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Los
niños de antes disfrutábamos de la ciudad
porque parte de ella, dentro de un contorno definido, tal
como era el de una plazoleta, estaba a nuestra entera disposición.
Los juegos trascurrían en ella y estábamos
deseando salir a la calle en cuanto volvíamos del
colegio para encontrarnos con la pandilla. Ahora comprendemos
cuanto significaban aquellos espacios de encuentro y juegos
para nosotros. Los mayores no podían permitirse tales
lujos, porque no tenían espacios exclusivos y tenían
que compartirlos con los otros ciudadanos. Pero sí
conservaban la marca que les había dejado la infancia,
que seguía funcionando a escala de ciudad. El cese
del reparto de los espacios de la niñez que producía
la Semana Santa, es ahora tan solo un dato trasmitido y
que no tiene explicación para las nuevas generaciones.
En cualquier caso, a los espacios de disfrute infantil les
suceden otros espacios de la ciudad, que repiten el fenómeno
a escala de adultos. Tanto unos como otros, los espacios
que hacen vivir a sus ocupantes el carácter de centralidad.
Les da una marca de pertenencia de ese espacio y de su reconocimiento.
Y así ocurre lo mismo en la Plaza Mayor de Salamanca
como en Broadway, en Nueva York.
¿Y qué podemos decir de los espacios y la
calidad de la centralidad en Zamora? Después de las
reformas urbanas del siglo XIX, dado su crecimiento en forma
alargada, se configuró una centralidad muy peculiar
porque, a diferencia de otras ciudades que se fijan en zonas
o enclaves, de contornos muy definidos, aquí se desarrolló
a lo largo del eje de la calle Santa Clara, sobre la que
se situaban las principales actividades que daban vida a
la calle: los comercios, exponente de una clase próspera
y los cafés con terrazas. La prolongación
del eje tenía como remate el paseo-salón de
la Avenida, que estaba flanqueada por las mansiones de la
nueva burguesía. Este eje prácticamente monopolizó
la centralidad de la ciudad durante todo el siglo XX. Solo
apuntaban de forma ocasional caracteres de centralidad la
Plaza Mayor y el parque del Castillo. Pero ambos espacios
han soportado situaciones que no les han favorecido. Y así
la Plaza Mayor, después de sucesivas reformas en
el siglo XIX, logra su configuración rectangular,
con los dos bloques residenciales dotados de soportales
para apoyar el uso comercial. Es un espacio modesto para
Plaza Mayor, pero fue el resultado que pudo compatibilizarse
con la trama medieval y con el antiguo edificio del Municipio.
A mitad del siglo pasado, y por el prurito arqueológico
de dejar exenta a la iglesia de San Juan, fue cuando se
decide suprimir el cuerpo de edificación, que componía
uno de los lados de la Plaza. Ahora tenemos los muros pétreos,
inexpresivos y pesados de la iglesia presidiendo un espacio
urbano primordial.
Los espacios de centralidad, que han surgido como resultado
de las reformas interiores de las ciudades han necesitado
tomar una forma geométrica y la más inmediata
ha sido la rectangular. La situación actual de la
Plaza, después de la supresión de su ala izquierda,
es la de un espacio sin definición, en que la Iglesia
está flotando, sin ningún referente coetáneo
que diese verosimilitud a la primitiva ordenación
medieval. La Plaza Mayor representaba la meta que debe acompañar
a todo recorrido, como era el caso del obligado paseo vespertino.
La rehabilitación de la Plaza es un acto necesario,
de recuperación de uno de los elementos definitorios
de la ciudad. Y sería una operación no onerosa
para la ciudad, dado el cambio de tendencia en la valoración
que están experimentando las viviendas situadas en
la zona antigua. Existen planos de un concurso que se convocó
para enmendar este error urbanístico, que podrían
ser revisados o convocar un nuevo concurso.
La zona que históricamente ostentó la centralidad
de la ciudad medieval estuvo en el entorno de la Catedral.
Allí se concentraba la representación del
Poder Real, de la Iglesia y el Mercado. Alrededor y llenando
los huecos del espacio, un caserío se apiñaba
a la sombra de sus protectores. Lo que ha quedado de aquel
Centro son escasos restos, frente a las pétreas moles
de la Catedral y Castillo. Así, el actual entorno
desprovisto del soporte de la trama vecinal, acusa cada
vez más su carácter monotemático monumental.
Herencia de la historia de la ciudad y ajeno a las actividades
ciudadanas de todo tipo. No le redime de su precariedad,
el de que en determinadas fechas, su significado histórico
sirva como prueba de convicción para consumo de turistas.
