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Oí
esta fórmula -pensamiento del interior- hace
años en una entrevista que mantenían en la
radio, en la Cadena SER, con el Presidente de Aragón,
Marcelino Iglesias; fue una frase casi sin contexto: yo
no estaba oyendo la entrevista y se terminó al poco
tiempo de haberla encontrado, no recuerdo más; supongo
que hablaban del trasvase del Ebro y él trataba de
fundamentar sus ideas en una visión más amplia.
Me llamó por un momento la atención, pero
tampoco me fijé demasiado. Fue unos días después,
en un viaje por la provincia de Cuenca, cuando la fórmula
cristalizó en mi cabeza y se hizo en ella un lugar.
Era una pequeña comarca, el Campichuelo, entre la
Alcarria y la Serranía; íbamos por carreteras
secundarias, casi interrumpidas por los baches, a Ribatajada,
un pueblo minúsculo. Situado en la ladera de un cerro,
se agrupan las casas bajo una antigua iglesia románica,
de un románico pobre y escueto, con su sencillo arco
sobre la puerta principal, su torre de severas piedras;
apenas algunos chopos junto al río seco, calles deslavazadas
y un paisaje áspero, como de piedras a medio deshacer;
ni siquiera hay un bar. Tuve la sensación, que con
frecuencia producen estos lugares, de esto no existe,
está fuera del mundo; pero era a la vez un lugar
conocido, estaba en Valladolid, en Zamora, en León,
en Salamanca, en Soria, en Burgos, en Palencia. Y recordé
aquello del pensamiento del interior. La naturaleza
y la historia. La historia del pasado y la historia del
presente. La imposibilidad de la vida y las condiciones
de su posibilidad. Vi algo que ya sabía, pero que
allí se hizo visión: hay en España
un interior y una periferia que abordan de manera
muy diferente esas contraposiciones; las dos Castillas,
Aragón y Extremadura comparten el mismo espacio,
podríamos pensar todas esas tierras juntas como una
manera de pensarnos a nosotros mismos. Quizá también
había en ello una necesidad personal: vallisoletano
que vive hace años en Toledo, encontraría
para mí una especie de hilo conductor. Se me ocurrió
investigar un poco a quien me había precedido en
el uso de la fórmula; pero confieso que, al menos
en internet, no encontré más que los consabidos
discursos de un político actual, ninguna rendija
para aquel pensamiento. En parte, tal vez es mejor:
queda más disponible para que le demos vueltas esta
tarde aquí.
No traigo, pues, ninguna propuesta cerrada bajo el título;
apenas, la intención de apuntar en voz alta unas
cuantas notas, esbozos fragmentarios, direcciones en las
que sería posible moverse
con la idea de buscar
modos de pensarnos a nosotros mismos, habitantes del interior.
Tampoco me refiero a cualquier pensamiento que se
ocupe de esto, sino a uno que tenga energía crítica
y permita promover cambios; que, sirviendo para reconocernos,
nos empujara también hacia lo que querríamos
ser y no somos. Y propondré -aun de ese modo voluntariamente
poco articulado- elementos en torno a los que se podría
constituir. Pero esta manera abierta y no conclusiva de
exponer significa igualmente que no me parece necesaria
la coincidencia de opiniones, sino más bien dibujar
un marco para el debate, para el intercambio como motor
de esa búsqueda, en cuya necesidad creo que sí
podremos coincidir.
En la nota informativa que presentaba este ciclo, había
una alusión a la fama que tenemos los castellanos
de ser sumisos, atribuyéndolo al papel dominante
de la tradición y haciendo una llamada al cambio:
"No todo entre nosotros es culto al pasado, conformidad
ni servidumbre a esa fatalidad que es seguir el curso ciego
de eso que se denomina tradición".
Estando de acuerdo con su sentido, algo me inquieta en estas
frases. Se me ocurre que, antes de seguir hablando de tradición,
podría ser útil leer -por ejemplo- las páginas
que dedica la Guía espiritual de Castilla,
de Jiménez Lozano, a la figura de los hebraístas
castellanos del XVI: "Luis de León, un manchego
o castellano nuevo, de Belmonte (Cuenca); un andaluz de
Granada que enseñó en la Universidad de Osuna:
Alonso de Gudiel, y dos castellanos viejos: Martín
Martínez de Cantalapiedra, nacido en el pueblo de
este nombre, de Salamanca, y Gaspar de Grajal, natural de
Villalón de Campos"(1)
. Glosa su figura y su obra, y termina relatando el proceso
a que les sometió la Inquisición y su encarcelamiento
en Valladolid en 1572. En la cárcel le dejaron morir
desangrado a Gudiel, de las sarnas y llagas contraídas
por la suciedad y la humedad; y allí también
murió Grajal. Martín Martínez y Luis
de León enfermaron ya para siempre de melancolía.
Los dos muertos fueron enterrados a escondidas: uno en la
iglesia de San Pedro; el otro, en el rincón de un
corral, donde hoy empieza la céntrica Acera de Recoletos.
¿De qué tradición hablábamos:
de la de los inquisidores o de la de los hebraístas?,
¿debo asumir la herencia de esa cárcel ominosa
en mi ciudad, o por el contrario debo rendir culto a esos
lugares secretos de sepultura?
