Una propuesta urbanística para el Parque del Castillo
       
 

 

Continúa la polémica sobre la pretendida construcción de viviendas entre la iglesia de San Isidoro, o Carmen de Dentro, y la muralla del Primer Recinto. Entre el foso interior y la calle junto a la iglesia, no sé si quedan muchas posibilidades de edificación y, aunque las hubiese, no dejaría de ser una actuación aislada, conectada visualmente pero sin continuidad temática con el entorno próximo del parque y seguramente, mezquina de proporciones. Quiero proponer aquí una solución diferente, que considero más integradora.

Parece seguro que el alcázar o castillo del siglo XIV será remodelado por uno de los arquitectos más conocidos a nivel mundial -Rafael Moneo- para albergar el museo de la Fundación Baltasar Lobo. Todo un lujo para nuestra ciudad, asociarla con ambos artistas. Menos personas conocen el proyecto del arquitecto conservador de nuestra Catedral -Angel Casaseca- para, de una vez por todas, ubicar correctamente el Museo Catedralicio de Tapices -otra de las joyas universales, sin exagerar, de nuestra ciudad- que sería subterráneo, aprovechando, además, previsibles riquezas arqueológicas del subsuelo del parque.

Ambas actuaciones deberían realizarse y complementarse de algún modo. Se me ocurre que una gran zona ligeramente más ondulada que ahora y cubierta perennemente de césped -aparte de una discreta entrada al futuro museo de tapices que tendría cierto paralelismo con el ingreso piramidal al Louvre- constituiría un enlace visual ideal entre la Catedral y el alcázar. Otro de los proyectos sería la traslación del antiguo laboratorio municipal a un lugar distinto de la ciudad -la zona de la Universidad no estaría mal- con el fin de dejar despejado hacia el parque el correspondiente sector de muralla. Ni qué decir tiene que este sector debería unirse visualmente del mismo modo, mediante una suave colina de césped.

Un poco más allá entra en juego la zona de san Isidoro. En esta iglesia románica, remodelada en época barroca, deberíamos restaurar primero su parte alta, restituyendo los ventanales románicos originarios y tal vez realizar alguna actuación en el hastial. Está bastante claro que la sobriedad y los ángulos rectos del templo provienen de variadas ideologías del siglo XII: la influencia godo-mozárabe netamente zamorana y la doctrina cisterciense franca, encontrándose importantes paralelos, para la forma de la cabecera, con iglesias de Saintonge y Normandía. Aparte de esto, los volúmenes del templo aportan de entrada unas proporciones bien equilibradas, cuyo aspecto podría quedar roto en contraste con edificaciones entre éste y la muralla. Está por ver el impacto que ejercerá la visión de la cortina mural tras el templo -por supuesto, la muralla interior, sin puertas ni ventanas- pero en todo caso, si continuamos la superficie de césped en ese sector, nos acercaríamos a un panorama anglo-normando suficientemente extenso, lo más acorde con las formas de esta iglesia. A la vez, contaríamos con un amplio sector bien despejado de nuestro primer recinto histórico-monumental -escenario crucial del Romancero- tanto extramuros como intramuros.

Lo que sí podría ser edificado, en compensación, sería el espacio rectangular hoy ajardinado entre la columnata de la plaza catedralicia, la placita junto a la iglesia de San Isidoro con la trasera de las Concepcionistas y en paralelo a la trasera de la Casa de los Gigantes, eso sí, dejando calles alrededor y siguiendo el ejemplo de otros edificios particulares interiorizados de la zona, como el de las Juanas, en la misma plaza de la Catedral. Esta manzana serviría para separar más claramente los ámbitos del parque del Castillo y la plaza de la Catedral, aunque no edificarla, dejándola cubierta de césped y conservando los árboles, aportaría perspectivas nada mezquinas.

No olvidamos que también va a ser necesario remodelar la plaza catedralicia -teniendo en cuenta la realización de otro importante proyecto, la sede del Consultivo Autonómico- y debería hacerse tendiendo a unificar dos sectores: la plaza propiamente dicha y el espacio ajardinado de Antonio del Aguila en uno solo. Creo, aún temiendo chocar con ecologistas y demás, que en esa gran plaza debería predominar, como en San Pedro de Roma, la desnudez del suelo -para no menoscabar la perspectiva- incluyendo, tal vez como allí, un par de fuentes, pequeñas, en los ángulos. Entre el Palacio Episcopal y la Catedral se abriría un paso hacia el parque del Castillo; a fin de no renunciar al enlace entre ambos edificios, podría recurrirse a un arco similar al que existe entre la Catedral y los Gigantes o a otro tipo de comunicación subterránea. Por último, sobre uno de esos dos arcos se podría recuperar el antiguo reloj, con chapitel incluido, que existía delante de la cúpula.

El coste de estos proyectos urbanísticos -sustancialmente, césped en el parque y piedra en la plaza- no nos parece relevante, sobre todo teniendo en cuenta que actuaciones puntuales al respecto habrán de irse realizando, tarde o temprano. Mejor una integral y clara, creo yo, aunque no coincidiese con estas ideas.

Carlos Cabañas, del Instituto de Estudios Zamoranos
Fuente: La Opinión
Zamora, 16 de febrero de 2005

 
 
 
 
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