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Murió
por su edad, no porque le faltaran ganas de vivir. Y pasó
por Zamora dejando no sólo una iglesia en Pumarejo
de Tera, sino también, y con ella, una fuente importante
de humanidad, la misma que vertía en cada una de
sus obras. De hecho siempre se le ha conocido como el arquitecto
que logró humanizar la arquitectura, pues así
la definía, como un trozo de aire humanizado.
Es una auténtica suerte para Pumarejo y para la diócesis
de Astorga, y todo un honor para la provincia de Zamora
contar en nuestro terruño con una obra salida del
lápiz y las ideas de Miguel Fisac. Fue el gran arquitecto
de las décadas de los cincuenta a los setenta en
nuestro país. En él se resume el nuevo concepto
de arquitectura que rompió con los tradicionalismos
y regionalismos que se impusieron tras la guerra civil buscando
un pretendido estilo nacional totalmente artificial. Afortunadamente
Fisac fue uno de esos arquitectos que acogieron positivamente
los nuevos aires que venían de centroeuropa, caracterizados
por una tipología constructiva más racional,
la experimentación y el logro de nuevos materiales
más versátiles, y los recursos a la sugerencia,
sencillez y sinceridad de materiales y formas. Trabajó
incansablemente para distintos Ministerios, empresas y particulares
y para la Iglesia católica, para quienes construyó
magníficas obras como el Centro de Estudios Hidrográficos
o el edificio IBM en Madrid, o los Teologados dominicos
de Alcobendas o Arcas Reales, en Valladolid. Y, sin lugar
a dudas, fue el renovador de la arquitectura religiosa española.
Profundamente cristiano, conocía, vivía personalmente
y llevaba a sus iglesias los principios teológicos
que consagraría más tarde el concilio Vaticano
II, como la participación, el ejercicio común
del sacerdocio de Cristo o las teologías de Comunión
o Pueblo de Dios. Así pues, podemos asegurar que
en Pumarejo conservamos una auténtica joya.
Gracias a la mediación de su amigo zamorano Alfonso
Ramos de Castro, Fisac tiene noticia del derrumbe de la
iglesia de Pumarejo, comprometiéndose a hacer lo
posible. Se desplazó al pueblo y en él encontró
precisamente las condiciones de esa humanidad que perseguía
para su arquitectura. Todo el pueblo estaba en disposición
de trabajar con sus propias manos para contar de nuevo con
una iglesia. Sus habitantes se habían dividido el
trabajo por familias, e incluso los niños colaboraban
haciendo la pasta de cemento y arena. Como el propio Fisac
confesó, este sentido de solidaridad le emocionó,
y no pudo negarse a hacer la obra.
Hizo el replanteo, explicó cómo construir
los muros y sobre todo cómo colocar las piedras de
cuarcita, lo más característico del templo.
También tuvo que recurrir a su autoridad para que
la espadaña de la antigua iglesia no se tirase, como
le pedían los vecinos. Sobre ella surgiría
la nueva iglesia. Y la antigua portada es hoy la entrada
del cercano cementerio. La obra contó con el consentimiento
del Colegio de Arquitectos, quienes hicieron la vista gorda,
pues no existía proyecto alguno. No cabe ninguna
duda de que la construcción de esta iglesia fue auténtica
artesanía. Finalizados los trabajos, la iglesia se
consagró en 1985, con la asistencia del propio Fisac,
a quien el pueblo dedicó su calle principal como
muestra de profundo agradecimiento.
Después de más de veinte años, el templo
sigue siendo la huella de Miguel Fisac en Zamora. Éste
concibe el templo resurgiendo a partir de la espadaña
de la antigua iglesia, de modo que la reorienta haciéndola
rotar 180 grados sobre su antigua disposición.
Resulta un espacio de una sola nave, de planta longitudinal,
buscando la convergencia de planos hacia el presbiterio.
Los dos planos de los pies se encuentran en un ventanal
vertical que derrama la luz sobre uno de ellos, curvo, que
se prolonga hasta el presbiterio, resultando el característico
muro dinámico de Miguel Fisac. El muro dinámico,
según el arquitecto, es una invitación a la
participación incluso intuitiva en la celebración
de la misa y otros sacramentos que se celebren en el presbiterio,
pues la disposición de los espacios, incluso la luz,
nos conducen a éste. También en el presbiterio
se repite este mismo esquema de entrada de la luz, desde
el lateral derecho, sobre el muro de la cabecera. El altar,
la sede y el ambón responden a los criterios que
marca el concilio Vaticano II, que pide que sean fijos,
en este caso de pizarra. La antigua pila bautismal se emplaza
también en el presbiterio. Con restos del antiguo
retablo se recompone el nuevo, colgado directamente sobre
el muro de la cabecera. A dos aguas, la cubierta se apoya
sobre cinco cerchas metálicas, los elementos generalmente
menos aceptados. Adosado exteriormente se encuentra un pequeño
cuerpo que acoge la sacristía y el espacio para la
calefacción. La sobriedad, la sencillez de materiales
y formas, y el concepto de participación se ponen
de relieve sobremanera en este templo.
En un encuentro personal hace dos años, Miguel Fisac
me confesaba que veía próxima su muerte, y
que se estaba preparando para acogerla adecuadamente, para
que no le cogiera por sorpresa. Su hondura humana y su fe
cristiana le orientaron plenamente en su vida. También
fueron claves en su concepción de la arquitectura.
Sus arquitecturas muestran que fue un genio. Y su obra sacra,
sus iglesias -entre ellas esta de Pumarejo-, logran materializar
sutilmente ciertos conceptos teológicos en formas
y volúmenes arquitectónicos. Fue capaz de
hacer arquitectura verdaderamente humanizada. Descanse en
paz.
Rafael Ángel García Lozano
Zamora,
agosto de 2006
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