Parecidas preguntas podríamos hacernos -sin salir
de la misma época- si leemos la magna obra de Melquiades
Andrés Martín, Los recogidos(2)
, epopeya del asombroso movimiento de espiritualidad que,
con insospechas raíces populares y renovadoras, atravesó
las dos Castillas desde finales del siglo XV y fue perseguido
hasta el ensañamiento. O si nos acercamos al Teresa
de Jesús, de Olvido García Valdés(3)
, y a su vívido relato de un memorable fracaso. Y
es que la llamada tradición se manifiesta
como una línea sin conflictos, como un espacio común
de transmisión histórica, sólo gracias
a su momificación, a su falseamiento, a su apropiación
por una ortodoxia que consigue que la percibamos como natural
y ya no sometida a crítica. Así, acostumbrados
como estamos a la fórmula Siglo de Oro que
todo lo abarca y ennoblece, no deberíamos olvidar
que lo más decisivo de nuestra tradición clásica
está cuajado de hombres y mujeres encarcelados, desterrados
y perseguidos de uno u otro modo: Fernando de Rojas, Garcilaso
de la Vega, Juan de Valdés, Teresa de Jesús,
Luis de León, Juan de la Cruz, Cervantes, Villamediana
e incluso Quevedo, quien tantas veces estuvo del lado de
los verdugos. Nuestra época clásica se asienta
en una organizada y masiva persecución del pensamiento;
nuestros clásicos componen una larga cuerda de presos.
¿De qué tradición hablamos entonces?
Decía Unamuno: "Apena leer trabajos de historia
en que se llama glorias a nuestras mayores vergüenzas,
a las glorias de que purgamos (
). Mientras
no sea la historia una confesión de un examen de
conciencia, (
) no habrá salvación para
nosotros"(4). Y en esa
denuncia se advierte otra forma de tradición, la
de una mirada crítica que ya operaba en su raíz:
la de Valle-Inclán o Cernuda, la de Américo
Castro, la de -hay que recordarlo- Miguel de Cervantes,
ahora que se dice leer tanto El Quijote. La tradición
no es, desde esta perspectiva, ni un "curso ciego"
ni una "fatalidad"; sólo lo sería
desde la sumisión. Para un pensamiento crítico,
la tradición es el escenario de los conflictos del
presente, donde es posible impugnar las ideas muertas que
se reclaman del "sentido común", que obstruyen
cualquier cambio o giro al servicio de los mecanismos sociales
de poder.
Creo que el pensamiento del interior empieza por
este camino. No parece fácil pensarnos a nosotros
mismos sin pensar a la vez lo histórico, el pasado.
Aquella iglesia románica en medio de la desolación
de Ribatajada nos obliga, como cualquier iglesia diminuta
del románico palentino. Ese paisaje tan conocido
implica cierta clase de temporalidad y produce, en su seno,
una síntesis entre las preguntas acerca de la naturaleza
y las preguntas acerca de la historia. Mirar hacia fuera
es entonces ver derramarse el tiempo, tomar a la vez la
belleza y la ruina, la vida y la extrema sequedad, lo propio
y lo irreparablemente ajeno.
Pensarnos a nosotros mismos quizá empieza por reconocernos,
por ejemplo, en aquellas gentes del XVI: quienes nos empezaron
a construir mientras eran ellos mismos destruidos, nuestros
clásicos de la cárcel y el fracaso, clásicos
disidentes, derrotados como aquellos que celebramos en el
Día de Castilla y León, en las eras de Villalar.
Pensarnos empieza -creo- por negar la aparente "naturalidad",
la neutralidad de los discursos oficiales, la historia pacificada;
por negar que somos así como dicen, que siempre
hayamos sido así.
Uno de los momentos de mayor agudeza que alcanza Valle-Inclán
en su hoy clásica Luces de bohemia, es cuando
Max Estrella resume su desesperación exclamando:
"La Leyenda Negra, en estos días menguados,
es la Historia de España"(5).
De este modo, trata de asumir los tópicos negativos
que se han acuñado en la crítica al país
hecha desde fuera, evitando la simpleza de defenderse de
ellos como por automatismo y convirtiéndolos en instrumentos
de la propia autocrítica. Estamos acostumbrados a
ciertos tópicos negativos sobre Castilla, que reflejan
aridez del carácter, pasividad o estancamiento; pero
siempre se encuentra forma de paliarlos o disimularlos en
la afirmación paralela de una grandeza, de un recurso
al paisaje o a las raíces: es la fórmula con
que hemos creído asimilar a Machado o Unamuno, después
de limarlos, de quitarles el filo -que lo tenían:
"Castilla miserable, ayer dominadora, / envuelta en
sus andrajos, desprecia cuanto ignora"(6).
Y es preciso volver a los juicios negativos, con la idea
de examinar en qué razones se basan, qué vías
ofrecen para la reflexión.
Sigo, pues, un momento aún con Valle-Inclán.
Su imagen de Castilla fue siempre extremadamente dura, en
la línea de una tradición gallega que produjo
los terribles denuestos de Rosalía: "Permita
Dios, castellanos, / castellanos que aborrezo, / que antes
os gallegos morran / que ir a pedirvos sustento. / (
)
En verdad non hai, Castilla, / nada como ti tan feio, /
que aínda mellor que Castilla / valera decir inferno"(7).
Así, en obras de Valle como Cuento de abril,
lo castellano representa lo más negro de las ideologías
que niegan la vida: la intolerancia religiosa y la violencia
militarista y machista, frente a la apertura y modernidad
cifradas en lo provenzal. En La lámpara maravillosa,
evoca la "impresión de polvo, de vejez y muerte
que exhalan las ruinas de Toledo", y añade:
"las ciudades castellanas son deleznables y sórdidas
como esos pináculos de calaveras que se desmoronan
en los osarios. Ciudades amarillas, calcinadas y desencantadas,
recuerdan el todo vanidad de las cosas humanas"(8).
Pero me interesa de él, sobre todo, el diagnóstico
sobre las causas de ese estado. Lo encuentro en una entrevista
de 1911, cuyas palabras son calificadas por su interlocutor
como un "sincero lamentar por la suerte de Castilla";
entre otras cosas decía: "Castilla parece muerta;
el centralismo absorbente destruyó sus iniciativas
y aniquiló sus fuerzas, y siempre sufrió el
castigo resignada, sin querer sacudir su debilidad y abatimiento".
