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Por si no bastaba con
una taza, te tienes que tomar dos. Me refiero a los dos
procesos electorales con los que nos están golpeando
diariamente y a los que todavía les queda carrete:
las elecciones generales en España a primeros de
marzo y las de EE.UU a finales del 2008. A medida que avanza
la campaña, cada vez me alejo más de ella.
Casi todo se concentra en los dos líderes políticos
que pueden llegar a ser Presidente, jaleados por sus acólitos.
El resto de fuerzas políticas, en un sistema proporcional
como el español, bastante hacen con sobrevivir salvo
los nacionalistas, a los que les sale más barato
el escaño. Al principio de la campaña se habla
mucho de programas electorales concretos pero a medida que
se acerca la fecha de la elección, se van haciendo
más confusos. De hecho, según se publica en
las encuestas, no llega al 8 % quien los recuerda. Todo
este lío se resolvería si la Ley Electoral
obligase a todos los partidos a hacer público sus
programas el mismo día y hora, sin poderlos modificar,
y emplear el resto de la campaña a compararlos y
debatirlos. Con el sistema actual, los principales partidos
van cambiando su programa en virtud de lo que dice la competencia.
Si tú das cien yo ciento veinte y así todo
el rato. Ya no los cree nadie. El economista y político
Joseph Schumpeter ya preconizaba la pérdida de la
capacidad de los ciudadanos para la valoración racional
de la política, que se sustituye por factores más
manipulables como son la política expresiva y simbólica,
que llegan mejor al ciudadano y las manejan perfectamente
los medios de comunicación. En este sentido, la democracia,
según Schumpeter, se convierte en una carrera donde
los líderes tienen un papel prioritario, donde el
carisma, real o fabricado, juega un papel fundamental en
el resultado, de ahí la importancia del llamado marketing
político, que ya iniciaron hace muchos años
los americanos. La democracia significa tan solo que el
pueblo tiene la oportunidad de aceptar o rechazar a los
hombres que han de gobernar, dejando a un lado el fondo
ideológico de sus programas. Personalmente yo no
soy tan rotundo como Schumpeter pero ya casi nadie duda
que en las campañas electorales predomina el ruido
y el espectáculo alrededor del líder.
Curiosamente en las elecciones previas norteamericanas,
en el bando demócrata va ganando terreno un afro
americano, Barak Obama, cuyo mensaje talismán se
basa en la palabra cambio, que poco a poco va arrastrando
a gente muy diversa: blancos y negros, jóvenes y
mayores, hombres y mujeres y clases sociales muy diversas.
Su estrategia se parece a la que llevó a cabo John
Kennedy en los años sesenta. La palabra cambio, en
boca de una persona que transmite confianza y honradez,
sigue moviendo montañas en el mundo de la política.
Buenas tardes y buena suerte.
Antonio
Gallego
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