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En
estos días, miles de firmas recogidas en la trilogía
provincial de la despoblación, Soria, Zamora y Teruel,
se han unido en esta última ciudad para reivindicar
ante la Europa del Capital el derecho a vivir en el lugar
donde se nace. Mientras, en la frontera sur de la opulencia,
al norte del Africa hambrienta, los extranjeros mueren intentando
atravesar las alambradas de espino y los muros de cemento,
reivindicando el derecho a vivir, que comienza por el más
elemental derecho a comer para subsistir.
Mientras el interior de la España pobre se despuebla
en un éxodo que comenzó a la vez que el desarrollo
industrial de otras zonas, miles de negros llamados eufemísticamente
subsaharianos constituyen la vanguardia de millones de seres
humanos que en el continente africano sufren la Pobreza
con mayúsculas.
La lucha contra la pobreza que el presidente del gobierno
actual proclamó y el rey de España asumió
como propia entre aplausos en la sede de la bien nutrida
ONU, tiene su
paradójica plasmación en el envío del
ejército español a las fronteras de Ceuta
y Melilla para protegernos de la avalancha de hombres, mujeres
y niños hambrientos que arriesgan su vida por el
derecho a vivir.
Luchamos contra la pobreza a golpes y a tiros contra los
hambrientos. Los muertos tienen "hambre cero".
Objetivo conseguido. Los medios de comunicación se
hacen eco estos días de la gran tragedia que para
España supone la aprobación del Estatuto catalán,
y con él la amenaza de marcar diferencias que puedan
trazar en un futuro nuevas fronteras políticas que
segreguen una parcela de terreno y sus gentes de la denominada
desde hace más o menos años España.
El debate sobre la "nación" acapara el
interés de los bien nutridos españoles que
temen que los mejor financiados catalanes se constituyan
en estado independiente tras considerar su tierra tan nación
como la española.
Sin embargo, miles de subsaharianos sin más identidad
nacional que el hambre que los une, saltan las barreras
que la nación española ha levantado a seis
metros del suelo de Africa para evitar que la despoblada
España y la envejecida Europa se llenen de bárbaros
dispuestos a morir para poder vivir. ¿Sabemos de
qué nación proceden? ¿Saben a qué
nación se dirigen los hambrientos?
La guerra contra el terrorismo internacional y la alternativa
alianza de civilizaciones, que como dos caras de la misma
moneda pretenden comprar la seguridad de las sociedades
hiperdesarrolladas, se olvidan de la denigrada lucha de
clases que intentaba unir a todos los seres humanos que
en cualquier lugar del mundo sufrían la opresión
de los dueños de la riqueza, dueños de las
manos que trabajan, dueños de los
alimentos que sacian el hambre.
Nada tiene que ver la religión musulmana con las
bombas que los así llamados nos ponen, igual que
no pretenden los terroristas islámicos matarnos por
ser cristianos. Si así fuera, apenas tendrían
objetivos a los que destruir, porque llamar a nuestra sociedad
"cristiana" debería ser una herejía.
No hay distintas civilizaciones contra las que luchar o
con las que buscar alianzas. Los jeques árabes, fundamentalistas
islámicos, que niegan los derechos de la mujer como
los señores de la guerra de Afganistán, son
bien recibidos en nuestra civilización, que no se
escandaliza porque vengan acompañados de un harén,
pese a hacerlo porque dos personas del mismo sexo se casen.
No causan ningún problema a nuestra civilización
y nos entendemos perfectamente con ellos porque tienen petróleo
aunque no democracia. Porque sencillamente, son ricos. Tampoco
se les cierran las fronteras, pese a su diferente cultura,
porque el dólar es la única civilización
y el capitalismo la única ideología.
Por eso para los parias de la tierra, cualquiera que sea
su civilización, su religión, su cultura,
se levantan muros y se enfrentan ejércitos para proteger
las fronteras del hambre, como si ésta fuera una
enfermedad contagiosa que puede acabar con nuestra parcelita
de bienestar y nuestro trabajo basura. El problema no es
de civilizaciones diferentes, sino de clases diferentes.
Y si no les gusta ese nombre: de pobres y ricos, y del miedo
de éstos a que los pobres comiencen a unirse en todo
el mundo pidiendo primero el derecho a comer y después
el derecho a vivir.
Hoy no tengo ganas de hablar sobre los Presupuestos del
Estado y cómo afectan a esta mi pequeña tierra
donde cada vez somos menos y pedimos el derecho a quedarnos
en el lugar que nos vio nacer. Mucho menos de hacerlo sobre
los que se creen tan diferentes que brindan con cava porque
han conseguido un poco más de autogobierno, ¡que
sean felices con su "salut"!
Hoy me voy por la tangente hasta tocar las manos cortadas
por las alambradas de las fronteras de mi nación
y los muertos por las balas perdidas del ejército
nacional que
me protege allá por el sur, donde empieza la gran
extensión del continente africano.
Mi tierra chica me parece más chica todavía,
pero en ella hay sitio para que los que no tienen el derecho
a vivir donde nacieron puedan quedarse y luchar con nosotros
contra la despoblación.
Laura
Rivera Carnicero.
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