Bien, sabemos que no fue siempre así; pero
sigamos un poco más su argumentación: "Un
funesto triángulo apoyaba los vértices antiguamente
sobre Burgos, Valladolid y Medina, las tres ciudades de
cortesanía y mentira. En ellas el Poder central imperaba.
(
) Las ciudades del litoral pudieron salvarse; eran
muchas las jornadas que separaban la Corte de Navarra, Cataluña
y Valencia, y este alejamiento fue el que pudo, en parte,
inmunizarlas del mal"(9).
Más allá de lo concreto de las interpretaciones
históricas, que pueden compartirse o no, importa
que el origen de la destrucción de Castilla se relacione
con su cercanía al poder central, con la explotación
de sus fuerzas por él y la especial intensidad de
su represión.
Trasladándolo a los términos de los debates
actuales, siempre he pensado que de todos los nacionalismos
en conflicto el que perjudica realmente a los habitantes
del interior es el nacionalismo español. La
concepción de España en que éste se
basa hace de las gentes del interior una fuerza de
choque alimentada por coartadas ideológicas y por
un resentimiento socio-económico, generados -sin
embargo- por la construcción del mismo Estado al
que se profesa fidelidad. El resentimiento y la ideología
juntos generan el mito de unos enemigos falsos -los nacionalismos
periféricos-, que nunca nos causaron especial daño,
mientras -resentimiento e ideología juntos- amparan
a los poderes que secularmente nos reprimieron, explotaron
y empobrecieron, los que han dominado en el Estado español
más o menos desde su formación. Es curioso
que, para reivindicar la universalidad de nuestra lengua,
tengamos la tendencia de dejar de llamarla castellano
y afirmarla, alejándola de nosotros mismos, como
español; y entonces sólo obtenemos
quizá como resultado sentirnos desprotegidos, sin
nada que sea nuestro, íntimo, sin siquiera nuestra
lengua materna, el castellano que aprendimos de niños.
Presiento que, para podernos pensar, sería muy útil
dejar de considerarse el centro o núcleo de una entidad
superior, a cuya salud histórica sirviéramos
como abnegado instrumento. Prescindir de las mistificaciones
de ese orgullo, situarnos en otro lugar más acorde
con la verdadera situación. En vez de en el centro,
en un lado, como una periferia de la realidad, como un enorme
agujero negro en el mapa.
Mirando el mapa estos días, recordaba que muy cerca
de Ribatajada, en el Campichuelo, había otro pueblo
con iglesia románica llamado La Frontera. Se adivinan
de inmediato las circunstancias históricas de ese
nombre, en pleno desarrollo de la repoblación medieval;
pero sería imprudente no hacer más caso de
la literalidad de las palabras, siempre más sabias
de lo que creemos los hablantes. El interior como
frontera: es una idea que también ha evocado en ocasiones
Jiménez Lozano, cuyo pensamiento habitualmente conservador
se abre, sin embargo, en estas materias a la fecunda herencia
de Américo Castro; en páginas intensas sobre
San Baudelio de Berlanga o Santiago de Peñalba, sobre
la Moraña abulense y los místicos castellanos,
ha profundizado en el carácter fronterizo de la identidad
del interior: Castilla es Oriente, ha podido decir.
Me viene a la cabeza una anécdota personal: un recital
de flamenco al que asistí en León a mediados
de los años 80. Mi juventud antifranquista, saturada
del tópico andalucismo de trajes de volantes que
la televisión de la dictadura impulsaba, aborrecía
en su ignorancia todo lo que sonara a flamenco; aquel día,
empujado por mis amigos leoneses, me impresionó la
intensidad de Rafael Romero, el Gallina, aquella extraña
materialización del sublime romántico, un
cuerpo sonoro que rechazando cualquier sentido se convertía
en intimidad. El cantaor estaba sorprendido por la conexión
con el público; alguien le explicó que la
frontera del flamenco llegaba por el norte hasta León
capital.
Cuando Valle-Inclán calificaba tan duramente a las
ciudades castellanas, añadía un detalle entre
muchos: "sus claustros se desmoronan bajo el encalado
moruno". Y resulta llamativo que su adjetivación
desdeñosa de antes -"ciudades amarillas, calcinadas
y desencantadas"- coincida con el título de
un trabajo de Manuel Sierra, el pintor de Babia, a principios
de los 80; "Las ciudades amarillas" de Sierra
eran ciudades que traslucían un origen magrebí,
pero que -en su proceso hacia una abstracción en
marcha- se manifestaban como celebración de la vida,
como formas físicas de una alegría existencial.
Como si el mestizaje sugerido por Valle-Inclán pudiera
darle un giro al tiempo.
Cómo podemos sentirnos centro si nuestra constitución
es radicalmente mestiza, si nuestra tradición ancestral
está tejida por manos de judíos -Fernando
de Rojas, Luis de León, Teresa de Jesús, Cervantes-
y moriscos -Juan de la Cruz, y todas las personas anónimas
de uno y otro lado de las que procedemos. El pensamiento
del interior crece más vivo en esta conciencia de
mezcla, en este reconocimiento de una periferia, de una
frontera que nos atraviesa y cruzamos constantemente de
un lado a otro.
Escribía Claudio Rodríguez: "Bien sé
yo cómo luce / la flor por la Sanabria, / cerca de
Portugal"(10), y ya al
otro lado de la raya seguiría luciendo la misma flor.
