Buenas tardes y buena suerte (30-10-07)
 

 

      Hace ya muchos años, en mis primeros cursos de la Universidad, abandoné la religión católica en la que había sido educado y que era la religión de mis padres. Una de las principales razones que me empujó a tomar esa decisión fue la vergonzosa colaboración que la llamada religión oficial del Estado mantenía con la Dictadura, a la que se sometía día tras día e incluso permitía cobijar al dictador bajo palio, sólo reservado a su Dios. Desconozco el número de jóvenes que sintieron tal repugnancia de una religión que contenía principios morales y éticos tan distintos a los que representaba la dictadura y cuantos de ellos tomaron la misma decisión pero seguro que no fueron pocos. Todas las iglesias ejercen de vicarios, intermediarios en palabras de hoy en día, entre sus dioses y sus principios morales con la sociedad y sus creyentes. Esa intermediación la lleva a cabo una organización religiosa, con hombres de carne y hueso, con intereses de todo tipo y con vinculaciones políticas, que en muchos casos, desvirtúa sus principios morales.
Tenemos que remontarnos a la década de los ochenta del siglo pasado, con la aprobación de leyes como la del divorcio, la despenalización de la interrupción del embarazo y la "guerra de los catecismos", para encontrar un lenguaje tan "de trinchera" y unas actitudes tan agresivas contra un Gobierno nacido de las urnas. Los obispos parecen haber olvidado el más elemental de los principios de la democracia: que el poder no viene de Dios, sino que reside en el pueblo. En estos momentos, esta misma Iglesia católica está ofreciendo múltiples ejemplos que deberían hacer reflexionar a los jóvenes, como me sucedió a mí, sobre el papel real y los intereses que se cobijan bajo su doble moral, en cuestiones como las células madre, las parejas homosexuales, la interrupción voluntaria del embarazo, la enseñanza evaluable de la religión en la escuela, la dotación económica que reciben del Estado, los profesores de religión, la asignatura Educación para la Ciudadanía y ahora salen con la beatificación de los 498 mártires del siglo XX, ligados a la Guerra Civil española. Actitudes como las expuestas demuestran que la jerarquía católica y organizaciones afines viven cultural y políticamente desubicadas y ofrecen respuestas del pasado a preguntas del presente. Es evidente que recelan de la democracia y tienen todavía una concepción confesional de la política, no admitiendo la no confesionalidad de las instituciones del Estado y la secularización de la sociedad.
Una vez más la Iglesia católica ha bajado a la arena política y ha tomado partido, e incluso está ejerciendo la labor de oposición con más radicalidad que el PP, con el que mantiene total sintonía. Es cierto que la historia y la tradición no pueden desconocerse pero en el caso de la Iglesia católica española hay que reconocer que no han sido muy ejemplares respecto a las libertades, derechos humanos, democracia y respeto al pluralismo.


Antonio Gallego

 
 
 
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