Palabras huecas
       
 

 

Nunca me han gustado los desfiles militares, ni de pequeño, cosa rara, porque a los niños de mi generación normalmente les gustaba todo lo relacionado con los militares y la parafernalia que tienen sus desfiles. Por ello, cuando me entero que en la ciudad hay un acontecimiento de esa índole, me alejo instintivamente del lugar de la celebración, cuanto más lejos, mejor. ¡Qué le vamos a hacer!. El mejor recuerdo que guardo de mi estancia obligatoria en el servicio militar, además de su terminación, era la locomotora de latón que prendía del uniforme del Cuerpo de Ferrocarriles, que me tocó como destino.
Pero mira por cuanto, ya me había olvidado del dichoso desfile del sábado en Zamora y me vuelvo a topar con él en las dos páginas que La Opinión le dedicaba al día siguiente con el encabezado "Bicentenario del patronazgo de san Fernando de las tropas de ingenieros". Como leí que el alcalde de la ciudad había pronunciado un discurso, tuve curiosidad de conocer qué se puede decir en un acto de este tipo, donde normalmente, en mi modesta opinión, el silencio podría haber sido la mejor solución, dejando que el espectáculo diese su propia repuesta. Pero entiendo que para algunos políticos, estos actos hay que aprovecharlos y al calor de la mayor sensación de autoridad que da tener militares cerca, decir grandes proclamas.
Por cierto, siempre me ha parecido divertido, en algunos casos patético e incluso ridículo, observar las posturas, gestos y actitudes que adoptan los civiles cuando participan en actos militares. Tienen que fingir marcialidad, seriedad, poner cara de preocupación como si su cabeza en esos momentos estuviese resolviendo grandes problemas de Estado y cosas así aunque alguno tenga los pies planos. ¡Con qué facilidad a los españoles se nos pega el tufillo militarista!.
Sigamos con el discurso del alcalde. En mi opinión fue un discurso penoso, por lo que he leído en el ya citado periódico. Aprovechando que el rey Fernando III fue parido por casualidad pasando por Zamora hace 800 años, acontecimiento casual, sin mayor trascendencia, Antonio Vázquez lo sublima como un "orgullo de los zamoranos", ¡Vaya por Dios!. Que manía por apropiarse de las personas y sus obras por el hecho de nacer en esta tierra y más si es por casualidad, ya que el séquito donde iba su madre estaba de viaje y por 15 kilómetros no nace en lo que ahora es la provincia de Salamanca. Posterior a este comentario de inicio, grandilocuente, operístico, exagerado, le siguió un discurso que se podría haber escrito en una época ya pasada que muchos españoles no queremos volver a recordar, introduciendo naturalmente algunos retoques de lenguaje actualizado al momento político actual: "el Ejercito como el mejor garante de la defensa nacional, de la paz y de la convivencia de todos los españoles" - para que se enteren en algunas periferias - ya que Castilla y León siempre ha tenido todo muy claro y jamás hemos dado problemas. Así nos ha ido, sin personalidad propia, asumiendo por historia e intereses del poder la identidad nacional y pensando que no puede ser de otro modo. También se dijeron frases como "vigilante perpetuo de nuestra ya consolidada democracia" y cosas así. Mira por cuanto, algunos de los altos mandos militares que acudieron al acto fueron más suaves y correctos en sus expresiones que el propio alcalde, pero lo que antes decía, no hay que desaprovechar los momentos para consolidar la carrera política, perdón, quería decir para la grandeza.
De todas formas, volviendo al título de mi artículo, ¡Cómo nos gusta en estas tierras usar las palabras para no decir prácticamente nada, o en todo caso, para repetir las mismas palabras huecas que ya otros han utilizado!. Hay muchos acontecimientos, de esos llamados institucionales, donde este estilo vacío es la tónica. Para ejemplos concretos, ver los pregones semana santeros. Si alguien tuviera valor, que seguro que lo hay, ya que el tema de la Semana Santa en estas tierras crea currículo e hiciese un estudio sociológico de todos los pregones ya celebrados, encontraría repeticiones, sublimaciones exageradas, imposición de ciertos valores considerados como correctos y cosas así, que normalmente se va incrementando con los años. Pasa como en muchas de las bodas actuales, que hay que superar a las anteriores, y como lo fundamental es siempre lo mismo, hay que marcar la diferencia con el derroche, el espectáculo, el sentirse protagonista al menos por un día, a costa de hacer y decir tonterías.
Bueno, en fin, todo esto por un desfile.

Antonio Gallego Rodríguez
Miembro del Foro Ciudadano de Zamora
Zamora, 3 de mayo de 2005.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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