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Es un gusto, sí señor, que una actividad cultural en Zamora tenga lista de espera. Quizá por eso de llamar por teléfono para hacer grupos para su visita. Las aceñas de Olivares resurgen, no solo por haber sido restauradas sino principalmente porque vuelven a tener vida.
Estos molinos, que fueron harineros desde su origen medieval hasta su ruina -como tantas cosas en nuestra provincia, por culpa de las visionarias y fracasadas desamortizaciones eclesiásticas-, recobran su pulso vital ahora como Centro de Interpretación de las Industrias Tradicionales del Agua. A pesar de cierta sorna en la explicación, ha sido la Iglesia Católica quién hizo posible que en Zamora se pudiera moler trigo desde el Medievo para comer pan. Como en tantas otras aceñas. Sin embargo, hoy las aceñas de Gijón, Duero abajo, siguen cayéndose sin que nadie haga nada. Como cuando el gobierno de Antonio Vázquez tirara literalmente abajo las aceñas de Cabañales, y aún nadie haya asumido responsabilidades al respecto.
La visita a las aceñas, afortunadamente guiada, nos acerca a oficios tradicionales desde el auténtico funcionamiento de los tres artilugios que se han alojado en las ellas -macho pilón, batán y molino-, dejándonos claro, eso sí, que se trata de una invención, pues estas aceñas estuvieron siempre destinadas exclusivamente a la molienda. La visita adquiere peso con los paneles explicativos de la historia de las aceñas, su evolución mecánica en el tiempo y la significatividad de éstas en el plano urbano de la ciudad. Sencillo, pero a la vez tremendamente interesante. Con las aceñas de Olivares tenemos mucho que aprender.
Conviene aprender que podría haber sido éste un proyecto más, como tantos otros de restauración de nuestro patrimonio, que se queda simplemente en eso. Resulta lamentable comprobar a lo largo de la geografía especialmente de nuestra región cómo se gastan millones de euros para arreglar nuestro patrimonio y todo se queda simplemente ahí. Monumentos restaurados pero vacíos, sin uso, sin que calen realmente en la gente con la que conviven cada día, sin vida, sin que lleguemos a captar en profundidad la significatividad que han tenido para las distintas generaciones a lo largo de la historia. Porque solamente así se entiende plenamente un monumento. Éste era también el peligro de las aceñas. Por fortuna, con las aceñas de Olivares ha existido un proyecto que pretende superar este espejismo. Quizá el hecho de restringir las visitas –aunque el motivo real sea su pequeño tamaño-, de tener que reservar hora, de su explicación, ha ido creando expectación.
Sin pretenderlo nos hemos dado cuenta de que no se trata simplemente de que en Zamora tengamos patrimonio histórico. Ni siquiera que esté abierto para que se visite. Se trata de crear expectación, de contextualizarlo históricamente, de desentrañar la relevancia que ha tenido para los hombres que lo han utilizado a lo largo del tiempo, de integrarlo en el todo contextual de la ciudad, de explicarlo. No es fácil reinventar modelos turísticos para una ciudad. Tampoco lo es conseguir que los propios ciudadanos seamos conscientes del verdadero valor y relevancia de nuestro patrimonio. Estamos en buen camino. Quizá las aceñas de Olivares nos puedan dar algunas pistas.
Rafael Ángel García Lozano
Miembro del Foro Ciudadano de Zamora
Zamora, 21 de agosto de 2008
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