BUENA GERA (22.04.08)
 
 

 

      

En vísperas de la fiesta del libro resulta imposible eludir un comentario.

Pero no me gustaría hacerlo en el tono de cruzada que adquieren  los comentarios a favor de la lectura que arrecian, sobre todo, en estas fechas, porque manejan conceptos que no nos ayudan a comprender  lo épico que tiene la defensa de la lectura (que tiene algo de épico).

Cuando decimos “pan”, cada uno pensamos en el pan que nos gusta. Sin embargo si decimos “libro”, para muchos significa cualquier libro, porque con ser “libro” ya es condición suficiente para admitir su bondad. Por eso muchos padres, profesores, bibliotecarios… dan pan, exigen que se coma pan,  anuncian las propiedades beneficiosas del pan sin haberlo probado, cuando a veces es un chusco seco y correoso. No se debe exigir la lectura de un libro sin haberlo probado antes.

Cuando decimos “libro”, decimos “ficción”: mentira al fin y al cabo, lo que no existe. Pero cuando decimos “cántaro” ¿qué decimos, la realidad superficial del barro o incluyo el vacío, el hueco de dentro de la tinaja sin el cual no lo sería, no habría cántaro? Sin la posibilidad de la ficción el cántaro sólo sería piedra inútil para la función que cumple. Necesitamos llenar y vaciar de experiencias nuestra realidad de barro para eso necesitamos la ficción.

Cuando decimos “en la escuela hay que leer” ¿por qué en la escuela? Existen tres laboratorios de la vida: la familia, la escuela y los libros. En ellos se deberían experimentar, sin riesgo de sufrir un accidente dramático, actos de vida, para cuando salgamos a la calle, lo que hayamos validado en esos laboratorios, y dado por bueno, positivo y necesario, nos sirva para no cometer errores que nos cueste la vida ya que en la calle, en las afueras, los errores son irreversibles. Creo que en gran parte se ha renunciado a esos laboratorios y vivimos nuestra experiencia animados por la “realidad emitida” de los medios de comunicación, sin ensayo, sin validaciones, sin preguntarnos la pertinencia, intentando vivir lo que se nos muestra como certeza pero sobrecogidos por los sucesivos fracasos de lo que al final sólo eran falsas hipótesis.

Latoso es ya que todavía cualquier apelación al libro parezca un gesto épico. Pero una y otra vez hay que recordar la necesidad del libro: como alimento, como ficción y como laboratorio. Buena gera y lean lo que puedan hasta el martes que viene.

Fernando Martos.


 
 
 
 
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