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Cuando hablo de pueblo árabe, me refiero a la gente de a pie, a la gran mayoría de hombres, mujeres y niños que a lo único que aspiran es a vivir en paz, seguir adelante en sus vidas, con sus más y sus menos, con mejor o peor fortuna, pero pudiendo trazar su propia historia, sin la amenaza a la que se ven sometidos desde tres frentes: sus propios gobernantes, el terrorismo y Occidente. Efectivamente, los regímenes árabes son dictaduras que, poco o nada, piensan en el pueblo a la hora de tomar decisiones. Un día me contaba una amiga mía, palestina, que vive en Jordania como tantos otros palestinos, que en este país se puede hablar de todo menos de política, es decir, cualquier asunto susceptible de afectar al régimen es intocable.
El otro frente, altamente nocivo para el pueblo, es el terrorismo, pues sus acciones perjudican a los miles y miles de árabes pacíficos, a los que me he referido al principio, ya que la opinión pública, en ocasiones, valora únicamente los hechos cruentos, sin separarlos del resto de la población.
Finalmente, veamos el papel que juega Occidente (Estados Unidos y Europa) en este conglomerado de fuerzas. El profesor francés Sami Naïr, en su obra El imperio frente a la diversidad del mundo (2003), pág. 127, expone que el mundo árabe islámico está en el ojo de mira de Estados Unidos, sobre todo después de que el comunismo desapareciera de la URSS, dándonos la impresión de que todo imperio necesita un enemigo en torno al que erigirse y demostrar su superioridad. Siguiendo con Naïr, reproducimos sus propias palabras: “Y toda la historia de la colonización desde el siglo XIX muestra la imposibilidad de vencer a unas poblaciones que se repliegan en los valores religiosos para combatir la opresión y la humillación” (pág. 127). En definitiva, nos encontramos ante dos corrientes de energía que chocan entre sí, y lo más tremendo es que su onda expansiva alcanza a seres inocentes de uno y otro ámbito.
Y, llegados a este punto, donde no hay vencedores, sino que todos somos damnificados, ¿no sería el momento de replantearse las políticas ejercidas en esta parte del mundo, incluida la de Palestina? ¿No resultaría más rentable para los Estados Unido hacer una política justa, juzgando a los que vulneran la ley, sin demonizar al resto de la población? Se impone un poco de cordura por ambas partes; conseguir que las dictaduras fueran aflojando sus amarras paulatinamente e ir implantando regímenes democráticos sería lo deseable, y ello permitiría a los árabes vislumbrar un poco de luz en su horizonte, y, como consecuencia, una vida mejor.
Flora Lobato
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