Parece que a nuestra querida televisión pública le quedan los días contados para dejar de emitir anuncios según el proyecto aprobado recientemente por el Gobierno. La pérdida del dinero que ingresaba por publicidad será compensada por una tasa que se aplicará a los operadores privados más beneficiados por esa medida como son las empresas que utilizan el espacio público radioeléctrico, las televisiones privadas y los operadores de telecomunicaciones. Para muchos, la historia de esta televisión pública es la de nuestra vida. Recordemos que inicia su andadura en 1952 dependiendo, como no podía ser de otra manera, del recién creado Ministerio de Información y Turismo y las primeras retransmisiones fueron deportivas, acompañadas de la voz inconfundible de Matías Prats. La inauguración oficial tuvo lugar el 28 de octubre de 1956.
Los que tenemos una cierta edad, empezamos viendo la televisión en los escaparates de los distribuidores ya que eran muy caros para la época, llena de necesidades más apremiantes. Cuando algún día, por fin, entraba en tu casa el televisor, te sentías como si ya pertenecieses a otro grupo social, con más categoría. Ni que decir tiene que entonces nos gustaba todo, hasta los anuncios. Todo era muy simple y poco a poco las cosas se fueron enredando, como ha pasado con nuestras vidas.
Años más tarde aparecieron los canales privados y con ello la competencia que condujo a la aparición de una cultura televisiva caracterizada por la superficialidad, que puso en peligro la calidad y diversidad de la programación de los canales públicos. Todas las cadenas han acabado teniendo una programación puramente comercial, en la lucha por la cuota de audiencia y por los dineros de la publicidad. Personalmente me alegro mucho de que se haya tomado esta decisión y que se intente llenar la televisión pública de contenidos más sociales, educativos, culturales, siempre con calidad antes que luchar por beneficios económicos y audiencias. No va a resultar fácil llenar este vacío publicitario de 8.200 horas con producción propia.
La definición de la calidad de los programas de televisión es una cuestión difícil de delimitar, por distintas razones ya que afecta a tres ámbitos distintos. El primero está en relación al amplio espectro de opiniones existentes, altamente fragmentado. Un segundo ámbito se vincula a la vaguedad y falta de claridad en la definición de lo que se entiende por servicio público en la televisión de hoy en día. El tercer ámbito se vincula a la ideología incierta que subyace sobre la definición de calidad en un ámbito como la televisión, donde los juicios sobre lo que es la calidad los realizan tres actores muy diferentes: los responsables de los medios, los creadores de los productos televisivos y los telespectadores. A pesar de ello, hay que intentarlo. Buenos días y buena suerte.
Antonio
Gallego