Recuerdo una tarde de domingo en Vila Real, en el interior
de Tras-os-Montes, paseando hacia el bellísimo tajo
que rodea el cementerio, buscando imposiblemente un café
donde se pudiera estar un rato tranquilos para descansar
y leer, huyendo de la estridencia de una televisión
que gritaba los éxitos de los atletas fondistas portugueses
Esta frontera, tan próxima aquí en Zamora,
sirve de ejemplo: desequilibrarnos hacia ella, reconocer
en ese interior la misma vida, ver en la continuidad
con Portugal un modo de descentrar ese mapa que tanto
nos pesa y nos impide vernos.
Y también en el recuerdo de aquel domingo en Vila
Real, otra frontera de la que querría hablar: la
frontera interna de lo provinciano. Mientras la conciencia
de ser fronterizos, de estar situados en la periferia, de
proceder de una densa y compleja mezcla, funciona como mecanismo
de liberación, como fuente de pensamiento crítico,
lo provinciano es un límite definitivo, una mutilación.
El interior de la península está, como
sabemos, despoblado, su impulso económico apenas
ha producido ciudades medianas como Zaragoza o Valladolid
que no desbordan estos topes, y de ello procede una servidumbre
universal: ni castellana ni española, sino fruto
de un modo de existencia. Para que no se olvide este carácter,
recurro a la descripción que hace Yves Bonnefoy de
las violentas contradicciones de lo provinciano en su libro
sobre Rimbaud; está hablando de las Ardenas, de Charleville,
pero a la vez de un modelo que reconocemos bien: "Por
una parte, la soledad y la tierra, la presión de
los elementos y su duración taciturna, un mundo sustancial
en cuyo seno se puede vivir mudamente; y por otra parte,
el velo que ha cubierto esta original riqueza, una vida
social inmóvil y sin escapatorias, una palabra empobrecida
que falsifica el silencio, el dogmatismo de las comunidades
estrechas donde, en la mirada de cada uno sobre todos y
de todos sobre cada uno, pronto se degrada el espíritu"(11).
No parece necesario comentar lo que experimentamos diariamente.
Esto es lo en verdad inmóvil: lo provinciano. Ningún
pensamiento crítico cabe en su seno; para darse,
necesita una ruptura en su origen y no es posible transigir
en este punto, no es posible conciliar. Por eso, en vez
de adoptar una actitud de denuncia, que repetiría
lo que ya sabemos, querría evocar experiencias, historias
reales. Intuyo que la reciente intervención de Tomás
Sánchez Santiago sobre "una escritura desobediente"
ya proporcionó algunos relatos de esta clase de ruptura;
no vuelvo por eso al espacio de las vanguardias literarias
del interior, a trayectorias tan reveladoras como las de
Francisco Pino o Justo Alejo, los postistas en la Ciudad
Real de los años 40, la Oficina Poética Internacional
que inventó en Zaragoza Miguel Labordeta por los
mismos años, el grupo de Relieve en Valladolid
con el aliento de la policía en la espalda. Pero
sí propongo dos escenarios que confluyen con éstos
y acompañan la misma reflexión.
En el otoño de 2003, tuvo lugar en el Patio Herreriano
de Valladolid una exposición memorable: Ángeles
Santos, un mundo insólito en Valladolid. Recogía
la obra de la jovencísima Ángeles Santos durante
la estancia de su familia en esta ciudad entre 1927 y 1930,
evocando también su contexto: un momento intenso
y renovador, habitado por artistas y escritores, cuyo nombres
apenas nos ha llegado, quizá sin el brillo de la
obra consumada o quizá sin la promoción que
otros tuvieron. La exposición y el magnífico
catálogo, coordinados por Josep Casamartina i Parassols,
se tendían de este modo en dos ámbitos: por
un lado, el asombro de unas piezas deslumbrantes (Un
mundo, Autorretrato, Tertulia), capaces, desde el exterior
de los circuitos artísticos, de sacudirlos con fuerza,
y que tal vez aún no se han llegado a valorar en
su justa medida; por otro lado, la vida escindida de la
ciudad provinciana: el grupo de artistas y escritores que
no aceptan límites, su interés y su decisión
de estar informados de todo lo que ocurre en el mundo, su
insólita conexión con las últimas tendencias
alemanas de la Nueva objetividad y el Realismo mágico,
su modo de apreciar y arropar la súbita irrupción
de energía que protagonizaba la principiante; pero,
junto a todo ello, la ciudad rancia, dominada por la iglesia
y el ejército, por los códigos sociales de
la inmovilidad. Y en medio de la escisión estaba
Ángeles Santos: muchacha joven, no podía asistir
a las tertulias y encuentros si no la acompañaba
su padre; conocemos luego la ruptura con la familia, las
amenazas del padre, su internamiento en un psiquiátrico,
la rendición, el final de la aventura. Sólo
quedaron los gritos de Ramón Gómez de la Serna,
en la prensa de Madrid, contra este episodio de la eterna
provincia que escamoteaba una gran artista, una persona.
Todavía asocio esta exposición a unas horas
emocionantes y revivo esa emoción cuando vuelvo a
abrir el catálogo. Es cierto que el motivo central
de ello es la pintura de Ángeles Santos, su tremendo
poder, su rara singularidad. Se añade la intuición
de un destino trágico en el proceso de encauzamiento
social de la joven, su acercamiento a una sociedad convencional,
su apagamiento durante décadas, la enorme distancia
entre aquellos cuadros y su obra posterior hasta ahora mismo.
