La secesión y Podemos

 
 
        En los primeros días de abril de 2015, Miguel Urbán presentó en Zamora su libro El viejo fascismo y la nueva derecha radical. Hacía un mes que él había sustituido en el Parlamento Europeo a Teresa Rodríguez, quien se presentaba como candidata de Podemos a la presidencia de Andalucía. La presencia de Urbán en Zamora coincidió con la de Cayo Lara, coordinador federal de IU que apoyaba la candidatura de Paco Guarido a la alcaldía de Zamora. Esa coincidencia de ambos con tan solo media hora de diferencia en las dos salas del Colegio Universitario me permitió censurar a alguno de los organizadores que contestó encogiendo los hombros y diciendo: «es una metáfora de lo que siempre nos ha pasado en la izquierda… cada uno por su lado».

Entré a escuchar a Urbán con la intención de pasarme al cabo de una hora a la sala de Cayo Lara, pero ocurrió que Urbán hizo, más que una presentación del libro, una conferencia que resultó interesante y por tanto no me moví hasta el final. Compré su libro, me lo dedicó y tuve oportunidad de cambiar unas palabras con él.

Eran los tiempos en que Podemos se movía con una enorme ambigüedad sobre elLa secesión y Podemos problema de Cataluña; tenían por delante unos meses hasta las autonómicas de septiembre y más hasta las generales de diciembre. Por tanto, en esos meses venideros era necesario definir una clara estrategia. Me atreví a sugerirle que, conocido el proceso de desintegración del PSC, yo consideraba que su error histórico había sido no haber sabido rechazar con contundencia el derecho a la secesión dejando que otros lo asimilaran al derecho de autodeterminación y lo llamaran, eufemísticamente, derecho a decidir. El primero no lo acepta ningún estado de nuestra referencia y el segundo, regulado internacionalmente, no es aplicable a ninguna de nuestras nacionalidades históricas. Debéis, le dije, definiros con claridad, en otro caso, lo pagaréis con toda seguridad: en Cataluña, ya no cabe la indefinición política en este asunto. Dejad el soberanismo para la CUP. Urbán, interesado por el tema, me explicó que en esencia esa era su posición y yo me fui con la sensación de que por convicción, por ser, él, madrileño o por cortesía me había dado la razón. Poco importaba, yo había cumplido. Él, dada mi edad, tal vez me hubiera escuchado como se escucha a un anciano venerable…

Bueno, ahora en esas estamos. No solo vemos que Podemos no se definió en el sentido que yo proponía, sino que lo hizo en sentido contrario, tentado por los buenos resultados que obtuvieron sus marcas periféricas en las elecciones generales. Pero ahora surgen las dificultades, y llega la crisis de identidad, esa que ha machacado a tantas agrupaciones políticas en los últimos años: Urbán y su sector anticapitalista han salido reconociendo a «la nueva república catalana», Fachín se pronuncia como un independentista furibundo, Iglesias y Monedero amenazan con expulsarlos, Bescansa se manifiesta inquieta,  Colau cultiva la ambigüedad a medias, porque ella sabe que es la persona con más capital político que perder en el futuro próximo y Domenech mantiene su autoridad moral sobre Pablo Iglesias, esa cualidad que le ha permitido dominar al líder.

Ha pasado ya tiempo desde que estuvimos a punto de asaltar los cielos. Sin embargo, la ciudadanía no se lo cree: ni la corrupción del PP ni el hartazgo de ver en el poder a los de siempre ni las boutades en el Parlamento atraen a más votantes. La duda es si con esta defensa del derecho a la secesión en la que Pablo Iglesias se ha embarcado se logrará mantener algo más que un buen porcentaje de votos en las comunidades periféricas. Él sabrá cómo van los sondeos…

Pasé frío en las plazas del 15-M. Las asambleas nocturnas iniciadas en mayo de 2011 fueron decayendo a medida que avanzaba el verano, llegó el otoño y en las últimas semanas de octubre y primeras de noviembre, ya solo quedábamos media docena debatiendo. Bien abrigados, acabamos en el rincón de un bareto hablando de nuestras vidas. Eso ha quedado…, un poco de amistad y cada uno por su lado. Vigila Pablo, no sea un augurio.

Santiago Fernández
Barcelona, 31 de octubre de 2017


 
 
 
 
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