Por todo ello, habría que revisar el argumento de
intangibilidad que pesa sobre este entorno y que lo condena
a volverlo cada vez más envejecido y distante de
la ciudad actual. Pues al analizar su evolución y
las intervenciones que la ciudad ha tenido sobre este entorno,
lo que salta a la vista, es la falta de medios empleados
y el poco interés que se ha demostrado desde principios
del siglo XIX. Sin duda, una intervención externa,
independiente de la voluntad de la ciudad, fue la de volar
todo su caserío por parte de las tropas francesas
en la guerra de la Independencia y así, convertir
el entorno en un espacio de maniobras frente a su acuartelamiento.
Tuvieron que pasar cien años para que se planten
los primeros árboles, que se integrarían posteriormente
en los jardines del parque. Estos jardines se trazaron sin
un canon artístico reconocible y con el único
criterio compositivo de llenar unos espacios con el repertorio
de formas propias de un modesto jardinero. Para paliar las
deficiencias, se añadieron unos restos arqueológicos
que contribuyen a aumentar la heterogeneidad de la composición.
A la vista de esta visión, sólo cabe hacer
una crítica de la actitud y la política que
se ha llevado a cabo con este entorno. Parece que la ciudad,
por las razones que sean, no hizo los deberes que le correspondían
en la época, acabando el siglo XIX. Tal vez, la ciudad
estaba ocupada en su reforma interior con la apertura de
nuevas calles, expropiaciones de palacios, iglesias y conventos;
demasiadas tareas para un municipio con escasos recursos
técnicos y financiero. Pero la tarea de las reformas
interiores de la ciudad fue realizada con todo éxito,
como es patente todavía, en la actualidad. Seguramente
los políticos pensaron que el sector eclesiástico,
mayoritario en la zona, no necesitaba más que un
clima ambiental que concordase con sus fines, es decir,
silencio, quietud, un verdadero oasis para la vida contemplativa.
Y dejar las cosas como estaban. Esto ha sido válido
durante casi todo el siglo pasado, pero la crisis de los
conventos de clausura y el tirón de la expansión
de la ciudad ha sumido a toda la zona antigua en una situación,
que necesita una atención especial.
Sería necesario devolver a este entorno el rango
de centralidad, aunque de distinto carácter del que
tuvieron en el pasado. Y de convertirlos en el núcleo
de la trasformación de un barrio, que hoy día,
muestra con su atonía, su total dependencia de otras
zonas de la ciudad.
Se trataría de realizar la tarea, tal como se hizo
en otras capitales históricas de nuestro entorno,
de poner orden a unas organizaciones que pudieron, en su
momento, responder al carácter casual de los tejidos
medievales y se estableciesen las articulaciones de encuentro
con la ciudad edificada
Para recuperar el rango propio de centralidad del viejo
centro medieval, tendríamos que tomar entre otras
las siguientes medidas:
1.- Dotarlo de las infraestructuras que faciliten su conexión
con el resto de la ciudad y con los arrabales junto al río.
2.- Preparar las dotaciones para que este Centro sirva como
Centro de barrio y sus primeros beneficiarios sean los vecinos.
3.- Proyectar elementos tales como los espacios abiertos,
configurando los distintos tipos de Plazas, a tono con el
carácter monumental que debe poseer el Entorno.
4.- Dotar al nuevo Centro con los servicios, comercios y
hostelería propios para atender el turismo de la
ciudad.
5.- Completar los equipamientos de tipo cultural y relacionados
con la historia y el Arte de la Diócesis.
Cada uno de los apartados anteriores requiere un estudio
detallado, para ser programado debidamente. Existe un interés
creciente en la Unión Europea para este tipo de actuaciones
especiales, que buscan recuperar espacios urbanos en procesos
llamemos de decadencia, entre otras razones por la influencia
que puede tener en la reactivación de las economías
de las pequeñas ciudades. (Véase el Estudio
Funcional para la subcomarca de Zamora, documento de La
Junta de Castilla y León) Todo ello requerirá
ayudas extraordinarias para la financiación y desarrollo
de este tipo de actuaciones extraordinarias y que ya existen
en los organismos de la Unión Europea. Y antes de
todo, habrá que conocer el grado de compromiso que
está dispuestas a asumir las fuerzas políticas,
económicas y sociales de la ciudad.
Antonio Viloria
Miembro del Foro Ciudadano de Zamora
Zamora,
19 de junio de 2006
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