Pero interviene también en la emoción la imagen
de aquella sorda lucha en la ciudad, del terco sobrevivir
de los artistas, de su modo de ofrecer caminos sobrepasando
tan estrechos límites. Y a la vez sonrío con
tristeza al leer la frase de un atento crítico catalán
del momento: "Poc sabem a Catalunya d'aquesta noia
castellana"(12). Ella,
que era catalana de nacimiento y allí regresaría
a pasar la mayor parte de su larga vida, y cuya pintura
pronto se explicó por la influencia del incipiente
surrealismo catalán. Todo quedó enterrado
durante décadas; más de setenta años
tuvieron que pasar para que se restableciera aquel proceso
y se comprobara que nada tenía que ver esta obra
con ese origen, que era anterior e independiente de él.
Ninguna posibilidad habría en Valladolid de quejarse
de una expropiación: es la negativa a una memoria
crítica, la culpable. En esta historia están
condensados todos los datos: los de la posibilidad y los
de la imposibilidad.
Sin ánimo de establecer equivalencias, quería
evocar también una experiencia personal, la del grupo
de escritores que durante los años 80 y 90 promovimos
las revistas Cuadernos Leoneses de Poesía, Los
Infolios, Un ángel más o El signo del gorrión
y que en ciertas polémicas estéticas fuimos
conocidos como grupo de Valladolid, aunque nunca
asumiéramos esa etiqueta y tampoco fuéramos
todos de allí: en orden alfabético, Olvido
García Valdés, Luis Marigómez, Gustavo
Martín Garzo, Carlos Ortega, Esperanza Ortega, Ildefonso
Rodríguez, Tomás Salvador González,
Miguel Suárez
y otros muchos amigos que, sin
figurar en los equipos de redacción, estuvieron siempre
activamente implicados.
El medio cultural en Castilla y León a principios
de los 80, al menos a los ojos de los jóvenes, parecía
un desierto, y -al ir apagándose algunas valiosas
iniciativas anteriores- la falta de estructura editorial
fue empujando hacia una práctica cooperativa en busca
de la supervivencia, hacia las revistas como único
modo de ir difundiendo los textos que surgían en
el entorno. Así, se produjo un trabajo común
de aprendizaje e intercambio, una concentración de
energía que permitió proyectos relativamente
estables y una capacidad de hacerse oír fuera de
los límites regionales. Mi implicación personal
en ello me veda entrar en demasiados juicios y valoraciones;
pero sí querría recoger algunos rasgos de
aquella serie de empresas que pudieran tomarse en cuenta
para un pensamiento del interior.
La dinámica de intercambio y colaboración,
de crítica y autocrítica, fue sin duda tramando
vínculos de amistad entre los distintos escritores;
pero -grupo sin grupo- es significativo que el pronombre
nosotros difícilmente se encuentre usado como realidad
presente, sino sujeto a la duda, desplazado de lo cotidiano,
diferido en la prevención o el deseo; el último
número de El signo del gorrión se cerraba
con esta cita de Tristan Tzara: "Pienso en el calor
que teje la palabra alrededor de su hueso, el sueño
que se llama nosotros"(13).
Fuera de las relaciones personales, este precario nosotros
no nombraba propiamente, desde el punto de vista poético,
un grupo, sino un espacio plural, un campo de problemas
y debate, un haz de preocupaciones e itinerarios por recorrer,
un lugar abierto y cooperativo sin registro de entrada ni
de salida, sin jerarquía.
Como he dicho antes, la circunstancia del medio marcó
decisivamente esta experiencia; en él la tradición
era un ente de autoridad abstracta, algo que sólo
se estudiaba, que no vivíamos día a día.
Sí vivían aquí poetas imprescindibles
como Francisco Pino o Antonio Gamoneda, pero permanecían
en aquel aislamiento que por suerte no bastó para
impedir que se constituyeran en su grandeza; sólo
muy poco a poco fuimos sabiendo de ellos, valorando la dimensión
de lo que hacían. Si en la formación de un
escritor, en el alzado de una lengua nueva, es preciso siempre
un momento negativo -una ruptura, una discontinuidad-, para
nosotros esto ocurrió naturalmente, como una
necesidad de vida en el vacío. Y tomó sobre
todo la forma de la lectura de poetas extranjeros, de sus
traducciones.
Sin que esto implique desapego por la tradición española,
que conocemos bien y de cuya literatura varios de estos
poetas somos y éramos profesores, creo que el punto
de ruptura estuvo ahí. La lengua que hablamos, la
tradición literaria como su expresión más
alta, nos recluyen en unos límites invisibles que
recortan la realidad de modo análogo para quienes
habitamos ese ámbito; la traducción, en cambio,
incorpora una extrañeza que potencia el aprendizaje
de la extrañeza que toda poesía forzosamente
es; lo extranjero es quizá la cuña que hiende
la tradición heredada en lengua personal. Describe
Ildefonso Rodríguez: "Todos los que podemos
revivir aquel tiempo en el que prevalecieron y alumbraron
nuestros gestos; con músicas y palabras dimos un
valor transitivo a la vida, bastaba con emitir deseos en
posturas naturales, queríamos reconocernos; todos
los que intercambiamos, echamos noches y noches trenzando
el redondel de los gestos para llamar al extranjero; era
mercancía sin valor, nos han dicho, eran muecas extremadas;
nosotros sabemos que aquellas eran las señales de
la resistencia"(14).
Esta actitud, a la vez que una opción literaria,
lo fue también existencial: una medida de distancia
respecto al entorno, la ruptura con la frontera interna
que antes mencionaba. El aprendizaje en la poesía
extranjera formaba parte de un deseo de modernidad, que
en realidad lo era de salir del ahogo ambiente, como también
la militancia antifranquista u otras posturas personales.
Definiría esto como una raíz de rechazo afirmativo,
de negación y propuesta a la vez, que parece imprescindible
en todo proyecto creativo y crítico. Y como conciencia
de las condiciones que hace ya tantos años ponía
Walter Benjamin al escritor actual: "conocer
lo pobre que es y lo pobre que tiene que ser para poder
empezar desde el principio"(15),
"pasárselas con poco; construir desde poquísimo
y sin mirar a diestra ni a siniestra".
