| |
|
Era
en Chinatown, la espléndida película
de Polanski, donde el personaje que encarnaba John Houston
proclamaba: "Los políticos, los edificios feos
y las prostitutas se vuelven honorables si resisten lo suficiente".
A uno no le perturba que eso suceda en los dos últimos
ejemplos pero hay que reconocer que en el caso de los políticos
la sentencia del viejo Houston destila una ración de
cinismo poco digestiva; y eso que hablo con el viento en contra,
en un momento en que en nuestro país se acaba de enterrar
con honores turiferarios a quien se culpó en vida de
gansterismo y podredumbre ética. Pero no. Lo que hace
honorable a un político no es su capacidad de resistencia,
que puede llegar -tal el caso de Fraga- a hacer pensar en
que también es incorrupto en su sustancia corporal;
lo que hace honorable a un político es más bien
su capacidad de escuchar para rectificar y, en su caso, poner
en entredicho sus propias convicciones y pareceres, en especial
cuando la enmienda proviene del clamor ciudadano.
En este sentido, se equivoca de medio a medio el alcalde de
esta ciudad cuando se cree con derecho a emplear la palabra
"política" con el sentido excluyente con
que los profesionales de cualquier ramo nos cortan el paso
cuando tratamos de orientarles tímidamente con alguna
sugerencia de nuestra cosecha. "El profesional soy yo,
¿qué se ha creído usted?", nos dicen,
o "Llevo cuarenta años haciendo esto, señora".
Cosas así.
Pero los políticos no son profesionales. Ni deben serlo.
Ellos creen verse investidos de facultades y poderes intemporales
que les permiten tomar decisiones ("decisiones políticas")
a espaldas de los ciudadanos. No ha bastado el mandoble electoral
de marzo al Partido Popular, y hay quienes siguen creyendo
que el último contacto con el pueblo se produce el
día de la votación; a partir de entonces, una
vez entregada la cuchara, el menú ya es cosa de la
casta elegida para gobernar, que lo reparte o no a conveniencia,
según "decisión política".
El asunto de la ubicación del puente que a todas luces
hace falta en Zamora se ha convertido -y este periódico
así lo reconocía el domingo pasado en un editorial
de admirable talante- en el más urgente e inmediato
de los problemas urbanísticos de la capital. Un problema
que atañe de hoz y de coz a los ciudadanos, que han
hecho visible ya su discrepancia con la "decisión
política" del equipo municipal mediante estrictos
modos cívicos, articulados en esa red capilar de colectivos
ciudadanos que felizmente parece emerger por fin también
aquí en Zamora (un Foro Ciudadano, una Plataforma Puente
Aguas Abajo
), en sintonía -pero no en complicidad,
desde luego- con otras formaciones políticas discrepantes
del Partido Popular y también con técnicos y
expertos que avalan la conveniencia de no situar el proyectado
puente entre los dos existentes, por motivos diversos que
a estas horas todo el que quiera puede conocer.
Lo que verdaderamente indigna es, como decíamos, la
actitud despectiva con que se despacha el asunto, que queda
ya secuestrado y pendiente de los profesionales de la política,
los mismos que derruyeron por las bravas las viejas aceñas
del Duero suponiendo que obraban en nombre de todos los zamoranos.
No parecen querer saber que el derecho que funda la credibilidad
de un sistema democrático es precisamente la convicción
de que cualquiera -no digamos ya un colectivo que recoge 7.000
firmas o un grupo de expertos en la materia- debe ser escuchado
porque sigue siendo capital activo de la vida política
en el periodo mediante entre dos elecciones y, por tanto,
cuenta con que puede hacer saber sus opiniones en la certidumbre
de que no va a encontrar frente a él la altanería,
la indiferencia y hasta el desprecio. Si la función
de los políticos es atender a sus representados, les
hayan votado o no, ahora tenemos en Zamora una circunstancia
idónea para que el equipo municipal en mayoría
muestre la sensibilidad y el respeto obligado para con quienes
discrepan frontalmente de un asunto que les atañe.
Desatender la masiva opinión ciudadana -ya sea sobre
la guerra de Irak o sobre el alzado de un puente- es síntoma
de prepotencia, no de sabiduría política.
Rectifique civilizadamente el señor alcalde, atienda
sin miedo otras voces que parecen provenir al unísono
del sentido común y de razones técnicas objetivas.
Y medite si no es su deber tomar en cuenta la propuesta de
llevar el proyecto del puente aguas abajo, donde sufra menos
la perspectiva de la ciudad y donde se alivie la congestión
viaria con más naturalidad. Nadie se apuntará
el tanto, señor alcalde, si no es el sentido común,
que es patrimonio de la condición humana. Tal vez con
ello pierde su partido político en orgullo pero recuperará
un tanto el honor político, que falta le hace desde
que los suyos lo echaron a rodar por los suelos mintiendo
y trampeando en su travesía política nacional.
Así, su "decisión política"
quedaría a la sombra de otra decisión de naturaleza
ética que, en todo caso, se nos debe por ser derecho
natural nuestro, a los que usted representa.
Vienen tiempos de cierto aire fresco en Europa. Otra respiración
parece ponderarlo todo: la que prefiere un político
honesto a un prestidigitador que vende prosperidad a cualquier
precio. Los eslóganes arribistas ("Vamos a
más") parecen ir dejando paso a otros de indudable
alcance moral, que ojalá calen en lo hondo de la conciencia
de la ciudadanía. Es lo que veíamos no hace
mucho en un cartel electoral portugués, con una foto
feliz de los socios de Las Azores -Aznar ya descolorido- sobre
la que flotaba esta implacable ecuación: "Ellos
mienten: Ellos pierden". ¿Y si hubiera sonado
por fin la hora de la responsabilidad ética? Tomemos
nota.
Tomás
Sánchez Santiago
|
|