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Las
que observo en una fotografía que publica un diario
nacional, donde la vicepresidenta del Gobierno está
rodeada de inmigrantes, que recientemente habían
saltado las alambradas de Ceuta y Melilla. No se ven sus
cicatrices, sus desgarros, sólo sus miradas de seres
humanos básicos. Esas miradas las hemos perdido los
que vivimos en el mundo desarrollado. Hay que buscarlas
en otros países, en África, en zonas de Sudamérica,
en la India. En lugares donde no tienen nada pero que, como
todos nosotros, buscan un futuro para sus vidas. Son las
miradas del hombre en sus orígenes, donde aún
no se había rodeado de cosas, de intereses, de objetivos,
de caprichos, de mercados.
Las miradas de los que vivimos, como ellos dicen, en el
primer mundo están turbias por la sospecha, la envidia,
la desconfianza, la hipocresía. Siempre estamos en
tensión por algo,
siempre buscamos del otro algo y eso tensa nuestra mirada.
Para estos inmigrantes, tenemos todo y sin embargo, a nosotros
siempre nos sigue faltando algo, siempre estamos insatisfechos.
Hay días que leyendo las noticias de lo que acontece
en el mundo, tengo la impresión de que los dioses
están de vacaciones, nos han dejado solos.
Hace un año estuve en Mozambique, uno de los países
más pobres del mundo, con unos índices de
SIDA altísimos. Visité no sólo la capital,
Maputo, sino también otras partes del país,
especialmente Illa de Mozambique, la primera capital que
los portugueses tuvieron en ese enclave colonial. Esa mirada
que ahora veo en el periódico era su mirada. Mirada
siempre cariñosa, sonriente, algo tímida con
el blanco, pero franca y abierta.
Reconozco que a veces no entendía esas miradas, de
ellos que no tenían nada, que deberían estar
indignados por su situación, por la carencia de futuro,
por el saqueo a que su pueblo había estado sometido
en la época colonial portuguesa, por una posterior
guerra civil provocada por su gran vecino, África
del Sur, que no admitía tener un país que
se definía como comunista en los años 90 y
armaron un ejercito de mercenarios para destruirlo, para
que aprendiese la lección de haber elegido mal. También
porque querían tener mano de obra barata para sus
minas de carbón. Ese gran vecino blanco, occidental,
que reprimía al negro en su tierra, con el Apartheid,
y quería tener también sometido al vecino.
Comprendo que el problema de la inmigración es complicado,
que no se puede decir “abro la puerta para todos”
pero lo que no hay que olvidar, en situaciones determinadas,
es que debemos ser generosos con personas que vienen de
lugares sin futuro y que nos ven como tierra para su futuro.
No olvidemos que hemos sido un país de emigrantes,
que gracias a ello, España pudo construir una sociedad,
en lo económico, mejor y que nos permitió
estar en el lugar que ahora tenemos.
La mirada, ese espejo de nosotros mismos, de nuestro interior,
es una medida de la persona. Cuando decimos, tiene una mirada
limpia, estamos diciendo que es un hombre bueno. No olvidemos
que todos estas personas que intentan saltar todas las vallas
que el hombre rico, occidental pone por el mundo tienen
esa mirada.
Zamora,
7 de octubre de 2005
Antonio
Gallego
Miembro del Foro Ciudadano de Zamora
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