En mi imagen de un pensamiento del interior reencuentro
estos rasgos: trabajo colectivo sin las servidumbres ni
rigideces del grupo; rechazo afirmativo: ruptura
con el medio y proyección hacia fuera sin aceptar
límites; conciencia de estar a la intemperie, de
tener que empezar cada vez, sin pantallas que protejan.
Hasta aquí me ha traído, de manera quizá
un tanto digresiva, la mirada crítica hacia la historia.
Creo que este hilo debe anudarse, como sugería casi
al principio, con el que depare una mirada a la naturaleza.
Utilizo, sin embargo, el término con alguna prevención;
no puedo olvidarme de quienes, como Jameson(16),
insisten en que en la era posmoderna del capitalismo tardío
ya no hay naturaleza, el hombre ha terminado con ella; que,
cuando decimos con mucha frecuencia paisaje en vez
de naturaleza, estamos invocando un término que se
refiere a la representación y no a una realidad
en sentido estricto. Es verdad que nuestro despoblado interior
parece un escenario en que la historia ha cedido su lugar
a la naturaleza, y que no son demasiado transferibles los
análisis originados en la ciudad tecnológica
estadounidense; en todo caso, la posibilidad de pensarnos
tendría que surgir como un gesto capaz de atender
simultáneamente a la ciudad y a lo rural, tomándolos
como una realidad única. Es un problema complejo
y digno de atención, pero desborda ahora mi propósito.
Podemos entendernos, espero, con palabras como naturaleza
o paisaje; estoy hablando con ellas de un entorno físico
muy presente en cuanto se franquean los límites de
la ciudad.
En el interior hay valles, páramos, montañas,
riberas, llanuras, bosques, tierras blancas y ocres y rojas,
robles y pinos, encinas, matorrales, berruecos graníticos,
cristales de yeso, y que negar esta pluralidad es uno de
los tópicos de la imagen de Castilla. He buscado
la expresión de ese tópico en uno de los textos
contemporáneos más hondos y matizados que
conozco sobre la vida en la oscuridad rural castellana;
es el relato "Nueve palabras en honor del pueblo de
Villamediana", incluido en el libro Obabakoak, de Bernardo
Atxaga. Quizá lo elijo por estar escrito en una lengua
como el vasco, tan extraña a la nuestra y a la vez
tan inseparable de su origen y singularidades; también,
porque representa la mirada de un forastero cuando acaba
de llegar a ese lugar palentino y, de ese modo, acoge al
tiempo lo consabido y lo real: "Mirando hacia atrás
encuentro en mi vida una isla con el nombre de Villamediana.
Si me dijeran que de las palabras de un diccionario escogiera
cinco y valiéndome de ellas hiciera una descripción
de urgencia o explicara algo relacionado con ese pueblo,
sería imprescindible que escogiera la palabra sol
antes que ninguna otra. Porque lo veía casi todos
los días, ya fuera al despertarme, entre las rendijas
de la persiana o saliendo a la calle, en medio del cielo
azul, incrustado en él como un clavo de oro; incendiando
además las malezas secas, y enrojeciendo los muros
de adobe a la caída de la tarde. En segundo lugar,
tendría que escoger trigal, y describir entonces
sus colores, primero el verde y luego el amarillo, aquel
amarillo que, durante todo el verano, surgía de las
mismas orillas del pueblo y se extendía hasta confines
inalcanzables para la vista. Las tres últimas palabras
serían vacío, cuervo y oveja; porque
la mayoría de las casas de Villamediana estaban vacías
y, con frecuencia, los cuervos y las ovejas eran los únicos
seres animados que daban cierta vida a aquel paisaje"(17).
Junto al tópico, se aprecia aquí un carácter
constante en la experiencia del paisaje castellano. Cuando
conocí a Olvido García Valdés en 1979,
recién llegada a Valladolid, repetía siempre
una observación que le producía asombro y
la desasosegaba, la sensación de que allí
no había paisaje; sólo poco a poco
empezó a verlo y a hacerlo luego ver en la intensidad
de sus poemas. Pero esto no sólo ocurre a quienes
proceden de zonas con otro relieve, vegetación o
clima, sino también a muchos habitantes del interior,
convencidos de que el paisaje es otra cosa, asociada a las
grandes montañas o al mar. Un poeta siempre en tránsito
entre las ruinas de la ciudad histórica y la pregunta
que formula la naturaleza al lenguaje, Aníbal Núñez,
sintetizó: "Nadie posee / lo que no sabe ver"(18),
y concretando en el paisaje: "¿Cómo no
vimos en aquel barranco, / en los áridos terraplenes,
/ el espino florido que los dulcificaba"(19).
El aprender a ver aparece en su análisis como proceso
hacia la posesión de un objeto, la única
posesión deseable en el caso del paisaje. Así,
ese cuervo sometido a la condena de un simbolismo negativo
puede llegar, con su longeva vida en pareja, su vuelo poderoso
y lento, su desarrollado cerebro, su humilde identificación
con un rincón del monte, a asumir -como en el famoso
poema de Edgar Allan Poe- una imagen de eremita que sobrevuela
"los santos días de antaño"(20).
Del mismo modo que parece no haber paisaje, no haber nada
en el paisaje, salvo lo que se perfila con la ayuda de tópicos
bien establecidos, y luego es posible ir aprendiendo a verlo,
distinguir las flores del espino en el barranco; del mismo
modo, quizá, sea posible pasar de una imagen estancada
de nuestra tierra a un pensamiento crítico. Y las
dos cosas no se reúnen sólo por analogía;
creo que ese primer ver es necesario para que surja el pensar.
