Navascués y la construcción en hierro
 
 

            El hierro tiene alma. Así de tajante, claro y lúcido resulta Pedro Navascués cuando habla de la niña bonita de la arquitectura de finales del siglo XIX y comienzos del XX. O de la ingeniería. Porque, realmente, el debate sobre si las obras del hierro son o no arquitectura sigue abierto.

Pasó por Zamora hace unos días este maestro, Doctor en Filosofía y Letras, Académico de San Fernando y Catedrático de Historia del Arte y de la Arquitectura en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid. Todo un prohombre en Zamora. En los años del desprecio realizó su tesis doctoral bajo la dirección de Fernando Chueca Goitia sobre la “Arquitectura y arquitectos madrileños del siglo XIX”. Y digo años del desprecio porque se tildaba de loco a quien manifestaba cierta admiración por estas obras. Por entonces las arquitecturas de la segunda mitad del siglo XIX no tuvieron grandes amigos. No le pasó muy diferente a Antón Capitel al estudiar la arquitectura de Luis Moya, defenestrado por los suspicaces que no consiguen singularizar la obra de un arquitecto al margen de estar asociada a uno u otro régimen político. Navascués vino a inaugurar el curso sobre los Materiales en la arquitectura y la ingeniería, que se celebra por segundo año consecutivo, centrándose en esta ocasión en el hierro. Nos regaló una panorámica de la arquitectura del hierro en España, y volvió a recordarnos que en Zamora hay más que Románico, y que debemos urgir el conocimiento, divulgación y conservación de estas arquitecturas de nuestra segunda edad de oro a las que se asocia: el modernismo.

            Fruto de la Revolución Industrial, y casi como uno de los últimos episodios de la Ilustración más tecnificada, la arquitectura del hierro comienza a asomar la cabeza y mostrar sus poderes. El Cristal Palace de Paxton en Londres inaugura una nueva era de la construcción. Le siguen otros ejemplos alrededor el globo. Pronto se vincularon a la ingeniería, principalmente puentes u obra pública. Pero en ocasiones con cierta connotación, casi tufo, de imponerle un futuro efímero. Así quiso ser con la torre de los 300 metros de Eiffel en París, asegurando que esta antena de radio sería desmontada al finalizar la exposición universal. Por suerte perduró. La ligereza, manejabilidad y funcionalidad del hierro y sus derivados en la construcción se sumaron al notable abaratamiento de costos y reducción del tiempo de obra que llevaban consigo, sin merma de sus funciones. Aparecía la prefabricación. Hoy la arquitectura del hierro marca una página sobresaliente de la historia de la arquitectura. Quizá porque fue algo más que una mera forma de construir. Es un auténtico lenguaje arquitectónico y de ingeniería que logró ir más allá del mero material.

            Nuestra provincia goza por fortuna de algunos ejemplos de la arquitectura del hierro, que en nuestro caso son fundamentalmente ingeniería. En arquitectura destaca principalmente el mercado de abastos, obra de 1902 proyectada por Segundo Viloria, conjugando la fábrica de ladrillo y piedra con las cerchas metálicas que le otorgan su característica luz. Persiste también el templete de música de la Marina, pasando desapercibido por falta del uso para el que fue creado. Y ya desaparecida la imponente marquesina de la antigua estación de ferrocarril. Por su parte, la ingeniería nos ofrece buenos ejemplos, concretados en su totalidad en puentes. Sobre el Duero, la capital conserva en buen estado el puente de hierro para tráfico rodado, proyectado por Prudencio Guadalfajara en estructura de cajón en celosía con tablero inferior, que se construyó entre 1894 y 1898. El puente metálico a la entrada de Toro, también para este uso, fue obra de Tomás Tamarit, ideado a base de vigas metálicas en celosía formando pares de arcos gemelos tipo bow-string. Entra en funcionamiento en 1907. Por último el Viaducto de Requejo, en Pino del Oro, magnífica obra que salva una luz de 120 m., construido entre 1902 y 1914, que resultó ser la propuesta elegida de entre la docena presentada por José Eugenio Ribera. Por su parte, el ferrocarril dejó su huella en la provincia en los múltiples puentes de hierro a lo largo del trazado de la línea Plasencia-Astorga, entre ellos el de la capital, proyectado por José María Fernández Arroyo e inaugurado en 1896. El elenco no es amplio, pero hoy podemos volver la vista atrás y proyectarla al futuro, y gustar de estas obras ideadas y construidas en el tránsito entre siglos, donde el hierro fue, sin lugar a dudas, el argumento principal.

Rafael Ángel García Lozano

 
 
 
 
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