactos, más que de una simple reforma se trata más bien de un proyecto para la nueva construcción de una dotación sanitaria, absolutamente necesaria para paliar, en alguna medida, las escasas infraestructuras hospitalarias en la provincia. Con este nuevo edificio tendremos en algo más de cuatro años un nuevo hospital, después de que sean invertidos casi 30 millones de euros.

La historia de este hospital se retrotrae al antiguo Colegio-Orfanato “Nuestra Señora del Tránsito” de la Beneficencia Provincial. En plena construcción del edificio, la Diputación suspende el proyecto primigenio con destino a hospicio para que sea utilizado como hospital provincial. Ello supone realizar sobre la marcha unas obras de adaptación, que, como es normal ante la falta de planificación, se limitaron a la reforma de la distribución interior. Corría el año 1955. Tal como cuentan las Memorias de obra, la disposición alargada y poca altura del edificio hacía larga, incómoda y poco eficaz la circulación. Este estado de cosas aconsejó acometer la construcción de un nuevo hospital en un edificio de nueva planta proyectado para tal fin. Dacio Pinilla Olea, Antonio Viloria y Julián Gutiérrez de la Cuesta firman en julio de 1965 el Proyecto de Hospital “Rodríguez Chamorro” sobre el que llevaban trabajando tras una primera propuesta de noviembre del año anterior. El proyecto se verá modificado por una serie de mejoras que darán lugar a su firma en octubre de 1968 como Proyecto Reformado. El 28 de octubre de 1970 el hospital es inaugurado oficialmente.

Con el anuncio de la construcción del nuevo hospital a principios de este verano supimos que su ejecución iba a conllevar el derribo de prácticamente la totalidad delUn derribo improcedente: la capilla del Hospital Provincial. Rafael Ángel García edificio actual. Si bien la arquitectura del Rodríguez Chamorro ha servido funcionalmente para su uso durante estos años, parece que con él va a desaparecer también una arquitectura de singularísima relevancia como es su capilla. Adosada al cuerpo de entrada del edificio principal, compositivamente la capilla mantiene su propia autonomía al estar conectada con el conjunto por su extremo suroriental, circunstancia que la deja prácticamente exenta en todo su perímetro. Concebida a partir de cuatro cuerpos –aunque, curiosamente, solo aparecen tres en todos los proyectos- tiene forma de quilla de barco que enfatiza la direccionalidad del espacio hacia el altar, potenciada además por los muros convergentes, el escalonamiento ascendente del techo y las entradas de luz traseras y laterales que bañan el presbiterio de forma no visible desde la nave. Construida en ladrillo macizo a cara vista por ambos lados, solamente un detalle en piedra caliza en el frente y el zócalo rompen la unidad material. La escueta torre proyectada, coronada por una cruz en clara manifestación icónica, no fue finalmente ejecutada.

Esta capilla, que por sus dimensiones y concepción tiene pleno estatuto de iglesia, encarna los postulados que hicieron posible en los años sesenta y setenta la aparición en España de una nueva tipología religiosa a partir de las nuevas concepciones litúrgicas, la necesidad de crear lugares sagrados verdaderamente modernos y la voluntad decidida de construir desde un nuevo lenguaje arquitectónico. La experimentación de nuevas formas, la esencialidad y sobriedad material, el protagonismo indiscutible del despojamiento y la sencillez arquitectónica y el recurso a la sugerencia articularon la arquitectura religiosa de esas décadas. Una nueva concepción de la arquitectura religiosa era ya irreversible. En Zamora estos principios se concretan única y exclusivamente en la capilla del hospital provincial. Dejarla perder es renunciar al único ejemplo de esta tipología arquitectónica en nuestra ciudad.

La planimetría del nuevo hospital proyectado por Cristina Tremiño no deja dudas de que el espacio actualmente ocupado por la capilla será parte de un mero y simple aparcamiento. Ciertamente la arquitectura de ladrillo de la capilla contrasta con las trazas del nuevo hospital, pero su integración -coexistencia mejor dicho- es el reto al que un óptimo arquitecto debe y desea enfrentarse. No es momento de juzgar la oportunidad de mantener o no su uso sacro, sino la necesidad de preservar esta capilla como singular y único ejemplo, además de sobradamente digno, de la arquitectura religiosa contemporánea en nuestra ciudad. Si los años sesenta y setenta no nos legaron ninguna iglesia más, sería incoherente renunciar a ello en el inicio del siglo XXI, además de perpetuar la fea costumbre de no valorar suficientemente un patrimonio que años más tarde descubrimos y reconocemos como irrenunciable.

Rafael Ángel García Lozano


 
 
 
 
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