Así dice un poema de Tomás Salvador González:
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La
tierra es el pensamiento,
una canción
en una lengua desconocida.
Las palabras son hebras,
pueden deshilacharse en su rumor,
pero el rumor las reúne en una trenza
que la lengua tensa con cuidado.
La tierra es la canción
y no sabemos lo que dice,
vemos una trenza haciéndose nudo a nudo(21). |
La
tierra es la canción
y no sabemos lo que dice,
vemos una trenza haciéndose nudo a nudo .
La tierra alimenta la lengua -dice Tomás Salvador-,
pero ésta es una lengua desconocida: la del escritor.
"También otra expresión", se titula
este ciclo: la lengua que se construye después del
rechazo inicial, a la intemperie; en cuyo seno nos esforzamos
en comprender, sin llegar a lograrlo quizá, pero
vinculados a su proceso -el de la lengua- que siempre se
mueve. De este orden es el trabajo que habría que
proponerse; pero, antes de insistir en ello, querría
quedarme todavía un momento con "la tierra".
En el intento de aprender a ver, en esa entraña del
pensamiento, hay aún otro núcleo que no he
tocado. Lo expresan estos versos de Claudio Rodríguez:
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Y
siempre
como el deseo, como mi deseo.
Vedle surgir entre las nubes, vedle
sin ocupar espacio deslumbrarme.
No está en mí, está en el mundo,
está ahí enfrente.
Necesita vivir entre las cosas.
Ser añil en los cerros y de un verde
prematuro en los valles(22). |
El deseo quiere ser el color del paisaje, fundirse con él:
es un deseo de realidad. En el aprender a ver o empezar
a pensar opera una energía que procede de los afectos.
Hay un texto de Roland Barthes que siempre se me hace presente
si pienso en esto; es el fragmento titulado "Entre
Salamanca y Valladolid" de su libro esquivamente autobiográfico
Roland Barthes por Roland Barthes, y empieza así:
"Un día de verano (1970), avanzando y soñando
entre Salamanca y Valladolid, para salir de su aburrimiento,
imaginaba por juego una nueva filosofía
"(23).
Y, aunque él diga que se aburría, con esa
tercera persona distanciada, yo no dejo de recordarlo como
algo mío privado: un escritor que ocupa un lugar
tan alto en mi canon personal, de quien he aprendido tanto,
atravesaba mi tierra en una fecha concreta, estuvo aquí.
Y esta tontería, casi de adolescente, se inscribe
en el dominio ciego, inscrito oscuro en la intimidad, del
amor.
Como cuando, en un texto de Yves Bonnefoy titulado "Devoción",
entre una lista de referencias míticas (el Arno,
Urbino, Rimini, Delfos
), aparece este fragmento de
sus devociones: "A una puerta tapiada con ladrillos
color sangre sobre tu fachada gris, catedral de Valladolid.
A unos grandes círculos de piedra. A un paso cargado
de seca tierra negra"(24).
Los niños vallisoletanos crecen en el convencimiento
de la fealdad de su catedral y admiran las de las ciudades
de alrededor; sólo muchos años más
tarde pueden fijarse en detalles como las extrañas
espirales aplanadas, casi hindúes, o los herrerianos
círculos ciegos de piedra en la fachada. La respuesta
que da la emoción al apunte de Bonnefoy es memoria
y es también amor. Y he vuelto a la ciudad mientras
estaba mirando la naturaleza; aquí no es posible
separarlas.
Por un lado, he intentado ir sugiriendo algunos componentes
de lo que llamo pensamiento del interior; por otro,
el propio curso de las palabras ha mostrado una oposición
al cierre, a sacar conclusiones, a construir una teoría.
Así es como lo veo. El carácter a la vez ético
y afectivo de esos componentes me lleva a una sentencia
de Deleuze y Guattari, al principio de Mil mesetas:
"vive políticamente, es decir, con toda la fuerza
de su deseo"(25). Si todo
lo dicho tiene lecturas sin duda políticas, es a
una política de este orden a la que remite, lejos
de las que quieren cristalizar institucionalmente o producir
doctrina. La actividad crítica que se detiene, que
tiene algo cerrado que defender, que se ve obligada a establecer
jerarquías y dependencias, de modo inevitable pasa
a ser asimilado por los engranajes del poder; sólo
la que sigue con un pie en el deseo puede seguir moviéndose.
"El pensamiento -ha dicho Agamben- es forma-de-vida,
vida indisociable de su forma, y en cualquier parte en que
se muestre la intimidad de esta vida inseparable, en la
materialidad de los procesos corporales y de los modos de
vida habituales no menos que en la teoría, allí
sólo hay pensamiento, sólo allí"(26).
Con un pie en el deseo personal, con otro en el tejido colectivo.
Proponía Dante en uno de sus tratados latinos: "Puesto
que la potencia del pensamiento humano no puede ser íntegra
y simultáneamente actualizada por un solo hombre
o por una sola comunidad particular, es necesario que haya
en el género humano una multitud a través
de la cual pueda actualizarse toda la potencia"(27).
Habla alguien en quien reconocemos una de las obras individuales
determinantes de nuestra cultura; habla para reivindicar
el carácter forzosamente colectivo, comunitario,
del pensamiento, y ese carácter surge de la concepción
abierta del propio pensar, del pensar como potencia. Toni
Negri sugiere reciclar un término de Spinoza, multitudo,
para nombrar "el poder colectivo de liberación
humana"(28) que se prefigura
en el arte: "la posibilidad de construir el mundo.
De construirlo tal y como nos ha sido posible desconstruirlo".
