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Hace ya muchos años,
en mis primeros cursos de la Universidad, abandoné
la religión católica en la que había
sido educado y que era la religión de mis padres.
Una de las principales razones que me empujó a tomar
esa decisión fue la vergonzosa colaboración
que la llamada religión oficial del Estado mantenía
con la Dictadura, a la que se sometía día
tras día e incluso permitía cobijar al dictador
bajo palio, sólo reservado a su Dios. Desconozco
el número de jóvenes que sintieron tal repugnancia
de una religión que contenía principios morales
y éticos tan distintos a los que representaba la
dictadura y cuantos de ellos tomaron la misma decisión
pero seguro que no fueron pocos. Todas las iglesias ejercen
de vicarios, intermediarios en palabras de hoy en día,
entre sus dioses y sus principios morales con la sociedad
y sus creyentes. Esa intermediación la lleva a cabo
una organización religiosa, con hombres de carne
y hueso, con intereses de todo tipo y con vinculaciones
políticas, que en muchos casos, desvirtúa
sus principios morales.
Tenemos que remontarnos a la década de los ochenta
del siglo pasado, con la aprobación de leyes como
la del divorcio, la despenalización de la interrupción
del embarazo y la "guerra de los catecismos",
para encontrar un lenguaje tan "de trinchera"
y unas actitudes tan agresivas contra un Gobierno nacido
de las urnas. Los obispos parecen haber olvidado el más
elemental de los principios de la democracia: que el poder
no viene de Dios, sino que reside en el pueblo. En estos
momentos, esta misma Iglesia católica está
ofreciendo múltiples ejemplos que deberían
hacer reflexionar a los jóvenes, como me sucedió
a mí, sobre el papel real y los intereses que se
cobijan bajo su doble moral, en cuestiones como las células
madre, las parejas homosexuales, la interrupción
voluntaria del embarazo, la enseñanza evaluable de
la religión en la escuela, la dotación económica
que reciben del Estado, los profesores de religión,
la asignatura Educación para la Ciudadanía
y ahora salen con la beatificación de los 498 mártires
del siglo XX, ligados a la Guerra Civil española.
Actitudes como las expuestas demuestran que la jerarquía
católica y organizaciones afines viven cultural y
políticamente desubicadas y ofrecen respuestas del
pasado a preguntas del presente. Es evidente que recelan
de la democracia y tienen todavía una concepción
confesional de la política, no admitiendo la no confesionalidad
de las instituciones del Estado y la secularización
de la sociedad.
Una vez más la Iglesia católica ha bajado
a la arena política y ha tomado partido, e incluso
está ejerciendo la labor de oposición con
más radicalidad que el PP, con el que mantiene total
sintonía. Es cierto que la historia y la tradición
no pueden desconocerse pero en el caso de la Iglesia católica
española hay que reconocer que no han sido muy ejemplares
respecto a las libertades, derechos humanos, democracia
y respeto al pluralismo.
Antonio
Gallego
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