Y añade, hablando todavía de arte, lo que
también podría decirse del pensamiento: "El
arte es siempre democrático; su mecanismo productivo
es democrático, en el sentido de que produce lenguaje,
palabras, colores, sonidos que se arriman en comunidades,
en nuevas comunidades"(29).
Dejemos también lo colectivo en potencia. Como un
espacio sin límites que no se oponga a lo personal,
que no renuncie a ningún episodio de la libertad.
Pensar, cruzar pensamientos, tejer la red que componen entre
todos, dejar a cada uno que ate en ella sus propios nudos.
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(1)
José Jiménez Lozano, Guía espiritual
de Castilla. Ámbito, Valladolid, 1984, p. 176.
(2)
Melquiades
Andrés Martín, Los recogidos. Nueva
visión de la mística española
(1500-1700). Fundación Universitaria Española,
Madrid, 1976.
(3)Olvido
García Valdés, Teresa de Jesús.
Col. Vidas literarias, Ed. Omega, Barcelona, 2001.
(4)
Miguel de Unamuno, En torno al casticismo.
Alianza, Madrid, 2000, p. 49.
(5)
Ramón
del Valle-Inclán, Luces de bohemia. Círculo
de lectores, Barcelona, 1991, p. 127.
(6)
Antonio
Machado, "A orillas del Duero", Campos
de Castilla. En: Poesía y prosa, II. Edición
de Oreste Macrí. Espasa-Calpe / Fundación
Antonio Machado, Madrid, 1989, p. 494.
(7)
Rosalía
de Castro, Cantares gallegos. En: Obras completas,
I. Biblioteca Castro, Turner, Madrid, 1993, pp. 598-601.
(8)
Ramón
del Valle-Inclán, La lámpara maravillosa.
Círculo de lectores, Barcelona, 1992, p. 135.
(9)
Gregorio
Campos, "Hablando con Valle-Inclán".
El Correo Español, Madrid, 4 noviembre
1911. En: Ramón del Valle-Inclán, Entrevistas.
Edición de Joaquín del Valle-Inclán,
Alianza, Madrid, 2000, p. 49.
(10)
Claudio
Rodríguez, "Hacia un recuerdo", Alianza
y condena. En: Poesía completa (1953-1991).
Círculo de lectores, Barcelona, 2004, p. 168.
(11)
Yves
Bonnefoy, Rimbaud por sí mismo.Traducción
de Alfredo Silva Estrada. Monte Ávila, Caracas,
1975, p. 9.
(12)
Joaquim
Nubiola, "Ángeles Santos". Mirador,
núm. 122, Barcelona, junio 1931. En: Ángeles
Santos, un mundo insólito en Valladolid.
Catálogo. Museo Patio Herreriano, Valladolid,
2003, p. 260.
(13)
Texto
sin firma titulado "El adiós", El
signo del gorrión, 26, Madrid, Ed. Trotta,
invierno 2002.
(14)
Ildefonso
Rodríguez, "Cuando ya parecía que
nadie las solicitaba, hubo de pronto que dar tres razones".
El signo del gorrión, núm. cit. Después
incluido en: Política de los encuentros.
Icaria, Barcelona, 2003, p. 31.
(15)
Walter
Benjamin, "El autor como productor". En: Tentativas
sobre Brecht. Iluminaciones, 3. Traducción
de Jesús Aguirre. Taurus, Madrid, 1975.
(16)
Cfr.
Fredric Jameson, Teoría de la postmodernidad.
Traducción de Celia Montolio Nicholson y Ramón
del Castillo. Trotta, Madrid, 2001 (3ª).
(17)
Bernardo
Atxaga, Obabakoak. Traducción del autor.
Ediciones B, Barcelona, 1989, p. 124.
(18)
Aníbal
Núñez, "El príncipe Don Baltasar
Carlos (Velázquez)", en Figura en un
paisaje. En: Obra poética I. Edición
de Fernando R. de la Flor y Esteban Pujals Gesalí.
Hiperión, Madrid, 1995, p. 200.
(19)
Aníbal
Núñez, "Júbilo de los ojos",
en Cuarzo. Ibídem, p. 309.
(20)
Cfr.
mi lectura de las diferencias entre Eliot y Poe en torno
al significado del cuervo. "Introducción"
a: Paul Verlaine, La buena canción. Romanzas
sin palabras. Sensatez. Edición bilingüe
de Miguel Casado. Cátedra, Madrid, 1991, pp.
73-74.
(21)
Tomás
Salvador González, La divisoria de las aguas.
Icaria, Barcelona, 2002, p. 71.
(22)
Claudio
Rodríguez, Don de la ebriedad, ed. cit.,
p. 32.
(23)
Roland
Barthes, Roland Barthes por Roland Barthes. Traducción
de Julieta Sucre. Kairós, Barcelona, 1978, p.
172.
(24) Yves Bonnefoy, "Devoción",
en: Lo improbable. Traducción de Silvio
Mattoni. Alción, Córdoba, Argentina, 1998,
p. 110.
(25) Gilles Deleuze y Félix Guattari,
Mil mesetas. Traducción de José Vázquez
Pérez. Pre-Textos, Valencia, 2004 (6ª),
p. 18.
(26) Giorgio
Agamben, Medios sin fin. Notas sobre la política.
Traducción de Antonio Gimeno Cuspinera. Pre-Textos,
Valencia, 2001, p. 20.
(27)
Dante,
De monarchia. Citado en: Giorgio Agamben, op.
cit., p. 19.
(28)
Toni
Negri, Arte y multitudo. Ocho cartas. Edición
de Raúl Sánchez. Trotta, Madrid, 2000,
p. 62.
(29)
Ibídem,
p. 55.
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Autor:
Miguel Casado
Zamora, 29 de abril de 2005
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